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jueves, 31 de julio de 2025

Tonto del día (2/2)

  Entre su selecta lista de espera hay una mujer mayor con la que he intercambiado un breve diálogo en el que he tenido que repetir la misma pregunta cinco veces de distintas maneras para que me entendiese. La pregunta era: “¿A qué hora tiene usted cita con este profesional?”. Siento perderme la interacción que puedan tener este señor y esta señora y lo siento por ella si él decide que no tiene tiempo para adecuar el lenguaje a su audiencia. Menudo imbécil.

 

  Al salir del centro de salud decido ir a comprar unas cuantas cosas. Ya lo tenía pensado, llevaba incluso bolsa, pero siento que tengo aún más ganas de pasear a ritmo frenético. Aprovecho para tirar la basura y alguien me saluda con una sonrisa de oreja a oreja y me acerco. Entre afirmo y pregunto un hola y la sonrisa no se le cae. Tu cara me suena de algo, acierto a pronunciar, y me responde “sí, del hospital”. Asumí que había sido compañera y le pregunté qué le habían dado (este verano) y entonces supe de su boca que le habían dado el alta. Fue entonces y no antes cuando la volví a ver en una cama cerca de la puerta de su habitación, con varios tubos. Pasé un par de noches atendiéndola y ella pareció quedarse más con mi cara que yo con la suya.

  Me alegró la mañana saber que, donde yo me siento un número más en un sistema cruel conmigo, otras personas ven a un angelito que les dibuja una sonrisa en la cara, sostenida con grapas en las orejas, e intenté recordar algunas conversaciones para saber si yo era otro imbécil que hablaba con tecnicismos, pero sólo fue por asegurarme porque no me gustan.

 

  Tras un rato andando y mientras bebo mi té, delante de mí se menea un culo embozado en un pantalón blanco roto y mi atención deja a Raskolnikov para volver al suelo que me sostiene y que arde. Más adelante, un operario puso una cara rara justo después de dejar de mirarla a los ojos.

  Por temor a lo que podría rasgarse mi conciencia la adelanté sin mirarla de nuevo. Así, todo posible juicio queda en estos dos párrafos y, con suerte, no tendré que cargarlo tras haberme confesado ante ustedes.

 

 

 

  Finalmente, llego a casa sin comprar el elemento que me hizo bordear todo el barrio y reproduzco Killing Jar, de Chet Faker y Marcus Marr. Elevo los restos de ayer y les prendo fuego. Abro mi cuaderno y pienso “debería escribir esto para no reciclar entradas. Debería pasear más a menudo”.

 

Miguel Ángel. 04/06/2025, Sevilla




jueves, 24 de julio de 2025

Tonto del día (1/2)

 Llevo un rato andando al sol y sé que sobreviviré. Sabiendo eso, me apetece una bebida fría que me haga sentir algo de alivio en mi boca seca. Entro en una tienda y compro un té de maracuyá. Al despedirme le deseo una buena tarde al dependiente y él me devuelve el deseo, a lo que le respondo un “se intentará” sin mirarle demasiado, que arroja una risa semicontenida por parte de mi interlocutor.

  Es una frase que uso mucho. En realidad, odio el ingenio enlatado. Me parece que acaba lentamente con la creatividad y genera unas expectativas innecesariamente altas sobre el talento que tiene una persona para hacer algo de manera genuina y fresca. Le temo tanto que intento no usar el amasijo de relatos que he ido escribiendo hasta hacer este blog (quizá sólo de las que más orgulloso estoy y que más polvo estén cogiendo). Esto me hace tener una neurótica obsesión con tener relatos preparados por si viene el tan acojonante bloqueo del escritor. Y esa es la razón de que tenga tantos líos precarios.

 

  Menudo imbécil, pienso mientras digiero las palabras que un hombre con casaca de manga corta me dirige. Ha usado, en último lugar, “lesiones de similar etiología” con un pavo que no conoce y que acaba de entrar en su consulta. Lleva un rato soltando tecnicismos como si fuese un mecánico intentando colármela.

  Va con media hora de retraso y no ha pensado en disculparse. Se ha tomado la licencia de mirarme mal en la puerta cuando le he preguntado si ha llamado a [inserte mi nombre completo] argumentando que sí lo había hecho claramente, a lo que intenté rebajar la tensión aduciendo a una acústica pobre en la salita que le han improvisado.


(Continuará)



jueves, 17 de julio de 2025

Mierda

  Cuando me quise dar cuenta, se dio un sold out de taburetes. Las residentes y mi compañera habían colonizado sus cómodos reposos. El día anterior estuve de pie, sin moverme, más de lo que me gustaría. Unas cinco horas. Cinco horas más de lo que me gusta.

  Empezaron a cargárseme los gemelos y fui cambiando el peso de pierna a pierna. Dudé si grabar parte de la intervención para una amiga con fijación por lo gore, pero la falta de confianza con el personal sumado a un retardo en mi capacidad de reacción causado por un periodo de sueño inferior a lo que necesito para funcionar me frenaron.

 

  Llevo unas semanas desayunando avena. Hoy no había desayunado, pero eso no impidió que me diesen unas tremendas ganas de cagar por no haberlo hecho cuando el reloj que tengo incrustado en el recto se activó, cosa que tampoco hice. Esto, mezclado, me hacía encontrarme ligeramente más irascible de lo normal por lo que, cuando vi a una residente levantarse e irse, seguramente a cagar o tomarse un café, dejando su silla libre, pero sabiendo que volvería y querría recuperar su trono, generándome una situación incómoda innecesaria, me atacó una reflexión.

  Pensé en salir un segundo a hacer aguas mayores; “creo que tardaré menos de cinco minutos…” y entonces se me ocurría que seguro que en esos trescientos segundos me requerirían de manera intensa y urgente y todos me mirarían mal cuando volviese o el paciente no saldría vivo de la mesa de operaciones. Sé que no soy tan crucial en este proceso, pero tengo un sentido del deber que no para de ponerle obstáculos a mis decisiones. ¡Qué suerte la de la residente de no sentirse necesaria!

 

  De repente, pasa: Se inicia un sangrado profuso. Lo veo en la pantalla y noto cómo el clima distendido pasa a ser uno tenso. Comienzan a pedirme material y que toquetee las máquinas. La inyección de trabajo acalla mis piernas e intestinos. “Pídele a Y un porta de láparo”. Voy corriendo a donde debería estar. No hay nadie.

  Mi compañera tiene mucha más experiencia que yo y, a través de la ventana que da a la habitación donde lanzo juramentos e improperios va señalando posibles cajas en las que encontrarlo, sin posibilidad de que toque nada porque ella está estéril.

Muevo pesadas cajas metálicas y mis brazos y espalda se quejan de que yo esté haciendo este trabajo en lugar de cagando. Mi responsabilidad está, sadomasoquistamente, contenta.

  Para cuando encontramos el material aparece Y con un café en la mano. “¿Qué buscáis?” “Esto.” “Pedídmelo a mí, yo siempre estoy” dijo mientras se sentaba. “Váyase usted a la mierda”, pensé.

 

Miguel Ángel. 02/07/2025, Sevilla



jueves, 10 de julio de 2025

Amistad y borrachera

  La suerte o la desgracia me mueven a destinos inciertos y esperpénticos. No fue de una manera menos casual que acabase una persona como yo dentro del equipo de urgencias que cuida de la gente que va a la feria de abril.

  En una jungla así pude ver una cantidad infinita de borrachos y cortes, ya fuera a través de la luna de una ambulancia o junto a una camilla en una tienda de campaña venida a más.

 

  Hay borracheras de las de apagar fusibles y cerrar los ojos esperando un nuevo día. Las hay de llorar hasta deshidratarse, con el maquillaje por río Ganges en la cara. Las hay de querer destruir el mundo en la cara de cada persona y gritarle al aire lo que no aguantan las costillas. Las hay de pedirse perdón a uno mismo por volverse a fallar. Las hay de soltar la risa y no dejarla encerrada nunca más. Las hay de sentir que el suelo es tu tarima y todos estamos aquí por tu show. En fin, como decía, infinitas.

  Con los cortes pasa algo parecido.

 

 

  Una ambulancia ilumina el suelo de azul calma tensa. Se abre la puerta de atrás y una camilla termina tomando tierra al minuto. Houston, safe landing. Un bello chico con el pelo rizado y suave de unos quince años en posición fetal con una palidez proverbial susurra lo sientos al aire mientras un técnico nos cuenta y nos señala las prótesis del chiquillo.

  No les voy a engañar, clínicamente esta historia tiene poco misterio y me voy a saltar los detalles, a modo de omitir intro. Me senté un rato junto a él cuando la cosa se calmó y le pregunté la edad. Resultó que tenía veinte años, no quince. Serio me preguntó si quería que sacase el DNI y le respondí que no, riendo, que no le iba a vender alcohol. No le hizo mucha gracia, pero tampoco creo que estuviese completamente conmigo.

  Apareció un colega para recogerlo con dos muletas, que pertenecían a mi nuevo amigo. El paciente se echó a llorar.

-Siempre te hago lo mismo, soy un amigo de mierda.

-Anda ya, tranquilízate. — respondió tranquilo llevando ambos soportes en un brazo y la otra mano metida en el bolsillo del pantalón. Tenía un pelo largo envidiable recogido con un moño que había visto pasar la noche sobre él, pero aún conservaba dignidad y encanto y una flamante chapita con la bandera de Palestina en la solapa.

-Sí, te lo he hecho muchas veces.

-Y en todas voy a estar, eres mi amigo.

 

  El joven del pelo rizado se vio capacitado para levantarse y una estudiante que teníamos fue rauda a ayudarlo, pero no sé si por una paternalista pulsión enfermiza, por un sadismo que no sé reconocer o simplemente por respeto, sin que nuestra protagonista pareja fuese consciente, la paré con una mano en mi espalda a modo de “déjalo a él que te pida ayuda si la necesita”. Así mismo, mientras ella frenaba, pronuncié “si ve que no puede, pare un segundo y si necesita ayuda, aquí estamos”. Sin responder, se colocó tembloroso en sus metálicas compañeras y miré por encima de su cabeza a su amigo “Él anda así, ¿no?” “Sí”.

  Empezó a dar pasos lentos y difícilmente clasificables como firmes, pero desde luego dentro de los que él estaba acostumbrado a dar y, tras él, su amigo, ya con ambas manos en los bolsillos. Por delante, iba repitiendo “lo siento”. Por detrás iba repitiendo “¿quieres parar ya?”

 

  No pude evitar emocionarme un poco al reconocer amistad. No sé si eterna, pero intensa y con un sabor tan potente que quema las papilas gustativas.

 

Miguel Ángel. 09/05/2025, Sevilla



jueves, 3 de julio de 2025

Relatos en mute

-Te voy a decir una cosa. No te ofendas, ¿vale?

-Claro – respondí con una sonrisa que compartía significado entre un jugueteo divertido entre mis dedos y su brazo, cubiertos de sudor, y algo de inseguridad conquistando brevemente un espacio en los recovecos que esconde mi frente.

-Yo pensaba que te gustaban los hombres.

 

 

 

  Mi padre nunca vio Ugly Americans. Casi nadie que conozca lo ha hecho o la recuerda. No lo necesitó para plasmar medio consejo del zombie compañero de piso del protagonista: “Nunca tomes decisiones con una erección.” Por motivos que se me antojan evidentes, mi padre nunca llegó a terminar el consejo con un “ni con un chupito de tequila en el cuerpo.”

  Repasando el consejo, decidí meter la bala en la recámara, darle una vuelta, posicionar el cañón en la sien y apretar el gatillo.

 

 

 

  Normalmente buceo a estas profundidades con un buen radar, que a veces se dispara y me marca el camino a los tesoros que yo más busco cuando me enfundo en neopreno. Normalmente. Por suerte, hoy que falló el escáner, tuve el tacto agraciado y, acariciando las rocas correctas, llegué a notar el oro entre mis muelas. Porque si uno no lo muerde, ¿cómo sabe que es de buenos kilates?

  En algún momento se volvió a encender, cuando estaba a más profundidad, y desenterré un galeón olvidado. Me gustó tener a mi compañero en el oído señalándome la ruta y sentí con desolación su desaparición posterior, en la inmensidad de la oscuridad de la noche bajo el mar, sin luz roja, sin luz azul, sin luz. Mis manos y yo. La respiración agitada de vez en cuando. Ni una vez se mentó a Dios.

  El cielo está cerrado a estas horas y el infierno demasiado lleno para entrar sin zapatillas. Nos conformamos con un rinconcito en el purgatorio.

 

 

 

  Llevo un tiempo recorriendo aceras sin sentido, colgando carteles con fotos de antiguos resultados, sin mucho éxito. Para no perder la ilusión, dejé un anuncio en el periódico y mucha gente llamó, pero nadie supo darme el paradero definitivo. 

  Se busca orgasmo color ojos en blanco, sabor saliva y sudor y texturas como de convulsión agitada y severa. Se precisa que suene a desvanecimiento con tonos de hiperventilación y quejido flamenco. Razón: aquí.

 

Miguel Ángel. 25/05/2025, Sevilla