“Tanto empieza que no hay nada escrito aquí. Engañabobos de tres al cuarto.”
Resulta que yo empiezo muchas
historias y sólo un cuarto han acabado publicadas siempre. Casi ninguna me
merece la pena. A veces ni las que aparecen. La mayor parte. A veces me dejo
alguna anotación porque el título me parece que tiene chicha y de ahí saldrá
algo.
Hace unas semanas empecé esta. Todo
empieza con la respiración. Después de un par de horas de ir, venir,
escribir, borrar…me dejé el mensaje que arriba ves. He resucitado este papel
sin saber qué ponía en la lápida y, al quitarle el polvo me he encontrado un
mensaje del pasado que ha permitido esto:
El folio en blanco es un tremendo
hijo de puta. Lo mismo esconde una ópera magna que una hora perdida aporreando
teclas forzadas. Y luego llega un retroceso criminal que, sostenido, barre el
tiempo como si nunca hubiese existido, como si nunca se hubiese dicho nada.
Punto de partida. Ni siquiera un punto. Una barra parpadea.
Contar historias es un ejercicio
que disfrutamos todos los cuentacuentos, los poetas y los mentirosos, sea cual
sea el grupo que me acoja a mi estos días. Sin embargo, cuando la anécdota está
cerrada como un candado, cuando aún está por vivir, o por doler, o por lo que
la haga aflorar del papel, es cuando menos me gustan mis letras.
“Saldré un día de estos”, supongo
que me dicen con voz ahogada un par de sirenas tras la roca que las esconde. Y
yo buscándolas sin atarme al palo mayor. Luego querré no embestir un peñón y
despeñarme yo allí entre tablones, escamas, rizos y un tesoro escondido que,
una vez descubierto, brilla inmisericorde en la cabeza hasta que se derrite
sobre un papel.
Para mí una historia arrolla y se
desarrolla en el transcurso de aplastar los huesecitos que me tapan las sienes
o albergan mi pecho. Para otros una historia está en un tranvía. Yo rara vez me
muero en un tranvía. A veces he compartido una mirada que mata. A lo mejor
tendría que montarme más en tranvías. Será que no tengo un destino al que
dirigirme que acabo siempre montado en la moto a ver si el aire me dirige. Al
tranvía se entra con un propósito. Yo no tengo muchos.
Se ha hecho tarde. No lo sé por
la luz de fuera. La pantalla de mi ordenador se ha puesto amarillenta para que
no me sangren los ojos de buscar en el fondo de un folio lo que no tengo en las
entrañas. Por hoy valdrá el miedo. Inspiro, entra aire, espiro, sale miedo a
dejar esto en blanco. Al final sí que sí, ¡todo empezaba con la respiración!
Miguel Ángel.
17/07/2023, Sevilla
