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jueves, 29 de agosto de 2024

Gracias

Envío una entrada. Me habla un bot. Que si quiero seguidores. Ya van tres seguidas que no entra gente a verlas. Comienzan las inseguridades. Siento vergüenza.

La calle se hace larga, parece que no acaba, y ni aún así a mi cabeza se la termina el carrete.

Llevo una temporada en la que no paro de pensar en cuánta gente entra, en cuánta gente lo lee, si algún día lo que escribo me va a morder en el culo y no podré ser presidente de la comunidad de vecinos porque la sensibilidad del futuro no va a ser acorde a las miserias que se me ocurren semana a semana. Hoy parece que se están condensando todas esas preocupaciones en esta acera. Esta acera que me da la sensación de que construyen a medida que ando en dirección a una tostada. El cielo es asquerosamente gris y la estética urbanita no ayuda a relajarse con sus miles de estímulos. No hiperventilo, pero tampoco me faltan ganas.

-Hey, he visto lo que me mandaste. Muy chulo.

-Perdona, ¿qué? Estaba en mis cosas.

-Lo que me mandaste.

-Ah, el blog, ¿te gustó?

-Sí, ¿escribes mucho, no?

-Me propuse subir una a la semana.

-Pues me gustó.

Se me ilumina el corazón. Canta algún pájaro y lo sé, aunque me lo tape el claxon de un coche a mi lado. Mi vergüenza se disipa. La inseguridad se desvanece. Me crece la sonrisa. Qué gracias más silencioso.

Ni siquiera hace falta que entre otra vez, que me lo diga más o que sea verdad. A veces, ni el más outsider de los exiliados es ajeno a la validación de la tribu. Hoy voy a bailar alrededor del fuego a ver si el Dios de los relatos deja de apretarme la cabeza con los dedos.

 

Miguel Ángel. 26/01/24, Sevilla


jueves, 22 de agosto de 2024

Herencia

Hoy ha venido una cigüeña con una bolsa, pero al aterrizar hemos descubierto que alguien ha cambiado al bebé por una bomba artesanal. En el temporizador pone que quedan diez segundos.

 

 

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Hay unos cocodrilos, puestos como si fuesen un anuncio del tragabolas, mordiendo madera con sus bocas llenas de dientes. ¿Por qué comen madera?

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La cigüeña me mira. Lleva un largo viaje tras de sí y está cansada. Esperará a la explosión a ver si coge impulso. Tiene un fuerte acento. Me enseña su pasaporte, por la foto, y lo entiendo. Viene de París.

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En momentos como este uno también se pregunta dónde estará el bebé. ¿Lo habrán hecho con el único objetivo de traer esta bomba aquí? ¿Qué clase de triste existencia es nacer para ser explotado?

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La cigüeña se enciende un cigarrillo y me habla de los distritos de su infancia y cómo no puede esperar a comerse una baguette. Le explico que a mí el pan no me flipa. Resopla. Con su pico tiene que costar, le doy eso.

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Recuerdo un libro que leí hace mucho tiempo. Explicaba que la literatura debe tener sentido. Un cocodrilo me ofrece una puerta para roer.

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Hablo con los cocodrilos. Parecen ajenos a la bomba. Les pregunto por qué comen madera. Resulta que son veganos. Voy a morir rodeado de veganos, con la de autocomplacencia que eso trae.

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Me llaman al móvil y me preguntan si quiero cambiar de compañía de teléfono. Les pregunto por las tarifas. Me hablan de permanencia. Me río.

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Unas hormigas emergen del suelo con tambores, trompetas y bandurrias. Cantan canciones mientras festejan. Parecen borrachas.

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A lo lejos, alguien con problemas de audición pone la tele. Otro presidente, otro escándalo. Sube el volumen. No se entera.

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Encontramos una postal debajo de la bomba. Encontramos los motivos. Quieren que permanezcan secretos. Vamos a respetarles esto por regalarnos una entrada, aunque no sabemos por cuánto tiempo…pero tampoco parece que quede mucho.

-Y-

El contador está a cero. Contengo la respiración para no morir cogiendo ni soltando aire y no dejar nada pendiente. La bomba se abre por los cuatro costados, como una caja de ACME. En el centro, un altavoz comienza a reproducir chistes de Chiquito.

Respiro.

Miguel Ángel. 05/12/2023, ¿Sevilla?



jueves, 15 de agosto de 2024

Mbel, el octavo pasajero (2/2)

 (Primera parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/08/mbel-el-octavo-pasajero-12.html)

    ¡¿A que da miedo que te esperen detrás de las esquinas para darte sustos?!

    ¡¡Me cago en todos tus gfffff!! Respondí

 

    Le había costado no descojonarse mientras armaba todo esto y su cara intentando asustarme mientras aguantaba la risa daba un aspecto tragicómico, muy Scream de Scary Movie al natural, al rostro de la madre que yo iba a ver y rodear fuerte con los brazos y darle las gracias y decirle que la quería.

    Por alguna razón con la que me cuesta acertar, mi primer sentimiento no fue completar mi cometido, sino dejar escapar aire a presión por mi boca mientras comenzaba a reírme.

    ¡Yo iba ahora a darte las gracias por todo y esto es lo que me llevo! Dije entre las apneas fatales que estaba experimentando mi madre entre carcajada y carcajada.

    Ella no podía parar de reír abrazada a mí y yo aún sentía mis músculos tensos de la sorpresa, preparado como estaba hace unos segundos para asesinar a mi agresor apuñalándolo hasta la extenuación con un helado. De nata y galletas.

    Iba a tu cuarto a darte las gracias por todo. Acerté a decir cuando se recompuso y sus frases comenzaron a entrecortarse entre palabra y palabra y no entre sílaba y sílaba.

              

    Eres tonto. Coge los que quieras. No tienes que dar las gracias. Yo también te quiero, culminó con un abrazo y dos besos tras los que marchó a seguir viendo alguna telenovela extranjera o un tutorial para cometer filicidios de madrugada de una manera exitosa.

 

 

    Y así se cumplieron mis voluntades anticipadas.

 

Miguel Ángel. 26/07/2024, Sevilla



jueves, 8 de agosto de 2024

Mbel, el octavo pasajero (1/2)

Atravesé el oscuro salón y llegué a la cocina a coger agua fresca para soportar mejor el calorcito estival. Era la una y al día siguiente trabajaba de noche, así que aprovechaba para acomodar mis horarios de sueño a los que necesita la unidad.

Cuando llegué, encendí la luz para ver dentro del frigorífico con la luz fundida, cogí una botella de agua y volqué algo de su contenido en la mía para aguantar un rato viendo alguna película de esas que una empresa con un logo chulo te convenza hoy de llevártela a las pupilas.

               Habiendo dado un sorbo pensé “¿por qué no?” abriendo la puerta de la nevera enfocando mi atención en un sándwich helado mini coquetón.

               Cerré la puerta y noté su temperatura aliviando la sensación de hervir en el aire de mi mano derecha. Pude notar como dibujaba una sonrisa al experimentar semejante sensación.

              

               Para serles sincero, yo no compré esos pequeños heladitos. Ni siquiera sabía que los querría y los había pedido. Mi mamá, con la que convivo, había pensado en dejarnos estos manjares al alcance. Había pensado en dejarlos porque se le ocurrió que podríamos sufrir, como yo lo estaba haciendo en ese momento, y esa inagotable fuente de placeres culpables, como lo es un azucarado emparedado de crema y cosas de sabores para todos los gustos y formas para todos los públicos, podría hacernos la vida más manejable.

               Sentí un tremendo agradecimiento. Aún no la había visto desde que cenamos juntos hace unos tres días y sentí la necesidad de ir a su cuarto, donde estaba viendo algo.

Mi madre, mi Maribé, que tanto me quiere y tanto la quiero. Tenía que ir a darle un abrazo muy grande y darle las gracias por los helados. Era mi imperativo moral de Kant. Debía agradecerle todo.

               Me dirigí hacia la salida de la cocina dispuesto a verme con ella, rodearla fuerte con mis brazos y decirle que le daba las gracias y que la quería.

               Apagué la luz para no tener que vender el otro riñón, cerré la puerta como me había pedido anteriormente, y me giré hacia el salón. Di unos pasos hasta la puerta cuando una mano apareció de la nada y me agarró el brazo.


(Segunda parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/08/mbel-el-octavo-pasajero-22.html)


jueves, 1 de agosto de 2024

Voluntades anticipadas

    Quiero destruir este blog porque…

 

    Quiero rechinar los dientes hasta mellarme. Quiero rugir hasta quedar ronco. Quiero saltar hasta volar. Quiero lanzar todos los gritos que tengo atados a una roca en el fondo de mi garganta y prenderles fuego a mis cuerdas vocales para dar un concierto solitario de violín con espectáculo. Quiero hacerle el harakiri a mi muñeco de voodoo.

    Quiero un yate. Quiero una casa en la playa. Quiero un buen salario. Quiero un trabajo estable. Quiero sentirme grande. Quiero sentirme realizado. Quiero comer sandía hasta volverme agua. Quiero no querer a todo el mundo.

 

    Estoy dispuesto. De verdad. A consumirme en esta carretera. A llegar con la última gota de sangre, el último aliento, el último latido, la última mirada. No me importa derrapar de aquí hasta el final y perder, metro a metro, más y más carne. Sólo quiero llegar.

    Puedo pagar todos los peajes que me vaya a poner el destino. Si no me queda dinero pagaré en carne y si no me queda carne pagaré en linfa, o en bilis, o en lágrimas. A estas alturas, no me importa mancharme los lagrimales para convertirme en plañidera.

 

    Quiero sentirme reconocido. Quiero que me quieran. Quiero dejarme querer. Quiero que cesen los palos. Quiero que paren las agujas. Quiero que no haya más “hoy me queda un día menos”. Quiero que las cosas tengan la mitad de sentido del que tienen en mi cabeza.

    Aquí me sobran la experiencia, la aptitud, las referencias, las glorias del pasado, el porte, el esfuerzo, las ganas y la virtud si me falta un buen padrino.

 

    Quiero destruir este blog porque si no esculpo aquí todo esto hasta que el cincel con el que martilleo se rompa me va a taladrar la cabeza desde dentro y voy a pintar de una vez la habitación, con lo que a mí me gusta procrastinar y lo mal que se me dan las artes plásticas.

 

Miguel Ángel. 25/07/2024, Sevilla