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jueves, 25 de junio de 2026

Las saladas lágrimas de Alfonso (2/2)

  Durante mucho tiempo, he vivido molesto con esos recuerdos. Por un lado, la despedida anunciada. Para él, arrancarle un órgano. Para mí, un hasta luego. Y creo que estaba enfadado porque no había comprendido que el sabio fue él. No en no saber expresar sentimientos en ese momento, sino en sentirlos.

  En mi calma chicha mental, adiviné que nos volveríamos a ver, pero lo que no entendí es que esa experiencia, esa relación, se había acabado, aunque los mismos nombres se volviesen a mirar. Él era consciente de que suponía un funeral. Él sabía que nos volveríamos a ver, pero su cuerpo aceptó que nunca volvería a ser igual. Nunca le volvería a apoyar, a escuchar, a consolar o a llamarle para reírnos un rato. Eso se acabó y dábamos paso a un nuevo episodio.

 

  Hoy, a la 1 de la mañana, en calzoncillos, creo haber llegado a ser consciente. El dolor que he podido llegar a sentir cuando personas que han sido claramente importantes, bidireccionalmente, dejan de estar a mi lado aunque pudiesen ha sido el resultado de no dejarlas marchar. De no vivirlas en presente, sino estar distante. Disfruto las relaciones de hoy y las vivo como intensas y enriquecedoras. Y también morirán. O mutarán. Y es tan bonito verlas crecer y enredarse sin necesidad de peripecias que siento que entiendo lo que te hizo llorar al ver el atardecer, mientras te abrazábamos ella y yo. No era un sol que se iba para dejar paso a otro. Era vivir ese sol como si fuese lo único importante en este mundo. Porque lo era. Porque eras sabio y supiste vivir el presente.

   Gracias, diez años después, por enseñarme una última, desde tan lejos, llorando en la penumbra. Espero que la oscuridad en la que escribo estas líneas esté a la altura. Te echaré de menos.

 

 

Miguel Ángel. 31/05/2026, Sevilla



jueves, 18 de junio de 2026

Las saladas lágrimas de Alfonso (1/2)

  Hace muchos años, una noche recorría una calleja inglesa en su compañía. Era el último paseo que daríamos hasta el día de hoy. Llegamos a una encrucijada y le miré. Abrí la boca para comenzar a hablar pero me dijo que me callase antes de que pudiese empezar. Apretó los labios, como intentando que no se le escapase un trozo del alma y lloró reteniendo las lágrimas y la respiración. Negó con la cabeza, se dio la vuelta y se fue, llorando.

  En ese momento sonreí y lloré un poco mientras le veía alejarse bajo la pobre luz de unas farolas, sin girarse, con paso decidido y, claramente, doloroso. Lloraba de la emoción de sentirme querido hasta el punto de que mi despedida le hiciese romperse.

 

  Unos años después, volvimos a vernos, en la planta baja de un hospital. Su expresión fue la que se pone cuando ves a un fantasma y no tienes nada preparado; ninguna pregunta existencial como “¿hay vida después de la muerte?” “¿Cuál es la religión verdadera?” o “¿Has visto a mis seres queridos?” Me dijo que estaba libre y que si quería tomar un café. A mí me dio pereza, pero le dije que sí, aunque estaba saliente de noche.

  El café fue anodino. Nos comentamos algo sobre cómo nos iba, pero no recuerdo nada de su parte y, supongo, tampoco recuerda nada de la mía. Nos dimos los teléfonos, pero no sé si nos hemos vuelto a hablar. Creo que descubrí, al agregarle, que nunca había perdido su contacto.


(Continuará)



jueves, 11 de junio de 2026

Procrastino Vol. 1

  La historia sigue ahí y yo estoy aburrido. Pulso un botón para iniciar una partida nueva en un juego. Como son partidas de diez minutos, uno se puede relajar.

 

  Tengo una idea en la cabeza desde hace más de medio año y he escrito gran parte. Llevo casi en la recta final un par de meses, aunque me gustaría hacerle un par de arreglos. A veces, pienso que no soy capaz de hacerlo. Otras, que estoy muy cansado para algo que requiere el mimo más extremo. Planeo vivir y luego toca descansar, y nunca cabe el ratito para contar lo que me aúlla de manera suave al oído.

  Hoy he tenido un buen día y he llegado a tope a esta noche. Ni siquiera tengo hambre porque hoy me he comido al mundo. Acabo de perder y me da igual. Oriento el ratón a la siguiente partida. Son las diez y veinte de la noche cuando pienso, de nuevo, en la historia. En el centro de la pantalla me avisan de que me están buscando contrincante.

 

  Algo dentro de mí me mira mal y siento un cosquilleo en la barriga cuando pienso en mí esta noche muy cansado y sin haber escrito nada. Renuncio a batirme, ahí te quedas, y abro una página con el teclado reposando en mi regazo sin ponerle título. Mis amigos se ríen cuando me ven usarlo. Suena como si fuese de una consulta médica y las teclas están configuradas distintas a como aparecen, así que sólo lo puedes usar de memoria. Es mi teclado y le quiero.

 

 

 

  La historia sigue ahí y no avanza, pero yo he descubierto lo que siento por mi teclado. Y eso, en estos tiempos, es bastante.

 

  Miguel Ángel. 16/05/26, Sevilla




jueves, 4 de junio de 2026

Checkmate

   “Quiero verte.”

  Recibo en un mensaje justo antes de entrar. Esbozo una sonrisa y busco mi silla, silenciando el teléfono.

  Al segundo movimiento utiliza un fianchetto en b2. La partida sigue, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Medio juego. Cambiamos piezas. Tengo más tiempo y mejor posición. Desplaza su reina a g4 y expulso a su caballo con la tímida c6 en la jugada 34. Reina g7, jaque mate. ¿Cómo no vi el alfil? ¿Cómo no lo vi venir?

 

   Repaso la partida mientras ando hacia su casa. Cuando queda poco, paro un segundo e intento no pensar más en el juego. No suele ser un tema ampliamente aceptado hablar de piezas y casillas y llevamos algo de tiempo sin vernos; los trabajos, los compromisos, las prioridades... Pico el porterillo y me pregunta si sube un ganador o un perdedor. Le respondo que la jueza es ella hoy. Se ríe y abre.

 

  Me recibe preciosa y fotogénica. Me acerco a darle un beso que esquiva con una sonrisa y me empuja hacia dentro. Paso y me siento en el sofá. Veo su culo moverse a la cocina. Me trae un vaso de vino.

  “Estás muy guapa.” “¿Has venido a decir obviedades?” “Pensaba que era para lo que querías que viniese.” “Con respecto a eso…”

 

  Que está conociendo a alguien. Que quería decírmelo. Siente que he sido un paso necesario para llegar a encontrarse y encontrarle. Me lo agradece. Me da un beso. “No te voy a olvidar nunca, pero creo que tengo que parar de verte…me revuelves algo. No sé explicarlo. Contigo es diferente. Pero tienes la puta tontería esa de no ser de nadie. Y cuando estoy contigo se me encienden fuegos con los que no quiero lidiar. Me ha encantado conocerte. Te quiero mucho.”

 

  Salgo de la casa con una copa de vino en el estómago y el calor de sus labios reposado en los míos y pienso en el mensaje: “¿Cómo no lo vi venir?”

 

Miguel Ángel. 03/05/2026, Sevilla