Entre su selecta lista de espera hay una
mujer mayor con la que he intercambiado un breve diálogo en el que he tenido
que repetir la misma pregunta cinco veces de distintas maneras para que me
entendiese. La pregunta era: “¿A qué hora tiene usted cita con este
profesional?”. Siento perderme la interacción que puedan tener este señor y
esta señora y lo siento por ella si él decide que no tiene tiempo para adecuar
el lenguaje a su audiencia. Menudo imbécil.
Al salir del centro de salud decido ir a
comprar unas cuantas cosas. Ya lo tenía pensado, llevaba incluso bolsa, pero
siento que tengo aún más ganas de pasear a ritmo frenético. Aprovecho para
tirar la basura y alguien me saluda con una sonrisa de oreja a oreja y me
acerco. Entre afirmo y pregunto un hola y la sonrisa no se le cae. Tu cara me
suena de algo, acierto a pronunciar, y me responde “sí, del hospital”. Asumí
que había sido compañera y le pregunté qué le habían dado (este verano) y
entonces supe de su boca que le habían dado el alta. Fue entonces y no antes
cuando la volví a ver en una cama cerca de la puerta de su habitación, con
varios tubos. Pasé un par de noches atendiéndola y ella pareció quedarse más
con mi cara que yo con la suya.
Me alegró la mañana saber que, donde yo me
siento un número más en un sistema cruel conmigo, otras personas ven a un
angelito que les dibuja una sonrisa en la cara, sostenida con grapas en las
orejas, e intenté recordar algunas conversaciones para saber si yo era otro
imbécil que hablaba con tecnicismos, pero sólo fue por asegurarme porque no me
gustan.
Tras un rato andando y mientras bebo mi té,
delante de mí se menea un culo embozado en un pantalón blanco roto y mi
atención deja a Raskolnikov para volver al suelo que me sostiene y que arde.
Más adelante, un operario puso una cara rara justo después de dejar de mirarla
a los ojos.
Por temor a lo que podría rasgarse mi
conciencia la adelanté sin mirarla de nuevo. Así, todo posible juicio queda en
estos dos párrafos y, con suerte, no tendré que cargarlo tras haberme confesado
ante ustedes.
Finalmente, llego a casa sin comprar el
elemento que me hizo bordear todo el barrio y reproduzco Killing Jar, de Chet
Faker y Marcus Marr. Elevo los restos de ayer y les prendo fuego. Abro mi
cuaderno y pienso “debería escribir esto para no reciclar entradas. Debería
pasear más a menudo”.
Miguel Ángel. 04/06/2025, Sevilla




