Durante mucho
tiempo, he vivido molesto con esos recuerdos. Por un lado, la despedida
anunciada. Para él, arrancarle un órgano. Para mí, un hasta luego. Y creo que
estaba enfadado porque no había comprendido que el sabio fue él. No en no saber
expresar sentimientos en ese momento, sino en sentirlos.
En mi calma chicha
mental, adiviné que nos volveríamos a ver, pero lo que no entendí es que esa
experiencia, esa relación, se había acabado, aunque los mismos nombres se
volviesen a mirar. Él era consciente de que suponía un funeral. Él sabía que
nos volveríamos a ver, pero su cuerpo aceptó que nunca volvería a ser igual.
Nunca le volvería a apoyar, a escuchar, a consolar o a llamarle para reírnos un
rato. Eso se acabó y dábamos paso a un nuevo episodio.
Hoy, a la 1 de la
mañana, en calzoncillos, creo haber llegado a ser consciente. El dolor que he
podido llegar a sentir cuando personas que han sido claramente importantes,
bidireccionalmente, dejan de estar a mi lado aunque pudiesen ha sido el
resultado de no dejarlas marchar. De no vivirlas en presente, sino estar
distante. Disfruto las relaciones de hoy y las vivo como intensas y
enriquecedoras. Y también morirán. O mutarán. Y es tan bonito verlas crecer y
enredarse sin necesidad de peripecias que siento que entiendo lo que te hizo
llorar al ver el atardecer, mientras te abrazábamos ella y yo. No era un sol
que se iba para dejar paso a otro. Era vivir ese sol como si fuese lo único
importante en este mundo. Porque lo era. Porque eras sabio y supiste vivir el
presente.
Gracias, diez años después, por enseñarme una
última, desde tan lejos, llorando en la penumbra. Espero que la oscuridad en la
que escribo estas líneas esté a la altura. Te echaré de menos.
Miguel Ángel.
31/05/2026, Sevilla



