Junto a un plato de
pimientos asados casi sin probar, me miró y le dijo a otra persona “lo normal
sería esperar otro tipo de personalidad de esta ropa, pero con éste…éste es un
tío muy libre.” Y yo me lo tomé a guasa.
Entonces pensé en
cuando mi madre vino hacia mí y me dijo que yo tenía forma de ser ordenado y
obedecer. Y me presionó contra ese agujero. Y no entré.
Y vino mi padre y
dijo que tenía forma de triunfar, ser un as, tener una vida cómoda y enmendar
su camino. Y me empujó contra ese agujero. Y no entré.
Acudió mi familia y
dijeron que tenía forma de aceptar y no despuntar. Y me apretaron contra ese
agujero. Y no entré.
Dejándolo por
imposible por el momento, se alojaron junto a mí unas novias, y me dijeron que
tenía forma de pareja. Y me achucharon contra ese agujero. Y no entré.
En mis primeros
trabajos me dijeron que tenía forma de cabezota, de simple, de engreído, de
lameculos y de tantas otras cosas. Y me acercaron a ese agujero. Y no entré.
Se acercó la muerte
y me dijo que tenía forma de sufridor, de duelo eterno, de rompeolas y de
carajote. Y me chocó contra ese agujero. Y no entré.
A lo largo de todo
este proceso, hubo a mi lado amigos que fueron y vinieron, y dijeron que tenía
forma de colega, de mentecato, de lagarto, de listo, de aportar el hombro, de
excéntrico, de inmaduro y de despreciable. Y me intentaron colar por ese
agujero. Y no entré.
Aproximándose
algunas amantes me dijeron que tenía forma de quedarme a su lado, de cambiar la
cama por el mantel de cada día y de serenarme. Y me lamieron contra ese
agujero. Y no entré.
Me acerqué a
pacientes que me dijeron que era un ángel, un buen tío, responsable, cariñoso, malhablado,
ignorante, espantapájaros, repelente y divertido. Y me señalaron el agujero. Y
fui. Y no entré.
Entonces, me tocaron
los huevos. Trajeron a una panda de gansos que dijeron que la vida no les
respetaba. Que no les daba su sitio. Que todo estaba organizado para gente que
no eran ellos. Que no era justo. Que no les dejaban ser.
Harto, les dije
“chicos, parad, que tengo una idea.” Con mis mismos dientes mordí una vez el
plástico. Y otra, y otra. Me sangraban las encías, me temblaban las pestañas y
me dolían hasta los pensamientos. Con suficiente esfuerzo, dibujé mi silueta en
el juguete. Y entré. Y no oí a nadie detrás de mí morder el plástico. Seguí
oyendo quejidos, pero a mí me daba igual, porque yo ya intenté pasar por el
agujero de un santo que los acoja. Y no entré.
Miguel Ángel.
06/04/2026, Sevilla



