Se abre el telón y
aparece una persona. Toda de colores. Las únicas palabras que conoce en
castellano son “chica loca bisexual” y las usa de vez en cuando con cierta
soltura.
“Me gusta como
besas. Tiene pinta de que me va a gustar que me comas el coño.” Algo después,
la zona más roja de Berlín tenía una valoración sobre mis habilidades.
El rosa de su boca
no escondía lo plateado que colgaba de su nariz y fue una pena no poder
disfrutar más del amarillo de su abrigo por el gris del cielo que nos encajó en
mi blanca habitación, pero es lo que tiene cuando te enrollas con un arcoíris
con el pelo azul, que separarte de sus ojos verdes o del añil del pulpo que
esconde sus pantalones te deja con un negro en el pecho que cuesta iluminar sin
usar luz cenital. El peor tipo cuando es artificial.
Me sentenció a ser
“novio durante diez días”, por lo que un androide se descojonó. A mí me recordó
a una condena similar que tuve durante un trimestre.
Cuando un juez dicta
semejante pena, uno no puede más que asumir su destino y vivir su castigo
exprimiendo cada raya que se pinta en la pared esperando el día en que te echen
a la fría calle a vivir una vida a la que ya no estás acostumbrado.
Como trajo el
invierno desde su norte, tuvimos que refugiarnos en la primavera que esconden
las sábanas y me dejó con el otoño floreciendo en mis ojos la última noche,
como un cambio de estación.
Sé que la volveré a
ver porque cuando nos despedimos tuve que esperar un poco a volver a la casa y
encontrarme con el desastre que era recordarla por las esquinas, así que entré
en un bar a desayunar y me cobraron tres euros sesenta. Llevo mucho tiempo
escribiendo, así que he aprendido un par de cosas sobre escribir, como a
reconocer una historia cuando me la pone dura o a que no acaban hasta que se
cierran los círculos. Por ejemplo, a este año le faltan un verano y cinco
céntimos, es decir, una segunda parte.
Miguel Ángel. 29/12/25,
Sevilla