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jueves, 25 de diciembre de 2025

Caronte

  Me paso el día remando.

  De lado a lado de esta laguna, que por nombre tiene Estigia.

 

  Almas que en pena vagan, a mi barco suben. En mi barco comen, ríen, beben, follan, duermen, juegan, se abren, lloran…en mi barco viven. Los soles se cambian por lunas y estrellas. Se vuelven a cambiar, y ahí siguen las almas. Esta última vez subió una rubia.

  En las primeras remadas, escuece un recuerdo profundo. Escuecen todas las paladas del viaje previo, casi siempre. A la vez, son dolores dulces. Me alegra que al otro lado hayan llegado.

  Un día, sale el mismo sol de siempre, pero este sol es distinto, y el aire es cálido cuando están encima a partir de ese sol. Se siente vivo en la cara y el cuerpo. Da ganas de sonreír. Se sonríe más cuando se lleva pasaje. De noche comíamos sushi y nos deshacíamos. Jugamos a muchas cosas. Se picaba al perder. Era muy graciosa. Hablábamos de todo. Le cambiaba el acento cuando hablaba con las almas de sus familiares.

 

  Para cuando llegamos a la mitad del camino, las almas ya no son las que entraron. Evolucionan de maneras impredecibles. Anda con seguridad sobre ese culo y piensa con menos tinieblas. Su mundo ya no está acotado.

 

  Entonces, la realidad.

  Ya es el fin. No me acostumbro. No sé predecir cuándo llegaremos. Lo que yo pienso que es la mitad, a veces, es el fin.

  Algunas almas saben que el viaje tiene fin. Son almas sabias. Más sabias que yo, que no paro de hacerlo.

 

  La barca se revuelve cuando sale. Su peso deja de arrastrarla un poco al fondo. Poco después, la barca vuelve a revolverse. Siguiente viaje. Muevo los brazos para empezar.

  A medida que el remo entra en el agua pienso lo mismo durante varios días:

  Primero, volverá.

  Después, odio estos remos. Odio remar.

  Más tarde, cuando vuelva del siguiente viaje puede que me espere en el puerto.

  Luego, los remos pesan demasiado. No quiero remar. Quiero tumbarme. Respirar molesta.

  Un día, fue bonito tenerla en la barca. Me alegra haberla visto crecer. Hoy el sol es el mismo. Y sin embargo es diferente.

 

Miguel Ángel. 12/11/25, Sevilla



jueves, 18 de diciembre de 2025

De cómo acabé en prisión (3/3)

Comienzo a pensar en qué podría hacer si diese positivo; no vivo demasiado lejos, podría coger un taxi o incluso ir andando. En menos de una hora seguro que estoy ya en casa. Recuerdo que, por pereza, no he cambiado la pegatina de la ITV que llevo detrás y está desactualizada. El letrero evoluciona y reza ahora “Y DROGAS”. Es en ese momento cuando sé que estoy verdaderamente jodido y aparecen los nervios.

  Un guardia civil me indica que aloje la moto en el arcén y así lo hago. Me informa: lo hace para que me quite el casco. Se lo agradezco. Me ofrece un pitorro a insertar en una máquina. Lo introduzco. “¿Ha bebido usted?” “Una copa” “¿Ha tomado drogas?” “No” “¿Seguro?” con rintintín. Me encojo de hombros; ya le he mentido una vez y no me apetece seguir con esta farsa, prefiero que él asuma qué es verdad. Sinceramente, el alcohol me ha arrebatado cualquier rastro de lucidez que me pudiese quedar tras madrugar en la playa casi sin dormir y estar allí, después de jugar al ajedrez varias horas, a las tres de la mañana, después de hablar de literatura, de política, de relaciones, de la vida…es demasiado, señor agente. Soplo ininterrumpidamente, pero la máquina chiva que no lo he hecho bien. Recuerdo al de Pim Pam Toma Lacasitos. Me dice que lo vuelva a intentar. Soplo ininterrumpidamente. Esta vez sí. Nadie celebra lo imposible de mi hazaña. “¿Cuántos años tiene de carné?” “No sé (es que van a pillar) diez o doce” Le doy la identificación y la mira a la luz de la moto. Me escanea de arriba abajo tras leer el resultado del alcoholímetro. “Lleva usted calzado inadecuado, podría perder dedos.” Nadie se da cuenta de lo estúpido que es decir eso si no llevas protección adecuada en el resto del cuerpo. Perder dedos de los pies se me antoja una preocupación estúpida si raspas todo tu cuerpo a sesenta por hora a lo largo de cien o doscientos metros contra asfalto a cuarenta grados. Un zapato cerrado sólo hará que se me quede más plástico pegado a lo que me sobre de dermis.  “Ya, lo sé, trabajo en quirófano y he visto lo que pasa” intento usar la carta del chico estudiado para que no piense que mis prendas hippies y mi riñonera de cuero llevan inevitablemente a consumo habitual de marihuana, que da resultados positivos hasta una semana después de haber consumido por última vez (o más). Yo llevo menos de veinticuatro horas. “Ha dado usted 0’11” mi cara no sabe cómo responder a este hecho. “¿Y eso qué significa?” “Puede usted circular, por favor, no beba si va a conducir” “Muchas gracias. Yo no suelo beber” “Claro.” ¿Qué sentido tiene intentar convencerlo de la verdad?

 

  Cojo mi moto y me despido. Por hoy, me he salvado de una multa de mil euros. El mismo día que decido beber. Me voy a fumar uno a su salud.

 

Miguel Ángel. 14/07/2025, Sevilla


jueves, 11 de diciembre de 2025

De cómo acabé en prisión (2/3)

  Llegados allí uno de los invitados pregunta al camarero si tienen tónica de una marca, llamémosla, Suepés. Responde el joven que sí. Pedimos dos gintonics con limón, un ron cola con naranja y yo pido un Joaquín Daniel de miel cortito con cola, que un día es un día y no siempre voy a ir bebiendo tés fríos. Vuelve algo después con una bandeja que no podía manejar con soltura. Sobre ella, reposan dos tónicas, que llamaremos Brissa. El invitado que preguntó señala y menciona que quería Suepés. El camarero responde que es lo que hay, mientras procede a echar la ginebra en una gran copa. El líquido va cayendo y, tácitamente, decidimos no increpar a un joven que puede estar estrenando su cotización. Comienza a echar la ginebra en la segunda copa, que tiene una rodaja de naranja. Se le menciona y dice “bueno, da igual”. Cambiamos nosotros las rodajas mientras me informa que no tienen de miel. Cambio la comanda a un Joaquín Daniel con cola, cortito. Al poco, vuelve, con su bandeja, la botella, la copa y la cola. Comienza a echar el alcohol dentro de ella mientras me enzarzo en un debate sobre literatura y cuando me quiero dar cuenta la copa está a rebosar de elixir. Me río y le digo “quería cortito, tengo ahí la moto” “Bueno, da igual” “Es cierto”. Decido no tirar nada y proceder a pagarle para luego beberme toda la copa igualmente.

 

  Al rato, los hielos tocan el fondo del cristal, el ambiente es más melancólico y las casas de cada uno están lejos, así que nos abrazamos y despedimos. Ha sido un verdadero placer. Cojo mi moto habiendo dado los últimos tres tragos hace, aproximadamente, treinta segundos. Me noto ligeramente tocado; los dedos de los pies sienten algo menos la gravedad, mi cara tiene un ligero acolchamiento, mi aliento es dulzón y mi mirada atraviesa cristales sin que estén ahí, como si alguien hubiese puesto una lente extraña en mi cornea que no molesta, pero adultera el mundo. El viento es distinto y todo me parece bien. Es en ese momento cuando me planteo si quiero ir por el camino rápido o el lento. Arranco la moto sin haberlo decidido y la música se va reproduciendo mientras reflexiono sobre qué debería hacer de cara a ahorrarme posibles controles, que es algo que todos los ciudadanos de bien hacen cuando beben y yo, que soy un borracho amateur en esta secuencia de mi vida, tengo que ejercitar.

  Decido ir por el camino rápido porque llevo varios años sin tener que verme obligado a someterme a un test de drogas o alcoholemia, por lo que cuando giro un córner, sin más salida ya, y en la chapa del coche de delante se refleja una luz azul me avergüenza desear que sea una ambulancia y el karma me entrega un control policial. Sobre el coche, un letrero reza “CONTROL ALCOHOLEMIA”.


(Continuará)



jueves, 4 de diciembre de 2025

De cómo acabé en prisión (1/3)

—¿Calatón?

—Sí— respondí señalando la parte exterior de un librillo— es como estos papeles, pero en lugar de papeles, tiene cartón, como esto, mire.

—¿Pala qué quieles calatón? — y se ríe.

—No importa. Es un euro, ¿verdad?

—Un eulo, sí.

 

  Suena una canción que impacta en alguna parte de mi cuerpo a través de los oídos y repaso con mis dedos el tacto exterior del librillo. Lo suave y terso de su exterior me hace recordar una conversación que tuve hace poco sobre una corriente filosófica nacida en Corea del Sur y las personas tienen las caras idas. Son caras alegres, tristes, ocupadas u ociosas, pero todas idas. Unos chicos toman refrescos sentados en un poyete. A su edad yo compartía una litro en bancos que han cedido su espacio a las obras de un metro que promete estar aquí en un periodo no inferior a años por venir. Temo, en algún momento, olvidar la orografía previa y asumir que los socavones siempre estuvieron ahí, donde mi adolescencia transcurrió, borrada, como tantos otros posibles rastros de por dónde pasé o los sitios que pasaron por mí. Algún día se terminará el chiste y mi mismo cuerpo se convertirá en cenizas en las que un gusano guasón, goloso y gelatinoso se refriegue sin pudor.

  Cierro los ojos mientras el sol me relame los párpados por fuera pintándome el interior de la piel que recubre mis ojos de tonos cobre y los abro estando en la playa. Mi amiga se bebe una cerveza caliente y decido ayudarla porque tiene la insana pretensión de bebérselas todas. No suelo tomar alcohol, así que esto se puede considerar un sacrificio.

  Empieza a ser tarde y tengo un compromiso, así que recogemos, terminando de beberlas, y nos montamos en la furgoneta. Una lista de música nos acompaña y mi amiga termina el porro que empezamos ayer y se duerme, así que le digo adiós a la cola de reproducción e inicio una introspección a fuerza de house. Ella luce pacífica y relajada, con restos de pizza en su fantástico vestido. Desarrollo una leve envidia porque me siento cansado, pero esta noche tengo un compromiso.

 

  El reloj no me respeta y acabo llegando justo a una nave en un barrio de la periferia de Sevilla. Como es sábado por la noche sólo estamos ahí unos cuantos desadaptados y algunos coleguitas dispuestos a competir al ajedrez sin que haya premios monetarios que lo justifiquen. Ni las personas que han venido conmigo ni yo pensamos ganar, sólo jugar y vernos las caras, así que cuando no perdemos todas las partidas sentimos cierta euforia. Comentamos las jugadas y los razonamientos y nos reímos.

  Son la 1 de la mañana ya y tenemos muchas cosas de las que hablar que no incluyen tableros, así que decidimos seguir la reunión en un pub cercano.


(Continuará)