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jueves, 25 de abril de 2024

Pequeño azul colapso

El color de mi camisa es pequeño azul colapso. Me lo dijo la vendedora:

“Esta camisa es pequeño azul colapso”.

 

Es un color atigrado y salvaje, con tonos nostalgia y alegría, algo de catinonas y poco de lisergia, pero mucho de ácido. Tiene algunos marcianos que cuelgan de la solapa y dos o tres pirámides, ladrillo a ladrillo, con algunas escrituras en cirílico y letras en sánscrito para alertar a los ladrones que vienen robando el alma.

Hay algunas ocasiones entre las costuras y serpentean dos lenguas por el interior, como de algodón almidonado, a cuenta de laca o de caspa moderna. Un par de submarinos flotan en el cuello y un portaaviones mira con recelo desde la manga, donde se avista una conus gloriamaris que huele a salitre y verdad, con tonos de caoba y jolgorio, algo de mentira y mucho de pasión en la arena.

La tela es de caballo de Siberia vegana, sin colorantes y con pesticidas. Carece de cianocobalamina o tiamina, pero tiene cítricos incorporados. No tiene bolsillos donde quepan cosas importantes, pero tampoco los tiene para las que no lo son. Su talla es basilisco cremallera y rompido de ola con crujido de rama, quedaban también gorila de manzana con caramelo y perro espadachín, y corte de helado cruzado con puntos de sutura, pero me gustan entalladas.

Una guerra abierta entre escarabajos y cipreses se tradujo en cenizas al descubierto, mierda arremolinada y algunas camisas. Al mundo le llegaba el fin y aplazaron el dormidor. Alguien dio una punzada mientras cantaba nanas a sus querubines. Al finalizar, extendió la mano y le cayeron dos monedas. Con eso pudo cenar esa noche. Un mes por una noche. En la camisa se puede ver todo esto.

 

Yo no conocía este color. Me dice que es una camisa básica, sin más adornos que su color. Yo en ella veo el mar, y el cielo, y los infiernos, y las pupilas y las escleróticas, y la condena y la absolución. En ella me veo. Me la pongo para que me vean.

En un cuento un rey va desnudo y nadie le dice nada. Lo mismo a mí me pasa algo igual. Lo mismo me cuentan un orgasmo y se le pega a la ropa. A lo mejor, debería vestir gris; guardar la camisa, cerrarlo con llave, apijamarme lo neutro, dormirme en los laureles, pasear por Babia y escuchar un cuento chino. Por hoy decido

 

Miguel Ángel. 21/04/2024, Sevilla




jueves, 18 de abril de 2024

Tierra a la vista

Buceo entre aguas fecales buscando un tesoro que permanece oculto.

La opacidad del líquido elemento es sólo un nivel más de dificultad conjugado con la necesidad de practicar este deporte en apnea. Mi amiga Marina es muy buena en apnea. Me dice que, en cuanto abandonas el miedo, puedes estar hasta cinco minutos sin respirar. Yo prefiero olvidarme del miedo y de la paz y embozarme la tráquea de mierda con tal de utilizar el tubo este un rato y dejar de pensar que el aire me es imprescindible para seguir buscando.

Trago a trago, bocanada a bocanada, brazada a brazada, o como se llame a la técnica de buceo, sigo buscando, sin luz, a tientas.

Encuentro joyas y papeles del pasado que, a duras penas, se pueden leer. Títulos de deuda y de nobleza antiguos, ya oxidados, en el fondo de este mar nauseabundo.

 

Cuando hace un tiempo me monté en mi barco pirata, puse rumbo a mi antigua tierra para rescatarme a mí mismo, que largo tiempo pasé en otras islas.

Fui pionero en hablar otras lenguas. Fui único en sus plazas. Fui nuevo en los bares. Fui un excelente risueño con tal de esculpir un abrazo en los cuerpos de desconocidos. Hice amigos en el cielo y en el infierno. Hice familia en otras pieles, otras sangres, otras calles, otras fuentes. Besé en muchas esquinas. Sufrí en otras tantas. Tiré hacia delante con la fuerza de quien sólo se sostiene de sus ganas de sobrevivir. Sobreviví. Recordando los tiempos en mi tierra. Contándole a las nuevas gentes toda mi vida, orgulloso de mis raíces y mis cuentos, de mis hojas y sus pétalos.

Deseé muchas veces volver y me comunicaba, telepáticamente (o por whatsapp, según se prefiera), con aquellos tallos que me crecieron en la adolescencia y que me daban comida cuando la luz nos daba y calentaba. Y cuando me comunicaba todo eran cantos de sirena para orientar mi proa a una vuelta pronta.

Para cuando llegué, toda la isla que conocí como hogar estaba inundada. Inundada de excrementos.

 

Y saltaré de nuevo mañana, y buscaré, sin aire, en el fondo, el rastro de aquel cartel de bienvenida que me faltó.

Y aprenderé que, una vez más, toca sobrevivir, y ser pionero en mi lengua, y único en mi plaza, y nuevo en los bares, y excelente risueño con tal de esculpir un abrazo en cuerpos desconocidos. Y tendré que hacer amigos en este cielo y sus infiernos, y hacer familia de esta piel, esta sangre, estas calles y estas fuentes.

Antes tenía sentido, no había nada. Solos, yo y mi bandera. Ahora, me duele tener que hacerlo porque aquí, en teoría, tenía que haber sido diferente. Yo venía a descansar junto a mis tesoros en una mecedora y me encuentro, de nuevo, con la bandera en la mano y la tierra que reclamar.

 

¿Tierra a la vista? Quizás sea buena idea posar ojo en mi catalejos en busca de alguna nube porque esto no es tierra. Esto es cieno.

 

Miguel Ángel. 18/03/2024, Sevilla



jueves, 11 de abril de 2024

Vericueto

Si uno hiciese crónica histórica de este blog, porque así lo considerase, encontraría un bache raro, temporal y temáticamente, y éste se produciría alrededor de ¡Enhorabuena!

 

Si bien algo me llevó a escribir como lo hacía años atrás me gusta verlo como una fiera que espera entre la alta maleza con sus ojos rasgados y su ronroneo sensual, deseosa de un movimiento en falso para darle sentido a las babas que su boca genera inmisericorde con su presa, no como una pulsión degenerada que me crece dentro como un globo a punto de explotar que llega a su zénit.

Podría comprender entonces que un par de entradas fueran producto del escalofrío de sentirse observado por un predador. Algo que prepara a la víctima para su fútil huida que acabará, de manera inexorable, entre unas fauces, a medio colgar. Muy poco aesthetic. Muy poco ASMR.

De la plácida preparación, donde los planes suenan bien, donde todo está controlado y parece milimétrico, se pasó a la ejecución, donde las torpezas aparecen entre los renglones del papel que vaticinaba otro futuro. Los tropiezos no estaban pronosticados, el flato no estaba previsto, los calambres jamás fueron parte de un pensamiento y, por supuesto, la derrota nunca fue considerada en su totalidad más que como una parte del papel que se evita mirar.

Entonces, desangrado, macilento, desvaído, mustio y condenado. Haciendo agua, por no decir haciendo sangre, el reo enfrentó el mallete chocando con el estrado del juez sin demasiada entereza, entre el histrionismo y la autocomplacencia.

 

Sí. Me gusta esa palabra. Con y sin tilde. Condicional y afirmativa. Etérea y corpórea. Sí, su último mensaje, a día de hoy, es ¡Enhorabuena! Aún hay motivos para escribir porque aún el mundo me arroja estas ironías sobre las que reflexionar.

 

Miguel Ángel. 01/02/2024, Sevilla



jueves, 4 de abril de 2024

Opositor

Estando en un bar me contaron la historia de alguien que estaba muy cansado de su trabajo de camarero, un hombre muy delgado, listo y con un ojo vago.

Estoy hasta los huevos, le decía a Gabino, ya no aguanto más esta mierda.

Su trabajo se lo estaba comiendo y vivo, empezando por los pies. Tan listo que él era, que todo el mundo se lo había dicho, y tan poco que ganaba. Esta vida se lo estaba comiendo.

Gabino le habló de unas oposiciones a Correos, para enviar cartas. A él siempre le había gustado andar y lo vio como un ascenso a la categoría de los que disfrutan de su trabajo. No tardó más de un día en enterarse de las pruebas que tendría que pasar y menos de diez horas en comenzar a prepararse.

Me voy a cambiar la vida cuando sea cartero, voy a vivir la buena vida, le decía a Gabino.

El día del examen llegó.

Le entregaron la prueba.

Llegó a su asiento con ella en la mano.

Tragó saliva.

Respiró profundamente.

Dio la vuelta al papel.

La lectura le duró, aproximadamente, medio latido. Sus ojos no se cerraron en lo que pareció un año y medio y su boca se secó tanto que se le marchitaron un par de margaritas que habían comenzado a salirle entre los premolares a tenor de la primavera.

Una hora y media más tarde, aproximadamente, entregaba su examen.

 

Gabino cree recordar que una semana más tarde el tipo andaba loco de contento, dando saltos de alegría. ¡He pasado el examen, voy a ser cartero! Gritaba a todos sus amados feligreses.

La alegría era compartida, todos se contagiaron de su felicidad.

 

Dos semanas más tarde, allí seguía él, pero ahora mustio, barriendo. Gabino se acercó a preguntarle. ¿Qué pasa, Pepe? ¿Por qué esa cara tan mustia?

Resulta que tenían que hacerme un examen médico para ser cartero y allí que fui. El electro bien, la prueba auditiva bien, la sangre bien, todo bien. Y me van a mirar los ojos. Y me tapan el malo y yo veo allí de diez de diez. No se me escapó ni una mota que por allá danzaba. Y me taparon el bueno y por poco veo que tengo los párpados abiertos. Me piden que pase a otra sala, que allí me dan los resultados. Y allí viene un tipejo desagradable con unas gafas a media asta, y me da un papel muy asqueroso, y allí pone que yo no veo por un ojo y que no soy apto, y les tuve que gritar ¿¡PERO ESTO ES PARA SER CARTERO O PARA SER PIRATA?!

Y no hubo manera, ¿no? Preguntó Gabino.

No hubo manera, respondió José, mientras seguía balanceando aquella escoba con la que recogía los trozos de su ilusión desmoronada por el suelo.

 

Miguel Ángel. 21/02/2024, Sevilla