Debatimos sobre la diferencia e idoneidad de calificar nuestra locura como guay o rica. Creo que ella se impuso.
Se abandonó de sí misma, me dijo.
El sol se escondió, cansado de esperar a que saliésemos de la cueva donde
acordamos no cambiar las sábanas hasta que no sé qué pompa se rompiese.
Escuchamos mucha música, pero
sólo estaba interesado en la canción que sonaba en su boca cada vez que se le
escapaba el espíritu de forma divertida.
Ella temía que me volviese un
licántropo a medianoche, pero toleró bastante bien cualquier mordisco que
pudiese tener preparado. Fue un juego divertido verla verme enseñar los caninos
a la poca luz de la luna que permitían aquellas persianas.
Al despertar, me habló de la
eternidad. Yo, que soy un moderno y fluyo, le intercambié un para siempre por
“un beso aquí y ahora”.
Me dijo que la estampa que veía
era digna de foto y le permití hacerla, pero respondió que ninguna cámara
podría captar lo que ella veía. Le pedí que me la comentase. Le hice esa foto
allí mismo con un papel y un boli. Los últimos píxeles eran una declaración de
guerra fantasma porque mis cañones no tenían pólvora así que, cuando contestó a
mi provocación con una sonrisa pícara, tuve que saltarle al abordaje con una
navaja en los dientes y el miedo a que abriese fuego y me hundiese en un mar
del que no sabía si iba a poder salir.
En algún momento, sonriendo, a
punto de dejar de poder hablar, entonó “nos hemos juntado el hambre y las ganas
de comer” pero tenía que ser mentira porque en veinticuatro horas que tiene un
día comimos poco más que un par de tostadas, algo de piña y dos cafés que la
hicieron la chica más divertida de la manzana. Puede que del universo, pero no
quiero hacer apuestas fuertes hoy.
Miguel Ángel. 08/07/2023,
Sevilla
