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jueves, 24 de abril de 2025

Cristina es, verdaderamente, especial

  Tenía pensado subir un texto que escribí hace mucho y que, con mimo, había preparado en trozos para deglutir con tranquilidad, pero casi me da un infarto esta tarde y empezó a temblarme todo, desde las uñas de los pies hasta la neurona más apical que podáis encontrar en mi cabeza.

  De normal, hubiese escrito sobre las emociones que me arrollaban como un tsunami, si ahora mismo dispusiese de ellas. Verdaderamente. Se da la curiosa circunstancia de que Cristina estaba ahí para sacarme a bailar. Que de primeras me negué, pero al rato le dije “oye, sí, ponme algo de música”.

 

 

  Hace meses, Cris me pidió que hiciese una tarea que le habían solicitado. Unas cosas llevaron a otras y me vi incapaz o no pude encontrar la forma correcta. Lo pensé muchas veces y quise hacerlo, pero ya sabéis cómo es la vida cuando se empeña en darte razones para hacer o no hacer algo y lo buenos que podemos ser buscando excusas. Yo soy un campeón.

  Considero que hoy es un buen día para cumplir el propósito propuesto y, por ello, me dedico a ello. Quizás no es el formato, ni el lugar que solicitó, pero sólo hay una forma de averiguar si le va a gustar:

 

  Les comento cómo es Kris, para que la puedan localizar por la calle si con ella se encuentran. Que le puedan pedir autógrafos y fotografías. Ella es preciosa, provocativa, pelicamaleónica y estilosa. Tiene un sentido del asco desarrollado a su máxima potencia y una forma de expresar su verdad que, a veces, roza lo borde. Otras veces, simplemente lo atraviesa como un pincho moruno.

  Krys es el tipo de persona que lucha pacientemente con sus complejos e inseguridades. Que los localiza como un francotirador y tira a matar con balines de plástico. Y golpe a golpe, ceden hasta que le crecen nuevas flores de donde toque. A veces de las clavículas y, otras, de las axilas.

  Kryys es divertida a más no poder, al igual que ansiosa. Tiene una mirada que mata y otra que resucita y las emplea a discreción. Está siempre que la necesito y siempre he sentido que está, aunque no haya hablado con ella en cinco años. Me gusta pensar que el sentimiento es mutuo.

  Kryysh es perseverante, única, irreverente, dulce, ácida, salada y especiada. Es carismática, divina, selectiva (no como yo), sensual y cariñosa.

 

 

  No intenten poner a Cristina en su vida. Cristina es especial para mí, como para ustedes puedan ser Romualdo, Abelarda o Constantina. Cristina es, verdaderamente, especial, para mí, porque reconozco en ella a la persona que quiero tener cerca para reírme, para llorar, para abrazar, para contar y para escuchar. Nos hemos domado con las décadas y nos reconocemos como un espejo. Nos llamamos amigos y nos queremos como somos. Si nos conociésemos ahora mismo por la calle es posible que nos despidiésemos sin desear volver a vernos. Es la persona con la que quiero discutir sobre cómo morir y, sobre todo, sobre cómo vivir. Verdaderamente.

 

Miguel Ángel. 24/04/25, Sevilla




jueves, 17 de abril de 2025

El gusano Braulio

  A Braulio no le gusta hablar de sí. Prefiere ver una serie o intentar levantarse de la cama dentro de cinco minutos.

  Descansa todo el rato y siempre tiene sueño. Siempre está cansado.

  La música no le apasiona y no le va la vida en bailar.

  Las buenas noticias le hacen bostezar y las malas se las sube a la chepa.

 

  Braulio y yo hemos hablado algunas veces. A veces de la madurez, del desamor… Cuando viene a casa, siempre se queda una temporada. Yo le doy manzanas y nueces y él se las come agradecido. Hay que alimentarlo, porque les aconsejo que no pierdan el tiempo esperando que él les cocine.

  Es un gusano extraño y algo desagradable. No sé por qué le sigo invitando a casa. Supongo que es por la cantidad de colores que me enseña para que los vea, pero sigo pensando que no me compensa porque no me apetece pintarlos.

 

  Ser amigo de Braulio es algo humano. A todos nos pasa de vez en cuando.

  Por eso, me van a permitir que le atienda como es debido hasta que se vaya.

 

Miguel Ángel. 01/04/25, Sevilla

 



jueves, 10 de abril de 2025

Algo sorprendentemente aburrido que aprendí a querer

  Son las tres de una tarde cualquiera entre semana y yo tengo un gorro puesto que les corta la circulación a mis orejas. Hay pitidos de máquinas que no voy a tocar y abro tantos paquetes de plástico que siento que yo solo soy responsable de la contaminación de todos los mares del planeta, una tarde cualquiera.

  No es un odio visceral, ni siquiera uno residual, como el zumbido de un mosquito que acecha en la oscuridad, es más un disgusto en general, como notar una astilla clavada en un dedo y no poder parar a quitarte el calcetín; algo que notas paso a paso, pero que desaparece si te paras a oler una flor.

 

  En los quirófanos no hay flores, y eso creo que los hace un poco más tristes, pero considero que he hablado largo y tendido sobre la fuerza que tiene la naturaleza para crecer hasta en medio del alquitrán. La clave no está en plantar almendros, sino en maravillarse con la vida que albergan las aceras. Estos cubículos no iban a ser distintos, por mucha lejía que empleásemos en quitar las manchas de sangre que el suelo acoge sin rechistar.

 

  Les vengo a hablar de mi propia sorpresa. Esperaba que acabara este contrato para dedicarme a las ruinas que forman ahora mismo mi vida, que cedían cada vez que perdía medio día allí, y cuando me llamaron para darme la fatal patada sentí despecho. ¿Y yo no voy a ver más sus sonrisas ocultas tras mascarillas, insinuadas en sus ojos?

  ¿Qué va a ser de mí ahora que me van a faltar las personas con las que he compartido más ratos que con mi familia? Olvidé la vida que tenía antes de conocerlas para echar de menos el ratito que nos acompañamos.

 

  Me quejé durante un rato y sentí la frustración acelerarme el pulso. Me dejaron quedarme un día más porque ya estaba vestido y llegué a mi destino más bien cabizbajo. Comenté el pronóstico letal que me esperaba y cogí aire para recordarle a mis pulmones que se deben a mí y no al estrés, que puede esperar. Una buena compañera me dijo “¡pues hoy no te mates!” y su comentario me supo a desafío. Agarré una mascarilla, me tapé la mueca rota que tenía por boca y sonreí todo lo que pude. Me puse un peto lisérgico que tengo localizado para parar la radiación y lo hice lo mejor que pude.

  Después de felicitar debidamente a otra compañera me pude sentar con el resto, que se desgranaban ojipláticas en insultos al sistema y yo sonreí feliz de escucharlas sabiendo que sus voces tenían fecha de caducidad en mis sobremesas y podía disfrutarlas de nuevo. El último sorbo a una copa de vino. El último beso antes de subir al tren. La última gota antes de que salga el sol. ¡Al final sí que había flores en los quirófanos! ¡Y qué bien me huelen!

 

Miguel Ángel. 10/04/25, Sevilla



jueves, 3 de abril de 2025

Cleo

  Juanmita mueve sus ciento veinte kilos de peso con la gracia de una abeja adicta al polen. Es dependiente de una tienda de disfraces desde hace ya casi treinta años por una de esas carambolas del destino, y es que su padre lo fue, y su abuelo tenía ahí una tienducha, y, así las cosas, de un castigo le surgió la profesión.

  No sabe si le hubiese gustado ser astronauta, cocinero o baluarte de una religión perdida, aunque de vez en cuando ha fantaseado con dejar de ser autónomo o no tener que lidiar de cara al público.

 

  A esto que le entra una clienta y obstruye su paseo el repicar del colgador que tiene tras la puerta, redirigiéndose al mostrador.

 

  • -            Buenas tardes.
  • -            Muy buenas.
  • -            ¿En qué puedo ayudarla?
  • -          Mire usted, vine hace unas semanas para comprarle este disfraz y lo usé el viernes pasado y me picaba muchísimo la cabeza.
  • -            Lo siento mucho.
  • -            Quiero mi dinero.
  • -            Oh, lo siento mucho, no aceptamos devolución una vez usados. Es por higiene.
  • -            Lo siento mucho yo porque esta peluca es una mierda y usted me va a devolver el dinero.
  • -       Me encantaría poder ayudarla y entiendo perfectamente que no haya quedado completamente conforme, pero no puedo devolverle el dinero una vez usado.

 

  Hay gente muy energúmena, pensó, mientras volaba la peluca directa hacia él. Esquivó con la agilidad de una abeja adicta al polen y escuchó con entereza las hirientes palabras que la mujer escupía a su agresiva salida de la tienda.

  Si bien no se pudo llevar el dinero de vuelta, había ejercido su derecho a la pataleta. A saber de qué venía la pobre para estar tan así, ¿verdad? Juanmita era muy comprensivo y supo que su problema no era la peluca, ni el picor. Que el dolor lo llevaba dentro y le apretaba, y contra eso poco se puede hacer. La frustración es mala compañera del dolor. Se agachó con la diligencia de una abeja adicta al polen y recogió el amasijo de pelo. Lo sacudió un poco y lo dejó cerca, a modo de expositor, que era algo que él hacía mucho con las cosas que sobraban.

 

  A veces, las palabras se acaban y le duran a uno en el alma. Como que tienen un trazo alargado que las persigue, algo así como la estela que deja un barco en el agua, que sigue generando olitas a los lados algo después de haber pasado, o la de los aviones en el aire, que hay quien cree que son chemtrails: nubes de químicos que se usan para controlarnos. A Juanmita no le controla nadie, él es libre como una abeja adicta al polen y no hay quien dirija su timón, pero tiene el corazón que le parece plastilina, y los dedos que lo tocan dejan sus huellas dactilares y el polvo que traigan sus uñas.

  Barriendo aquello un poco le empezó a llover y supo que poquita gente iba a pasarle ahora por fuera del expositor a quedar prendado de atuendos coloridos o cajas para hacer magia. La ilusión se perdió hace tiempo, cuando las tiendas de internet empezaron a hacerle la competencia, y dejó de poder competir con una máquina elefantiásica sin cara de hogaza ni corazón de plastilina. No esperaba que volviesen los “buenos tiempos”, si acaso deseaba tirar de su plan de pensiones e irse con su mujer a ver Egipto, que siempre quiso él mirar las pirámides de frente y decirles “aquí estoy yo”.

  Sus dos hijas, Lucía, con su novio Mario, y Alejandra, que ya iba a acabar el instituto, le habían dado las alegrías que él nunca esperó y que supo aceptar, y en ellas se refugiaba cuando pensaba que la vida iba mal. El mundo puede irse a la mierda si ellas son felices. A mí me puede faltar mi tan preciado pan si a ellas se le caen las lágrimas de alegría. A mí me pueden quedar grandes los pantalones si a ellas no les cabe el corazón en el pecho. El mundo está bien si ellas están bien.

  Había construido una familia feliz. No sólo él, todas habían trabajado mucho para serlo, y eso le colmaba de bienestar. Su padre siempre le dijo que era un maricón y que no iba a hacer nada recto en la vida. Ahí te pudras, papá.

  Estas cosas le fastidiaban porque sentía un profundo lío cuando pensaba en papá, como esta misma tarde. La misma persona que le hizo tanto daño estaba anclada en su memoria cogiéndole en hombros, enseñándole a coser o abrazándolo en un recuerdo de color sepia. Era un misterio para él cómo había llegado, con el tiempo, a convivir con un recuerdo tan ambivalente y que generaba a la vez la calidez de un hogar y el frío inhóspito de la jungla por la noche, eternamente observado por criaturas dispuestas a despedazar tu gran barriga para ver si dentro hay caramelos.

 

  Mamá siempre le pidió que fuese feliz y por las noches hablaba con su papá para que no fuera tan duro con él. Sólo así le saldrá el carácter. Así te lo vas a cargar. Juanmita no sabía cuánto lloraba su padre esperando hacerlo bien y eso no hubiese cambiado lo que le dolieron los grititos que le entonaba con la mejor de las intenciones. Que el mundo había sido cruento con Juanma padre, y esperó que su hijo se hiciese unos zapatos con los cocodrilos que casi se lo zampan a él.

 

  Son las siete y media de la tarde y fuera no para de llover. Un relámpago ilumina tres o cuatro espejos que están alineados de casualidad, y él se siente dentro de Keops. Juanmita nunca ha estado en Egipto, ¿sabes? Pero sabe que acaba de vivir lo mismo que Nefertari una noche de tormenta. O lo cree, porque aparentemente Nefertari, la esposa de Ramsés II, nunca estuvo en Keops (o Jufu), pero no me quiero poner a discutir ahora con Juanmita.

  Pone el cartel de cerrado y apaga las luces tras cerrar la puerta. Coge la peluca y va al probador. Tras desvestirse y esconder su pene entre las piernas, con la peluca puesta, se siente Cleopatra con la divinidad de una abeja adicta al polen y sueña que le preparan un baño de leche de cabra, ignorando que ella usaba leche de burra, pero no me quiero poner a discutir ahora con Juanmita. Ahora que está tan tranquilo en su intimidad, le voy a dejar ahí que haga lo que quiera, sin nuestro ojo cotilla.

 

  A lo lejos, las nubes corretean por el cielo rugiendo y lloviendo el mismo agua que, en su momento, le golpeó a Nefertari y a Cleopatra en los pómulos. El mismo que les borró las lágrimas, como al replicante de Blade Runner. Y es que Juanmita quizás hubiese triunfado en Hollywood, pero le castigaron en una tienda de disfraces, no en un camerino, y unas cosas llevan a otras. Unos ríos llegan a unos mares. Unas abejas llegan a unas flores. Algunas, con la fiereza de una abeja adicta al polen.

 

 

Miguel Ángel. 5/3/25, Sevilla