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jueves, 28 de agosto de 2025

Promesa cumplida (2/6)

   La rueda chirría por el polvo acumulado de, supongo, años. Uno podría esperar de un hospital un lugar limpio y aséptico, pero sólo afinando un poco el ojo se pueden encontrar pelusas en cada esquina y manchas de sangre por cualquier sitio. Acudimos a él cuando más vulnerables somos y allí nos esperan miles de amenazas, como una maraña de polvo en una rueda.

  Hola, me llamo Miguel Ángel, esta noche seré su enfermero junto con Alfredo, que ahora se pasará (o no).

  Y, de esas, una mirada, buscándome desde un sillón. El oxígeno le llega a raudales por un tubo y no es suficiente. Por mi experiencia, su cara presenta una peligrosa contradicción. Debería tener todos los músculos tensos y su cuerpo debería estar peleando, pero proyecta una paz casi divina. Sus ojos. Sus ojos son grisáceos, no porque le hubiese tocado ese color, sino porque la había alcanzado. Del porte que su cuerpo pudo haber mostrado anteriormente quedan un saco de huesos y un apósito en su barriga que se mancha de una mezcla entre bilis y heces de la parte proximal de su intestino. Un verde vivo que contrasta con la imagen de flor marchita expuesta en la vitrina de Bestia.

  Me acerco a ella y me presento de nuevo. Le agarro la mano para tomarle la tensión y veo su pulsera. Cuarenta y pocos años. Su mano me devuelve cierto agarre, todo el que puede, y dibuja una sonrisa. Sólo vi una sonrisa igual tres años antes, rodeada de maletas, sobre un vestido de ejecutiva precioso, pero esa es otra historia.


(Continuará)



jueves, 21 de agosto de 2025

Promesa cumplida (1/6)

  Como prometí al hablaros del destino o, al menos del mío, hoy vengo a contaros una vieja historia.

  A modo de aviso, no espero que parezca humana, ni graciosa, ni divertida, ni entretenida. Esta es una historia sobre una cosa que me llevaré a la tumba y, para asegurarme, dejo escrita.

  Cada vez que este pasaje se asoma a mis labios suele acabar en carcajada colectiva mientras algo dentro de mi cabeza rebota y rebota impidiéndome disfrutar. Es ese momento. Son esas miradas. Es esa confusión que me azota justo después de empezar a pensarlo, como el trueno que viene tras el rayo.

  ¿Fui yo? ¿Fue el tiempo? ¿De verdad fue así?

 

 

  Mierda, vuelvo a llegar tarde al trabajo. Hoy me tocan las urgencias oncológicas. Qué bueno que tenga compañía en este turno.

  Llego a aquella encimera donde un montón de glóbulos blancos nos arremolinamos alrededor de papeles y tinta y hay un pase extraño en el que todo se escucha a pocos metros, donde unos cuantos neófitos de la asistencia sanitaria escuchan relatos de sangre, de heces, de dolores, de sarpullidos y de la de mierda que puede caber en una vida cuando se juntan los cables que chisporrotean, silenciosos, por dentro. Alfredo está ahí, terminando de coger el cambio y con un ademán me dice que no me preocupe. Hay confianza. Yo confío en él. Puede ser vaguete de vez en cuando, pero sabe lo que hace y su humor es siempre bienvenido.

  Tened cuidado con el hermano de ésta. Es un médico potente del hospital y esta tarde ha estado gritando a la compañera porque hemos tardado diez minutos más de lo que le tocaba en ponerle el tratamiento. Te mira desde arriba. Es un capullo. Dicen a coro dos chicas con la cara cansada.

  Cogemos los papeles y los organizamos un poco. Alfredo se va a encargar de preparar la medicación y me manda a hacer una ronda mientras escucho que tenemos dos pacientes en LET, que para alguien que trabaje en la oficina puede sonar a inglés, pero significa “Limitación del Esfuerzo Terapéutico”.


(Continuará)



jueves, 14 de agosto de 2025

Fine wise dogs

  Un sikh me pregunta la hora y le respondo que no tengo, a lo que continuamos nuestro camino. Tres pasos después miro el móvil y veo que son las nueve. Le grito la hora y confuso no sabe si asustarse o agradecerlo.

  Estoy recién despierto, con los ojos aún secos, y paseo por las calles por las que viví durante cinco años sintiéndome un empadronado más. Entre las motos aparcadas, busco la mía sin suerte. La mitad de los establecimientos están cambiados y donde antes había una pescadería ahora hay una tienda de móviles.

 

  Yendo a la furgoneta a por la leche de avena que olvidé, como tantas otras cosas a lo largo de mi vida, me encuentro a la gente paseando sus perros con las mismas caras que solía ver. Eso no ha cambiado. Eso está bien.

  Un perro extraviado busca en el culo de alguien las trufas que no encuentra en el suelo. Ha elegido un buen culo, no se le puede negar.

 

  En la panadería casi no hay luz y cuando pido barras de pan integral me hace preguntas que no entiendo sobre el producto que quiero. No entiendo nada. Elijo al azar. Por cuarenta céntimos no puedo pagar en efectivo y le pido perdón. Ella me exime de responsabilidad con la voz y me condena con la mirada.

  Cuando salgo, no escucho pájaros cantar, pero los tiene que haber. No oírlos tiene que ser fruto del eco robado por los ladrillos. Bloques que me corren por la sangre y ahora me obstaculizan la naturaleza.

 

  En lo alto de la montaña vi mi antigua casa, que ahora tenía una tela que impedía ver la terraza. Quien sea que asuma la responsabilidad de esa isla ha decidido no ser tan exhibicionista como lo fui yo y lo entiendo. No es fácil vivir con la piel del revés, por eso creo que no sobreviví a esta época sin llevarme buenas cicatrices.

  Mientras tanto, otro perro, otro perro sabio, busca otra trufa. En el mismo culo.

 

Miguel Ángel. 28/07/25, Barcelona



jueves, 7 de agosto de 2025

Celíaca

  Es una chica de diez. Feliz, feroz, fiera felina.

  Tan rubia, tan formal, tan indie y tan serena que a sus aullidos y a sus muchos pechos sólo colmillos le faltan para nombrarla loba. Y que de ella nazca un imperio. No sé, por poner, Roma.

  Con piernas de cable de acero tensado entre la locura y la cordura, a un fuego lento iridiscente y con el brillo de mil ojos felices. Con culo de pomelo. Fresco, jugoso o caliente, según la temporada, pero siempre agradable.

 

  Y no sé. No sé por qué. A tan fabulosa, fantasiosa, divertida, extrovertida, interesante, complicada y competitiva va el destino y le dibuja una ironía y la hace celiaca, con la de pan que le va a hacer falta para acompañar al mundo cuando se lo quiera comer.

 

  Cuanto no dieran, al menos tres emperadores, por gozar de su lecho. ¡Cuánto no dieran! Y cuánta suerte tienen los infelices que tocan sus sábanas que, de ellos, sin ser propietario de tierra alguna, yo soy rey. Sin llegar a ser tuerto, en este mundo de ciegos a su cuerpo, yo con el dedo índice puedo recorrer, sin abrir los ojos, su silueta. Dibujada en la escena del crimen que es no disfrutar de su presencia.

  En la escena de otro crimen del que cómplices participamos. En el que matamos el tiempo, o bien lo gozamos.

  Y es que ella es una chica de diez. Diez lamentos, diez suspiros, diez lametazos, diez nigiris y diez orgasmos.

 

Miguel Ángel. 01/08/25, Tomelloso