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jueves, 28 de mayo de 2026

Formas

  Junto a un plato de pimientos asados casi sin probar, me miró y le dijo a otra persona “lo normal sería esperar otro tipo de personalidad de esta ropa, pero con éste…éste es un tío muy libre.” Y yo me lo tomé a guasa.

 

  Entonces pensé en cuando mi madre vino hacia mí y me dijo que yo tenía forma de ser ordenado y obedecer. Y me presionó contra ese agujero. Y no entré.

  Y vino mi padre y dijo que tenía forma de triunfar, ser un as, tener una vida cómoda y enmendar su camino. Y me empujó contra ese agujero. Y no entré.

  Acudió mi familia y dijeron que tenía forma de aceptar y no despuntar. Y me apretaron contra ese agujero. Y no entré.

 

  Dejándolo por imposible por el momento, se alojaron junto a mí unas novias, y me dijeron que tenía forma de pareja. Y me achucharon contra ese agujero. Y no entré.

  En mis primeros trabajos me dijeron que tenía forma de cabezota, de simple, de engreído, de lameculos y de tantas otras cosas. Y me acercaron a ese agujero. Y no entré.

  Se acercó la muerte y me dijo que tenía forma de sufridor, de duelo eterno, de rompeolas y de carajote. Y me chocó contra ese agujero. Y no entré.

 

  A lo largo de todo este proceso, hubo a mi lado amigos que fueron y vinieron, y dijeron que tenía forma de colega, de mentecato, de lagarto, de listo, de aportar el hombro, de excéntrico, de inmaduro y de despreciable. Y me intentaron colar por ese agujero. Y no entré.

  Aproximándose algunas amantes me dijeron que tenía forma de quedarme a su lado, de cambiar la cama por el mantel de cada día y de serenarme. Y me lamieron contra ese agujero. Y no entré.

  Me acerqué a pacientes que me dijeron que era un ángel, un buen tío, responsable, cariñoso, malhablado, ignorante, espantapájaros, repelente y divertido. Y me señalaron el agujero. Y fui. Y no entré.

 

  Entonces, me tocaron los huevos. Trajeron a una panda de gansos que dijeron que la vida no les respetaba. Que no les daba su sitio. Que todo estaba organizado para gente que no eran ellos. Que no era justo. Que no les dejaban ser.

  Harto, les dije “chicos, parad, que tengo una idea.” Con mis mismos dientes mordí una vez el plástico. Y otra, y otra. Me sangraban las encías, me temblaban las pestañas y me dolían hasta los pensamientos. Con suficiente esfuerzo, dibujé mi silueta en el juguete. Y entré. Y no oí a nadie detrás de mí morder el plástico. Seguí oyendo quejidos, pero a mí me daba igual, porque yo ya intenté pasar por el agujero de un santo que los acoja. Y no entré.

 

Miguel Ángel. 06/04/2026, Sevilla



jueves, 21 de mayo de 2026

Escriba

  Llegamos a un antro a las afueras. Nos dejan pasar sin demasiados remilgos. No se podrán hacer fotos ni vídeos de la fiesta. En cuanto entramos, sacamos todo el material de contrabando y comenzamos a tomar dosis.

  No habría más de treinta personas en una sala muy oscura, pero la música se dejaba bailar, y a eso me puse. En cuanto acabó el set, la DJ se acercó a mí a darme las gracias y me dio una divertida máscara con cara de cerdo.

 

  Muchas horas después en esa carretera hasta el infierno me monto en un vehículo. Llevo gafas de sol y tengo dos brillantinas en la frente. Me pregunta si soy yo mientras intento ocultar la máscara. Tras esta presentación inicial, comienza a conducir por las calles más estrechas que he visto en mi vida y le pido perdón por no haberlo solicitado en otra zona para evitar ese camino. Me da las gracias por considerarlo y afirma “sí, ayuda.”

  En cuanto entramos en carretera convencional, empieza a mirarme más cuando habla y a explicarme cómo funciona el modelo de trabajo que he contratado; yo estoy alquilando un coche, no que me lleven, y el coche tiene un conductor que lo lleva a donde se necesita.

  Anteriormente, según su versión, no era así. Yo no he investigado mucho sobre el tema.

 

  Me pregunta si soy músico y le digo que soy enfermero y que estudio matemáticas. Se deshace en elogios por las cualidades humanas que tienen los de mi colectivo y se comienza a emocionar.

  El señor, hace veintiséis años, emigró de su Argentina natal a España, donde dando vueltas por varios sitios, se enamoró de una andaluza con la que tuvo dos hijos y con la que ahora está separado. Ha hecho ya una vida aquí. Me habla de cómo el personal de enfermería trató a su padre cuando tuvo un episodio terminal y del contacto, en letras mayúsculas, que trae mi trabajo. Me habla de sus vecinos que le prestan un coche cuando se queda sin uno. Está contento.

 

  Y le pregunto si echa de menos Argentina.

  Y su respuesta es poesía, es elegancia, es sutil y es mágica.

  “Uno no se imagina lo que es recordar. Es un olor, es una calle, es una mujer…”

  Continuó hablando de su vida aquí, de sus hijos, de los olores, las calles y la mujer.

 

  A mí me apetece más que me claven un destornillador en el cráneo y que le den patadas que hablar o escuchar a nadie, pero a medida que el señor se crece, veo en él a mi parte cuentacuentos. Llegamos a mi casa y le pregunto “¿Usted escribe?” “No, señor”, responde con una sonrisa tímida. Le acerco la mano, me la agarra y la agitamos mientras yo pronuncio “¡Pues debería!” Se le ilumina el rostro y me da las gracias.

  Después no pude abrir la puerta a la primera y todo fue muy ridículo.

 

Miguel Ángel. 10/05/2026, Sevilla




jueves, 14 de mayo de 2026

Arte especial (5/5)

 

  Recogí las setas derrapando, porque la mujer encargada de dármelas estaba, literalmente, en la otra acera de la de la tienda, dirigiéndose a su casa, cuando le pedí a la dueña que me facilitara la vida.

 

  Para cuando volví, mi amiga estaba volviendo a casa. Me contó lo mucho que le encantó el museo de arte contemporáneo. Top 3 mundial. Sólo por delante tenía Nueva York y Amsterdam. Una exposición sobre amerifraquismo e identidades de género. La entrada costaba un euro setenta. No creo que vaya.

  Mientras me hablaba, lie un cigarrillo con gelatto 33. En el proceso, una semilla quedó encerrada en el papel al darle el pellizco y la forma del canuto se deformó.

 

  “Entiendo que no te gusta el arte, pero deberías ir.”

  A mí me gusta el arte, pensé. Miré el cigarrillo. Miré al horizonte. Suspiré. En mi cabeza, volví a escuchar: “Nunca he sido bueno en ningún arte.”

 

Miguel Ángel. 02/04/2026, Sevilla



jueves, 7 de mayo de 2026

Arte especial (4/5)

  Me despedí de todos y volví a dirigir mis pies a casa. Por el camino me encontré con uno de los parroquianos. Estaba bajando una rampa que hay junto a una escalera. Me miró y, sonriente, me explicó que era la primera vez que bajaba por ahí, que estaba acostumbrado a hacerlo por las escaleras. Le aconsejé que usase más la rampa, porque igual se la habían cobrado en los impuestos. Se rio y seguimos haciendo bromas sobre eso, que era lo único que compartíamos. “Deberías volver ahora mismo y subir y bajarla cuatro veces, que se enteren.” Se descojonó.

  Pensaba que sólo compartíamos la historia del acerado, pero acabamos compartiendo camino. Estaba demasiado cansado para seguir siendo simpático, así que aproveché que se paró a saludar a una persona para acelerar y dejarlo detrás.

 

  Finalmente, llamé a mi amiga y me abrió. La relevé en la cama y cuando me desperté tenía unos cuantos mensajes. La chica de la limpieza acabó un rato antes y mi amiga había ido a un museo de arte contemporáneo.

  Yo había dormido tres horas, pero mi cuerpo no podía mucho más.

 

  Bajé las escaleras y reflexioné brevemente, pero rápido pasé a otras cosa. Aproveché que eran las dos menos algo para ir a por el paquete. Al salir vi que la grúa estaba cerca de llevarse mi coche por una razón que escapa a los motivos de este texto, y aproveché, de nuevo, que mi cuerpo no podía dormir más, para salvar mi furgoneta.


(Continuará)