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jueves, 30 de abril de 2026

Arte especial (3/5)

  Por fin, la pasarela completó aforo y me sentó al lado a un señor que olía a meses de calle, pero andaba con porte y se comportaba como si todo el mundo le debiese algo. Amenazó a varios con prender sus casas en fuego “porque eso es lo que hacemos los legionarios.” Después especificó qué le hará a dos que intentaron ocupar su casa, porque al tercero ya lo mandó al hospital. Yo seguí comiendo mi tostada mientras este pobre juguete roto de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado le imploraba a alguna diosa que le devolviese la autoridad que, algún día, tuvo. Bien en el mundo real o en su imaginación. No le pedí la placa, así que no sé.

 

  Para cuando terminé mi descafeinado, todos estaban bebiendo anís menos yo. La mesa de los cortados se había marchado. Habían intentado pagar, pero el camarero insistió. Me inspiró ternura. La pasión de un trabajo bien hecho es algo que me impresiona casi siempre. Me levanté de la silla con bastantes ganas de perder de vista el hedor que emanaba del soldado herido, y el peso de la mochila y la chaqueta fueron a tumbarla. En mitad del aire la cogí con una mano mientras en la otra llevaba la vajilla que había usado y nos miramos el veterano y yo.

 

  “Reflejos.” Me limité a decir con una sonrisa. No sé qué idioma habla él, porque entendió “hablemos largo y tendido.” En algún momento reconoció en mí a algún tipo de pendejo específico, porque me dijo “Tú haces artes marciales, se te nota.” “Nunca he sido bueno en ningún arte.” Me limité a responder con una sonrisa que invitó a todo el bar a querer ser mi amigo.

(Continuará)


jueves, 23 de abril de 2026

Arte especial (2/5)

  Entré en aquel garito y vi a un señor a dos chutes de heroína de ser una historia que se cuenta en la acera, haciendo una chapuza en la pared. Mientras tanto, el camarero (y, presumiblemente, dueño) atendía a la gente en barra. La única mesa de cuatro personas ocupada lanzó a una de sus mujeres a reclamar, sonriente, un cortado. El camarero le dijo “sólo pidieron uno.” “No, dos.”

  Esperé mi turno en aquella encimera de madera pegajosa hasta que el señor me miró a los ojos con la sonrisa de quien invita a alguien a comer sopa mientras su casa arde justo detrás. “Buenos días. Una tostada con jamón y café de máquina con leche…¿la tienen sin lactosa?” “Por supuesto, claro…” “Pues eso. Muchas gracias.” Me sonrió de nuevo y se puso a ello.

 

  El desfile de aventajados en experiencias callejeras continuó circulando y llegó a su cénit cuando empecé a morder la tostada. El albañil, que no lo era tanto de acuerdo con sus propias palabras, no paraba de pedirle a sus amigos (unos ocho se fueron agrupando por aquellas mesas) que le ayudasen. Todos se rieron de él. Él les devolvió los ataques. Todos se reían. A nadie le importaba nada. Ni las marcas de barro por el suelo de todo el local, ni que le faltasen dientes y, creo, algunos músculos importantes, al obrero.

 

  En estas, el camarero se asoma por encima de la barra y grita a la mesa de los cortados que siente la atención que les ha proporcionado y que les invita a todo. No sé qué coño pasó antes de que llegase, pero este hombre tiene un sentido de la responsabilidad que choca en mi cabeza con regar de alcohol a todos estos feligreses día tras día. Sé que están siempre ahí porque he pasado varias veces y les reconocí antes de empezar a escucharles hablar.

(Continuará)


 

jueves, 16 de abril de 2026

Arte especial (1/5)

  Recientemente, una amiga se ha quedado en casa unos días. Debido a este evento, mi rutina de sueño ha sufrido considerables variaciones.

  Sin ir más lejos, ayer me levanté antes de las seis de la mañana para coger el coche una hora para ir a ver pájaros. Intenté dormir algo por la tarde, pero mi loco cuerpo consiguió, con suerte, dormir una media hora, lo que se tradujo en sufrimiento cuando entré a las diez de la noche a trabajar.

  Mi amiga se quedó las llaves, por si había una emergencia, y me prometió estar despierta antes de que llegase, sobre las ocho de la mañana. Sin embargo, yo sospechaba que no sería posible porque le asaltó un ataque de ansiedad y se tomó un clonazepam para irse al saco.

 

  Antes de dirigirme a mi casa pasé por una tienda donde, supuestamente, había una caja con setas a mi nombre. No pudieron dármela porque la responsable de dar cajas entraba un par de horas después y se iba antes de las dos. Hoy no podría ser.

  Efectivamente, cuando llegué a mi casa después de los pájaros, las siestas volátiles, los turnos de noche y los golazos que llegan en mitad de la noche desde urgencias, rocé el porterillo suavemente y esperé, pero nada sucedió.

  Asumí el peor escenario y le dejé un mensaje escrito: “Entiendo que estás dormida. Voy a una cafetería a desayunar y te despertaré cuando venga la chica de la limpieza si no estás despierta entonces.”

 

  El bar donde desayuno siempre después de las noches tiene la agradable costumbre de cerrar los festivos. Agradable para su personal. Desagradable para una rata del hospital que no sabe en qué día vive muchas veces. Por suerte para ellos, Sevilla está de fiesta, así que giré mis ojos a una tasca abierta justo en frente. Siempre está llena de borrachos y los drogadictos más célebres del barrio. Entrada obligatoria; pase por taquilla.



jueves, 9 de abril de 2026

El yo de antes de ayer

  Si hubieses conocido a mi yo de antes habrías flipado.

  Espuma en champán, león entre gacelas, payaso en funeral, el que dice la palabra que le falta al tartamudo. Charlatán silencioso, joven galán en sainete, escritor cobarde, malhumorado amateur.

  A mis besos les sobraban las despedidas, a mis caricias les faltaban el arañar de las uñas, mis deseos no cabían en el mundo, a mis planes les faltaban horas y el día los cobijaba.

 

  Así era yo, como quien dice, hasta antes de ayer.

  Hoy, sapo sin bruja que me arroje al caldero, aliento a muerto en vertedero, sintecho en el Taj Mahal, demandante de empleo vestido de currante, guilda sin palillo, estuche sin sacapuntas.

  Así soy yo, como quien dice, hoy.

 

  Mañana seré ímpetu de viento, coraje de abeja ante la avispa, cariño de pájara en su nido, murmullo de fuente en jardín bonito y sonrisa dibujada en alguna parte de Nazca.

  Así seré yo, como quien dice, mañana.

 

  Y si para las palabras no tienes diccionario, si se te acabaron los sentidos en alguna de estas curvas y te pillaron sin baliza, no te asustes, que muchas veces ni yo me entiendo.

  Y, sinceramente, ¿importa lo que yo quiera decir? Esto es tuyo, más que mío, que desembarazado estoy de mí. Si arrojo esta parte de mi sien al papel es para ti, que yo ya me sé mis historias.

  Y tú, ¿cómo has sido, como quien dice, mañana, tarde y noche?

 

 

Miguel Ángel. 09/01/2026, Sevilla



jueves, 2 de abril de 2026

Gelatto 33x2 (3/3)

Era un señor. Le di las buenas tardes. Me las devolvió. Salió. No era Gelatta, ni un minion, así que di un par de vueltas más, como la bailarina que siempre soñé con ser.

  Entonces escuché los pasos que sabía que le pertenecían, porque yo ya la conocía en mi cabeza. Yo ya había tocado sus manos en mi imaginación, y estaban bajando por el pasamanos. Pero, de nuevo, era una señora con un mandil y no una rockstar con la voz aguardientosa.

  “Buenas tardes.” “Buenas tardes, ¿eres Miguel?”

  Durante un segundo intenté ocultar mi sorpresa, pero creo que fue inevitable mostrarla. Respondí que sí y se acercó a mí para darme dos besos, que, por supuesto, devolví.

  “No me puedo parar mucho que tengo un puchero en el fuego, toma.” Dijo mientras sacaba una bolsita de plástico con 6 pastillas de color rosa chicle brillantes como el mismo neón que recorre las fachadas de los prostíbulos. “¡Son buenísimas! … Yo no las he tomado, pero me lo dicen los que las toman. A todos les encanta. Buena cosa.” “Ya te contaré.” Respondí riéndome sin contención.

  Gelatta tenía, aproximadamente, edad de jubilarse, pelo corto y alegría al hablar. Por la edad, y sólo por ella, tenía una vibra de abuela que no le quitaba el desparpajo y la cercanía joven de su trato. Nos volvimos a dar dos besos y subió sus escaleras, con su mandil, mientras yo dejaba tras de mí la puerta de su portal.

 

  Me subvencionó un relato y varias noches de sueño despierto. Se merece que alguien le haga una canción, pero yo no sé cantar. Lo mismo a piano.

 

Miguel Ángel. 06/03/2026, Sevilla