Entradas populares

jueves, 27 de julio de 2023

Todo empieza con la respiración

 Tanto empieza que no hay nada escrito aquí. Engañabobos de tres al cuarto.

 

Resulta que yo empiezo muchas historias y sólo un cuarto han acabado publicadas siempre. Casi ninguna me merece la pena. A veces ni las que aparecen. La mayor parte. A veces me dejo alguna anotación porque el título me parece que tiene chicha y de ahí saldrá algo.

 

Hace unas semanas empecé esta. Todo empieza con la respiración. Después de un par de horas de ir, venir, escribir, borrar…me dejé el mensaje que arriba ves. He resucitado este papel sin saber qué ponía en la lápida y, al quitarle el polvo me he encontrado un mensaje del pasado que ha permitido esto:

 

El folio en blanco es un tremendo hijo de puta. Lo mismo esconde una ópera magna que una hora perdida aporreando teclas forzadas. Y luego llega un retroceso criminal que, sostenido, barre el tiempo como si nunca hubiese existido, como si nunca se hubiese dicho nada. Punto de partida. Ni siquiera un punto. Una barra parpadea.

 

Contar historias es un ejercicio que disfrutamos todos los cuentacuentos, los poetas y los mentirosos, sea cual sea el grupo que me acoja a mi estos días. Sin embargo, cuando la anécdota está cerrada como un candado, cuando aún está por vivir, o por doler, o por lo que la haga aflorar del papel, es cuando menos me gustan mis letras.

 

“Saldré un día de estos”, supongo que me dicen con voz ahogada un par de sirenas tras la roca que las esconde. Y yo buscándolas sin atarme al palo mayor. Luego querré no embestir un peñón y despeñarme yo allí entre tablones, escamas, rizos y un tesoro escondido que, una vez descubierto, brilla inmisericorde en la cabeza hasta que se derrite sobre un papel.

 

Para mí una historia arrolla y se desarrolla en el transcurso de aplastar los huesecitos que me tapan las sienes o albergan mi pecho. Para otros una historia está en un tranvía. Yo rara vez me muero en un tranvía. A veces he compartido una mirada que mata. A lo mejor tendría que montarme más en tranvías. Será que no tengo un destino al que dirigirme que acabo siempre montado en la moto a ver si el aire me dirige. Al tranvía se entra con un propósito. Yo no tengo muchos.

 

Se ha hecho tarde. No lo sé por la luz de fuera. La pantalla de mi ordenador se ha puesto amarillenta para que no me sangren los ojos de buscar en el fondo de un folio lo que no tengo en las entrañas. Por hoy valdrá el miedo. Inspiro, entra aire, espiro, sale miedo a dejar esto en blanco. Al final sí que sí, ¡todo empezaba con la respiración!

 

Miguel Ángel. 17/07/2023, Sevilla



jueves, 20 de julio de 2023

Sobre el hambre y las ganas de comer

Debatimos sobre la diferencia e idoneidad de calificar nuestra locura como guay o rica. Creo que ella se impuso.

 

Se abandonó de sí misma, me dijo. El sol se escondió, cansado de esperar a que saliésemos de la cueva donde acordamos no cambiar las sábanas hasta que no sé qué pompa se rompiese.

 

Escuchamos mucha música, pero sólo estaba interesado en la canción que sonaba en su boca cada vez que se le escapaba el espíritu de forma divertida.

 

Ella temía que me volviese un licántropo a medianoche, pero toleró bastante bien cualquier mordisco que pudiese tener preparado. Fue un juego divertido verla verme enseñar los caninos a la poca luz de la luna que permitían aquellas persianas.

 

Al despertar, me habló de la eternidad. Yo, que soy un moderno y fluyo, le intercambié un para siempre por “un beso aquí y ahora”.

 

Me dijo que la estampa que veía era digna de foto y le permití hacerla, pero respondió que ninguna cámara podría captar lo que ella veía. Le pedí que me la comentase. Le hice esa foto allí mismo con un papel y un boli. Los últimos píxeles eran una declaración de guerra fantasma porque mis cañones no tenían pólvora así que, cuando contestó a mi provocación con una sonrisa pícara, tuve que saltarle al abordaje con una navaja en los dientes y el miedo a que abriese fuego y me hundiese en un mar del que no sabía si iba a poder salir.

 

En algún momento, sonriendo, a punto de dejar de poder hablar, entonó “nos hemos juntado el hambre y las ganas de comer” pero tenía que ser mentira porque en veinticuatro horas que tiene un día comimos poco más que un par de tostadas, algo de piña y dos cafés que la hicieron la chica más divertida de la manzana. Puede que del universo, pero no quiero hacer apuestas fuertes hoy.

 

Miguel Ángel. 08/07/2023, Sevilla



jueves, 13 de julio de 2023

La casa por la ventana

Encontré una cucaracha muerta en mi balcón cuando recogía mis bártulos para ir a trabajar. “Ni se te ocurra moverte”, le dije casi sin mirarla.

 

Algunas horas después, ya sin luz solar, con el ambiente bucólico de una noche cualquiera en la isla y con la iluminación lejana clásica de bares y discotecas, me encendí uno junto a su carcasa inmóvil, contándole mi día. “Gracias por no moverte”, comencé agradecido. “Ha sido un día normal”, exhalé por primera vez. Le pregunté por su día y asimilé su silencio como una respuesta sin demasiados vértices. “Para ti es fácil quejarte, has estado al sol todo el día. Tu mayor problema ha sido no quemarte. Casi puedo imaginar lo maaaaal que lo has tenido que pasar”.

Entre un par de chistes malos que reflejasen cómo compartíamos soledad por unos minutos y unas pocas confesiones que iban al aire, pero aprovechaban su presencia, decidí terminar el canuto y explicarle mi proceder a partir de ese instante.

 

Me armé de escoba y recogedor y le comenté, casi sin mirarla “no te lo tomes a mal, hemos pasado un buen rato y hemos compartido más de lo que cabía esperar de esta relación inter-especie, pero no me siento fuerte para tocarte. Las de tu calaña siempre me habéis dado asco, en un sentido higiénico del término”.

Su cuerpo inmóvil se agarró a la escoba, dándome a entender que lo que venía no sería fácil, mas hice caso omiso a las señales y la zarandeé sobre el recogedor.

Al cuarto intento fui capaz de calcular el ángulo con el que se desprendería del matojo de pelusas para evitar que cayese fuera del recogedor por quinta vez. No pude evitar compartir con ella mi emoción por la proeza conseguida y, sin tiempo para más celebraciones, le dije adiós mientras alzaba el recogedor sobre el balcón del noveno piso. Este, lleno de melancolía y reproche, chocó con la barandilla, dio un giro de noventa grados al no poder avanzar, se desenroscó del palo y cayó por fuera de mi piso, no sin antes soltar a mi nueva amiga dentro de las fronteras territoriales de mi terraza, de nuevo y por quinta vez, fuera de su campo de recogido, reposando sobre mi suelo.

Miré a mi compañera en silencio, como esperando que ella se diese cuenta de que su existencia se había vuelto un incordio para la mía. El estruendo del choque no fue muy fuerte pero me alivió notar que no golpeaba a nadie y pude analizar entre risas que lanzar la mierda de la vida de uno por la ventana puede tener este tipo de desenlace.

 

Al bajar, saludé al recepcionista cubano y, educadamente, no preguntó al volverme a ver entrando en el vestíbulo con el recogedor.

Finalmente, la tiré y, al margen de saber que acababa de realizar una guarrería por la que mi madre me hubiese dado un caponazo…creo que puedes intuirlo: Me volví a sentir solo.

¿Será que no encuentro diferencia, hoy en día, entre la compañía de alguien vivo y su móvil y una cucaracha muerta?

 

Miguel Ángel. 16/06/2018, Santa cruz de Tenerife



 

 

jueves, 6 de julio de 2023

Mi primera vez con una prostituta

Me dijo “hey, ¿quieres fiesta?” apoyada en la ventanilla de mi furgoneta. Yo no sabía si prefería MDMA o un omeprazol así que sonreí con una mueca rara. Ella debió entenderlo como un sí porque, tras mirar a ambos lados, abrió la puerta del coche y entró en el asiento del copiloto.

 

Por alguna razón que desconozco, no se puso el cinturón de seguridad. Supongo que, a veces, la vida parece tan ridícula que perderla a ciento veinte kilómetros por hora a través de un cristal, volando paralelo al suelo, puede ser hasta divertido. Un obituario cachondo podría gritar a sus quedos algo así como que se atrevió a abrir las alas.

 

No tardamos mucho, ni tampoco corrimos demasiado, hasta llegar a un lugar más privado. El frenazo hizo quejarse a los bultos de detrás. La moto, ya inválida, no quiso seguir lanzando alaridos. Con el motor apagado y las luces encendidas pude ver qué guardaba mi nueva amiga bajo el corpiño, sus labios, sus ojos, su pelo e incluso una graciosa peca cerca de su boca.

 

Me preguntó si fumaba mientras sacaba un cigarrillo y le dije que yo sólo tomaba malas decisiones. No supe si era original o clásico con el comentario. Ella se rió. No mucho. Algo. Al primer calo decidió contestar “ésta no lo es, cariño”. Hay quien necesita convencimiento, supongo que supondría.

 

La carta de precios aún estaba oculta y las ganas estaban un poco paseando por algún pueblo de mar, lejos de la vasta Castilla que nos cobijaba, así que charlamos un rato. Le pregunté qué clase de fiesta se traía porque soy muy divertido. Lo del divertido te lo digo yo, quería que ella lo averiguase sin que yo tuviese que advertirlo. Creo que lo pilló. Respondió que celebrábamos que estábamos vivos. A mí me pareció mucho suponer.

 

Yo ya llevo fiesta dentro, contesté, tengo una quinceañera. No era mentira. El día anterior había descubierto que quince años antes escribiría por primera vez. Recuerdo esa primera vez. Se ve que le cogí gusto a eso de empañarme la propia realidad porque aquí estaba yo de nuevo, tecleándola sin tinta, guardando el recuerdo con sangre en alguna parte.

 

Ella no me creyó y tuve que enseñarle una raja que guardaba en el reloj donde se marcaba la hora exacta en la que dejé de ser niño y pasé a ser cadáver. La miró y asintió. Más de una muesca ha tenido que ir viendo esta señora, pensé, para no impresionarse de una fisura de corona a caja atravesando las agujas que iniciaron todo esto.

 

Cuando quise abrir los ojos ella ya no estaba. De ella sólo quedaba el “hey, ¿quieres fiesta?” que aporreaba mi cabeza, mi quinceañera danzando y el suave bamboleo de un colgante en el retrovisor impulsado por el viento. Todo había pasado en mi cabeza, creo. Tardé dos semanas y una nube de polvo que oscurecía el cielo en darle forma con un teclado. Si ella, sus labios, sus pecas o sus caderas existieron fueron sólo para darle salida a este trozo de alma escu-l-pida sobre el papel.

 

Arranqué el coche tras esa siesta y la busqué. No la encontré. Unas horas después llegué a casa y escribí en un trozo de servilleta “hey, ¿quieres fiesta?” Lo encontré hoy. Hoy he tenido la fiesta con mi imaginación. No sé a quién se le hacen las transferencias por trabajos en la cabeza. Tampoco me dijo nunca el precio. Lo mismo le gusté.

 

Miguel Ángel. 29/06/2023, Sevilla