Encontré una cucaracha muerta en mi balcón cuando recogía mis bártulos para ir a trabajar. “Ni se te ocurra moverte”, le dije casi sin mirarla.
Algunas horas después, ya sin luz solar, con el ambiente
bucólico de una noche cualquiera en la isla y con la iluminación lejana clásica
de bares y discotecas, me encendí uno junto a su carcasa inmóvil, contándole mi
día. “Gracias por no moverte”, comencé agradecido. “Ha sido un día normal”,
exhalé por primera vez. Le pregunté por su día y asimilé su silencio como una
respuesta sin demasiados vértices. “Para ti es fácil quejarte, has estado al
sol todo el día. Tu mayor problema ha sido no quemarte. Casi puedo imaginar lo
maaaaal que lo has tenido que pasar”.
Entre un par de chistes malos que reflejasen cómo
compartíamos soledad por unos minutos y unas pocas confesiones que iban al
aire, pero aprovechaban su presencia, decidí terminar el canuto y explicarle mi
proceder a partir de ese instante.
Me armé de escoba y recogedor y le comenté, casi sin mirarla
“no te lo tomes a mal, hemos pasado un buen rato y hemos compartido más de lo
que cabía esperar de esta relación inter-especie, pero no me siento fuerte para
tocarte. Las de tu calaña siempre me habéis dado asco, en un sentido higiénico
del término”.
Su cuerpo inmóvil se agarró a la escoba, dándome a entender
que lo que venía no sería fácil, mas hice caso omiso a las señales y la
zarandeé sobre el recogedor.
Al cuarto intento fui capaz de calcular el ángulo con el que
se desprendería del matojo de pelusas para evitar que cayese fuera del
recogedor por quinta vez. No pude evitar compartir con ella mi emoción por la
proeza conseguida y, sin tiempo para más celebraciones, le dije adiós mientras
alzaba el recogedor sobre el balcón del noveno piso. Este, lleno de melancolía
y reproche, chocó con la barandilla, dio un giro de noventa grados al no poder
avanzar, se desenroscó del palo y cayó por fuera de mi piso, no sin antes
soltar a mi nueva amiga dentro de las fronteras territoriales de mi terraza, de
nuevo y por quinta vez, fuera de su campo de recogido, reposando sobre mi
suelo.
Miré a mi compañera en silencio, como esperando que ella se
diese cuenta de que su existencia se había vuelto un incordio para la mía. El
estruendo del choque no fue muy fuerte pero me alivió notar que no golpeaba a
nadie y pude analizar entre risas que lanzar la mierda de la vida de uno por
la ventana puede tener este tipo de desenlace.
Al bajar, saludé al recepcionista cubano y, educadamente, no
preguntó al volverme a ver entrando en el vestíbulo con el recogedor.
Finalmente, la tiré y, al margen de saber que acababa de
realizar una guarrería por la que mi madre me hubiese dado un caponazo…creo que
puedes intuirlo: Me volví a sentir solo.
¿Será que no encuentro diferencia, hoy en día, entre la
compañía de alguien vivo y su móvil y una cucaracha muerta?
Miguel Ángel. 16/06/2018,
Santa cruz de Tenerife
