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jueves, 9 de julio de 2026

Reflejo (2/2)

  Me da mucha rabia no poder recordar el único poema que nos entonó, pero sí recuerdo que después preguntó “¿qué creéis que significa?” Evidentemente, una cuadrilla de mocosos lampiños no estuvo a la altura de identificar las metáforas que allí sonaron.

  Aparentemente, el poema hablaba del momento en el que él iba por la calle y veía la espalda u olía el perfume de alguien. En ese momento entraba en un éxtasis donde el resto de la humanidad importaba poco o nada, todo pasaba a tiempo bala y toda su atención se tornaba hacia este tótem, con el corazón bombeando a toda voz. Entonces llegaba la realidad y en un cristal o en un charco veía la cara de esta persona y se disipaban sus misterios; no era quien creía. El mundo continuaba a su velocidad y una llamita calentaba sus entrañas a la vez, dejando un pellizco en el estómago.

 

  Esta mujer, con articulaciones lapídeas, que me sonreía al otro lado del casco, tuvo que ver a alguien. Y eso la hizo feliz. Tanto que, hasta cuando mi voz quebró su esperanza, se fue con una sonrisa. ¿En quién pensó? ¿Habrá tenido un buen día? Espero que sí porque para mis musas sólo tengo buenos deseos, aunque me despierten la imaginación a las diez de la mañana yendo a comprar, aunque tengan un perro pequeño y ladre siempre que paso o que se quejen del ruido de la moto. Si esta mujer ha levantado esta entrada, habrá que desearle que se encuentre con la causa de su sonrisa. Espero haberle merecido la pena. Ella a mí me ha valido una alegría.

 

Miguel Ángel. 16/02/2024, Sevilla




jueves, 2 de julio de 2026

Reflejo (1/2)

  Con el casco puesto, montado en la moto, solté el patacabra. Llevo siempre un pequeño auricular muy bajito en un oído porque la música y yo somos complementarios. Este particular afán mío por entretenerme los recorridos con sintonía trae parejo un hándicap a la hora de entender.

  Quiero hacer un paréntesis aquí que me parece importante para las personas que se preocupan por mí. Escucho de todo, de hecho, antes de arrancar siempre chasqueo los dedos para comprobar que lo puedo oír. El problema está en entender frases que, entre la música, el motor, el casco…se complica. Pero oigo bien, de verdad, abuela.

  En ese momento, una señora se puso delante de mí, con un carrito de compra a su espalda, tirado por su brazo derecho. Miró por la apertura del casco con una sonrisa y dijo “tú” alargando la u. Entonces la miré, intentando parar la música para entender el futuro de una probable frase mientras respondía “yo” alargando la o. Entonces sonrió un poco más y dijo “no” con una hache al final, mientras se giraba y continuaba su camino.

  Pasé a su lado y le deseé un bonito día, porque nunca está de más, pero a mí me quedaban unos quince minutos de recorrido en los que tuve, obligatoriamente, que reflexionar sobre esta señora.

 

  Me trasladé a hace unos diecisiete años. Yo tendría entre doce y trece años. Estaba en clase de lengua y literatura y nuestra profesora, una hippie recién llegada, si llegaba, a la treintena, nos trajo a otro hippie, poeta, a hablarnos de su trabajo. Vestía oficiales harapos andinos muy coloreados, pero no recuerdo su cara, aunque sí que tenía el pelo corto y desaliñado y una barba en las mismas condiciones.


(Continuará)



jueves, 25 de junio de 2026

Las saladas lágrimas de Alfonso (2/2)

  Durante mucho tiempo, he vivido molesto con esos recuerdos. Por un lado, la despedida anunciada. Para él, arrancarle un órgano. Para mí, un hasta luego. Y creo que estaba enfadado porque no había comprendido que el sabio fue él. No en no saber expresar sentimientos en ese momento, sino en sentirlos.

  En mi calma chicha mental, adiviné que nos volveríamos a ver, pero lo que no entendí es que esa experiencia, esa relación, se había acabado, aunque los mismos nombres se volviesen a mirar. Él era consciente de que suponía un funeral. Él sabía que nos volveríamos a ver, pero su cuerpo aceptó que nunca volvería a ser igual. Nunca le volvería a apoyar, a escuchar, a consolar o a llamarle para reírnos un rato. Eso se acabó y dábamos paso a un nuevo episodio.

 

  Hoy, a la 1 de la mañana, en calzoncillos, creo haber llegado a ser consciente. El dolor que he podido llegar a sentir cuando personas que han sido claramente importantes, bidireccionalmente, dejan de estar a mi lado aunque pudiesen ha sido el resultado de no dejarlas marchar. De no vivirlas en presente, sino estar distante. Disfruto las relaciones de hoy y las vivo como intensas y enriquecedoras. Y también morirán. O mutarán. Y es tan bonito verlas crecer y enredarse sin necesidad de peripecias que siento que entiendo lo que te hizo llorar al ver el atardecer, mientras te abrazábamos ella y yo. No era un sol que se iba para dejar paso a otro. Era vivir ese sol como si fuese lo único importante en este mundo. Porque lo era. Porque eras sabio y supiste vivir el presente.

   Gracias, diez años después, por enseñarme una última, desde tan lejos, llorando en la penumbra. Espero que la oscuridad en la que escribo estas líneas esté a la altura. Te echaré de menos.

 

 

Miguel Ángel. 31/05/2026, Sevilla



jueves, 18 de junio de 2026

Las saladas lágrimas de Alfonso (1/2)

  Hace muchos años, una noche recorría una calleja inglesa en su compañía. Era el último paseo que daríamos hasta el día de hoy. Llegamos a una encrucijada y le miré. Abrí la boca para comenzar a hablar pero me dijo que me callase antes de que pudiese empezar. Apretó los labios, como intentando que no se le escapase un trozo del alma y lloró reteniendo las lágrimas y la respiración. Negó con la cabeza, se dio la vuelta y se fue, llorando.

  En ese momento sonreí y lloré un poco mientras le veía alejarse bajo la pobre luz de unas farolas, sin girarse, con paso decidido y, claramente, doloroso. Lloraba de la emoción de sentirme querido hasta el punto de que mi despedida le hiciese romperse.

 

  Unos años después, volvimos a vernos, en la planta baja de un hospital. Su expresión fue la que se pone cuando ves a un fantasma y no tienes nada preparado; ninguna pregunta existencial como “¿hay vida después de la muerte?” “¿Cuál es la religión verdadera?” o “¿Has visto a mis seres queridos?” Me dijo que estaba libre y que si quería tomar un café. A mí me dio pereza, pero le dije que sí, aunque estaba saliente de noche.

  El café fue anodino. Nos comentamos algo sobre cómo nos iba, pero no recuerdo nada de su parte y, supongo, tampoco recuerda nada de la mía. Nos dimos los teléfonos, pero no sé si nos hemos vuelto a hablar. Creo que descubrí, al agregarle, que nunca había perdido su contacto.


(Continuará)



jueves, 11 de junio de 2026

Procrastino Vol. 1

  La historia sigue ahí y yo estoy aburrido. Pulso un botón para iniciar una partida nueva en un juego. Como son partidas de diez minutos, uno se puede relajar.

 

  Tengo una idea en la cabeza desde hace más de medio año y he escrito gran parte. Llevo casi en la recta final un par de meses, aunque me gustaría hacerle un par de arreglos. A veces, pienso que no soy capaz de hacerlo. Otras, que estoy muy cansado para algo que requiere el mimo más extremo. Planeo vivir y luego toca descansar, y nunca cabe el ratito para contar lo que me aúlla de manera suave al oído.

  Hoy he tenido un buen día y he llegado a tope a esta noche. Ni siquiera tengo hambre porque hoy me he comido al mundo. Acabo de perder y me da igual. Oriento el ratón a la siguiente partida. Son las diez y veinte de la noche cuando pienso, de nuevo, en la historia. En el centro de la pantalla me avisan de que me están buscando contrincante.

 

  Algo dentro de mí me mira mal y siento un cosquilleo en la barriga cuando pienso en mí esta noche muy cansado y sin haber escrito nada. Renuncio a batirme, ahí te quedas, y abro una página con el teclado reposando en mi regazo sin ponerle título. Mis amigos se ríen cuando me ven usarlo. Suena como si fuese de una consulta médica y las teclas están configuradas distintas a como aparecen, así que sólo lo puedes usar de memoria. Es mi teclado y le quiero.

 

 

 

  La historia sigue ahí y no avanza, pero yo he descubierto lo que siento por mi teclado. Y eso, en estos tiempos, es bastante.

 

  Miguel Ángel. 16/05/26, Sevilla




jueves, 4 de junio de 2026

Checkmate

   “Quiero verte.”

  Recibo en un mensaje justo antes de entrar. Esbozo una sonrisa y busco mi silla, silenciando el teléfono.

  Al segundo movimiento utiliza un fianchetto en b2. La partida sigue, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Medio juego. Cambiamos piezas. Tengo más tiempo y mejor posición. Desplaza su reina a g4 y expulso a su caballo con la tímida c6 en la jugada 34. Reina g7, jaque mate. ¿Cómo no vi el alfil? ¿Cómo no lo vi venir?

 

   Repaso la partida mientras ando hacia su casa. Cuando queda poco, paro un segundo e intento no pensar más en el juego. No suele ser un tema ampliamente aceptado hablar de piezas y casillas y llevamos algo de tiempo sin vernos; los trabajos, los compromisos, las prioridades... Pico el porterillo y me pregunta si sube un ganador o un perdedor. Le respondo que la jueza es ella hoy. Se ríe y abre.

 

  Me recibe preciosa y fotogénica. Me acerco a darle un beso que esquiva con una sonrisa y me empuja hacia dentro. Paso y me siento en el sofá. Veo su culo moverse a la cocina. Me trae un vaso de vino.

  “Estás muy guapa.” “¿Has venido a decir obviedades?” “Pensaba que era para lo que querías que viniese.” “Con respecto a eso…”

 

  Que está conociendo a alguien. Que quería decírmelo. Siente que he sido un paso necesario para llegar a encontrarse y encontrarle. Me lo agradece. Me da un beso. “No te voy a olvidar nunca, pero creo que tengo que parar de verte…me revuelves algo. No sé explicarlo. Contigo es diferente. Pero tienes la puta tontería esa de no ser de nadie. Y cuando estoy contigo se me encienden fuegos con los que no quiero lidiar. Me ha encantado conocerte. Te quiero mucho.”

 

  Salgo de la casa con una copa de vino en el estómago y el calor de sus labios reposado en los míos y pienso en el mensaje: “¿Cómo no lo vi venir?”

 

Miguel Ángel. 03/05/2026, Sevilla



jueves, 28 de mayo de 2026

Formas

  Junto a un plato de pimientos asados casi sin probar, me miró y le dijo a otra persona “lo normal sería esperar otro tipo de personalidad de esta ropa, pero con éste…éste es un tío muy libre.” Y yo me lo tomé a guasa.

 

  Entonces pensé en cuando mi madre vino hacia mí y me dijo que yo tenía forma de ser ordenado y obedecer. Y me presionó contra ese agujero. Y no entré.

  Y vino mi padre y dijo que tenía forma de triunfar, ser un as, tener una vida cómoda y enmendar su camino. Y me empujó contra ese agujero. Y no entré.

  Acudió mi familia y dijeron que tenía forma de aceptar y no despuntar. Y me apretaron contra ese agujero. Y no entré.

 

  Dejándolo por imposible por el momento, se alojaron junto a mí unas novias, y me dijeron que tenía forma de pareja. Y me achucharon contra ese agujero. Y no entré.

  En mis primeros trabajos me dijeron que tenía forma de cabezota, de simple, de engreído, de lameculos y de tantas otras cosas. Y me acercaron a ese agujero. Y no entré.

  Se acercó la muerte y me dijo que tenía forma de sufridor, de duelo eterno, de rompeolas y de carajote. Y me chocó contra ese agujero. Y no entré.

 

  A lo largo de todo este proceso, hubo a mi lado amigos que fueron y vinieron, y dijeron que tenía forma de colega, de mentecato, de lagarto, de listo, de aportar el hombro, de excéntrico, de inmaduro y de despreciable. Y me intentaron colar por ese agujero. Y no entré.

  Aproximándose algunas amantes me dijeron que tenía forma de quedarme a su lado, de cambiar la cama por el mantel de cada día y de serenarme. Y me lamieron contra ese agujero. Y no entré.

  Me acerqué a pacientes que me dijeron que era un ángel, un buen tío, responsable, cariñoso, malhablado, ignorante, espantapájaros, repelente y divertido. Y me señalaron el agujero. Y fui. Y no entré.

 

  Entonces, me tocaron los huevos. Trajeron a una panda de gansos que dijeron que la vida no les respetaba. Que no les daba su sitio. Que todo estaba organizado para gente que no eran ellos. Que no era justo. Que no les dejaban ser.

  Harto, les dije “chicos, parad, que tengo una idea.” Con mis mismos dientes mordí una vez el plástico. Y otra, y otra. Me sangraban las encías, me temblaban las pestañas y me dolían hasta los pensamientos. Con suficiente esfuerzo, dibujé mi silueta en el juguete. Y entré. Y no oí a nadie detrás de mí morder el plástico. Seguí oyendo quejidos, pero a mí me daba igual, porque yo ya intenté pasar por el agujero de un santo que los acoja. Y no entré.

 

Miguel Ángel. 06/04/2026, Sevilla



jueves, 21 de mayo de 2026

Escriba

  Llegamos a un antro a las afueras. Nos dejan pasar sin demasiados remilgos. No se podrán hacer fotos ni vídeos de la fiesta. En cuanto entramos, sacamos todo el material de contrabando y comenzamos a tomar dosis.

  No habría más de treinta personas en una sala muy oscura, pero la música se dejaba bailar, y a eso me puse. En cuanto acabó el set, la DJ se acercó a mí a darme las gracias y me dio una divertida máscara con cara de cerdo.

 

  Muchas horas después en esa carretera hasta el infierno me monto en un vehículo. Llevo gafas de sol y tengo dos brillantinas en la frente. Me pregunta si soy yo mientras intento ocultar la máscara. Tras esta presentación inicial, comienza a conducir por las calles más estrechas que he visto en mi vida y le pido perdón por no haberlo solicitado en otra zona para evitar ese camino. Me da las gracias por considerarlo y afirma “sí, ayuda.”

  En cuanto entramos en carretera convencional, empieza a mirarme más cuando habla y a explicarme cómo funciona el modelo de trabajo que he contratado; yo estoy alquilando un coche, no que me lleven, y el coche tiene un conductor que lo lleva a donde se necesita.

  Anteriormente, según su versión, no era así. Yo no he investigado mucho sobre el tema.

 

  Me pregunta si soy músico y le digo que soy enfermero y que estudio matemáticas. Se deshace en elogios por las cualidades humanas que tienen los de mi colectivo y se comienza a emocionar.

  El señor, hace veintiséis años, emigró de su Argentina natal a España, donde dando vueltas por varios sitios, se enamoró de una andaluza con la que tuvo dos hijos y con la que ahora está separado. Ha hecho ya una vida aquí. Me habla de cómo el personal de enfermería trató a su padre cuando tuvo un episodio terminal y del contacto, en letras mayúsculas, que trae mi trabajo. Me habla de sus vecinos que le prestan un coche cuando se queda sin uno. Está contento.

 

  Y le pregunto si echa de menos Argentina.

  Y su respuesta es poesía, es elegancia, es sutil y es mágica.

  “Uno no se imagina lo que es recordar. Es un olor, es una calle, es una mujer…”

  Continuó hablando de su vida aquí, de sus hijos, de los olores, las calles y la mujer.

 

  A mí me apetece más que me claven un destornillador en el cráneo y que le den patadas que hablar o escuchar a nadie, pero a medida que el señor se crece, veo en él a mi parte cuentacuentos. Llegamos a mi casa y le pregunto “¿Usted escribe?” “No, señor”, responde con una sonrisa tímida. Le acerco la mano, me la agarra y la agitamos mientras yo pronuncio “¡Pues debería!” Se le ilumina el rostro y me da las gracias.

  Después no pude abrir la puerta a la primera y todo fue muy ridículo.

 

Miguel Ángel. 10/05/2026, Sevilla




jueves, 14 de mayo de 2026

Arte especial (5/5)

 

  Recogí las setas derrapando, porque la mujer encargada de dármelas estaba, literalmente, en la otra acera de la de la tienda, dirigiéndose a su casa, cuando le pedí a la dueña que me facilitara la vida.

 

  Para cuando volví, mi amiga estaba volviendo a casa. Me contó lo mucho que le encantó el museo de arte contemporáneo. Top 3 mundial. Sólo por delante tenía Nueva York y Amsterdam. Una exposición sobre amerifraquismo e identidades de género. La entrada costaba un euro setenta. No creo que vaya.

  Mientras me hablaba, lie un cigarrillo con gelatto 33. En el proceso, una semilla quedó encerrada en el papel al darle el pellizco y la forma del canuto se deformó.

 

  “Entiendo que no te gusta el arte, pero deberías ir.”

  A mí me gusta el arte, pensé. Miré el cigarrillo. Miré al horizonte. Suspiré. En mi cabeza, volví a escuchar: “Nunca he sido bueno en ningún arte.”

 

Miguel Ángel. 02/04/2026, Sevilla



jueves, 7 de mayo de 2026

Arte especial (4/5)

  Me despedí de todos y volví a dirigir mis pies a casa. Por el camino me encontré con uno de los parroquianos. Estaba bajando una rampa que hay junto a una escalera. Me miró y, sonriente, me explicó que era la primera vez que bajaba por ahí, que estaba acostumbrado a hacerlo por las escaleras. Le aconsejé que usase más la rampa, porque igual se la habían cobrado en los impuestos. Se rio y seguimos haciendo bromas sobre eso, que era lo único que compartíamos. “Deberías volver ahora mismo y subir y bajarla cuatro veces, que se enteren.” Se descojonó.

  Pensaba que sólo compartíamos la historia del acerado, pero acabamos compartiendo camino. Estaba demasiado cansado para seguir siendo simpático, así que aproveché que se paró a saludar a una persona para acelerar y dejarlo detrás.

 

  Finalmente, llamé a mi amiga y me abrió. La relevé en la cama y cuando me desperté tenía unos cuantos mensajes. La chica de la limpieza acabó un rato antes y mi amiga había ido a un museo de arte contemporáneo.

  Yo había dormido tres horas, pero mi cuerpo no podía mucho más.

 

  Bajé las escaleras y reflexioné brevemente, pero rápido pasé a otras cosa. Aproveché que eran las dos menos algo para ir a por el paquete. Al salir vi que la grúa estaba cerca de llevarse mi coche por una razón que escapa a los motivos de este texto, y aproveché, de nuevo, que mi cuerpo no podía dormir más, para salvar mi furgoneta.


(Continuará)



jueves, 30 de abril de 2026

Arte especial (3/5)

  Por fin, la pasarela completó aforo y me sentó al lado a un señor que olía a meses de calle, pero andaba con porte y se comportaba como si todo el mundo le debiese algo. Amenazó a varios con prender sus casas en fuego “porque eso es lo que hacemos los legionarios.” Después especificó qué le hará a dos que intentaron ocupar su casa, porque al tercero ya lo mandó al hospital. Yo seguí comiendo mi tostada mientras este pobre juguete roto de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado le imploraba a alguna diosa que le devolviese la autoridad que, algún día, tuvo. Bien en el mundo real o en su imaginación. No le pedí la placa, así que no sé.

 

  Para cuando terminé mi descafeinado, todos estaban bebiendo anís menos yo. La mesa de los cortados se había marchado. Habían intentado pagar, pero el camarero insistió. Me inspiró ternura. La pasión de un trabajo bien hecho es algo que me impresiona casi siempre. Me levanté de la silla con bastantes ganas de perder de vista el hedor que emanaba del soldado herido, y el peso de la mochila y la chaqueta fueron a tumbarla. En mitad del aire la cogí con una mano mientras en la otra llevaba la vajilla que había usado y nos miramos el veterano y yo.

 

  “Reflejos.” Me limité a decir con una sonrisa. No sé qué idioma habla él, porque entendió “hablemos largo y tendido.” En algún momento reconoció en mí a algún tipo de pendejo específico, porque me dijo “Tú haces artes marciales, se te nota.” “Nunca he sido bueno en ningún arte.” Me limité a responder con una sonrisa que invitó a todo el bar a querer ser mi amigo.

(Continuará)


jueves, 23 de abril de 2026

Arte especial (2/5)

  Entré en aquel garito y vi a un señor a dos chutes de heroína de ser una historia que se cuenta en la acera, haciendo una chapuza en la pared. Mientras tanto, el camarero (y, presumiblemente, dueño) atendía a la gente en barra. La única mesa de cuatro personas ocupada lanzó a una de sus mujeres a reclamar, sonriente, un cortado. El camarero le dijo “sólo pidieron uno.” “No, dos.”

  Esperé mi turno en aquella encimera de madera pegajosa hasta que el señor me miró a los ojos con la sonrisa de quien invita a alguien a comer sopa mientras su casa arde justo detrás. “Buenos días. Una tostada con jamón y café de máquina con leche…¿la tienen sin lactosa?” “Por supuesto, claro…” “Pues eso. Muchas gracias.” Me sonrió de nuevo y se puso a ello.

 

  El desfile de aventajados en experiencias callejeras continuó circulando y llegó a su cénit cuando empecé a morder la tostada. El albañil, que no lo era tanto de acuerdo con sus propias palabras, no paraba de pedirle a sus amigos (unos ocho se fueron agrupando por aquellas mesas) que le ayudasen. Todos se rieron de él. Él les devolvió los ataques. Todos se reían. A nadie le importaba nada. Ni las marcas de barro por el suelo de todo el local, ni que le faltasen dientes y, creo, algunos músculos importantes, al obrero.

 

  En estas, el camarero se asoma por encima de la barra y grita a la mesa de los cortados que siente la atención que les ha proporcionado y que les invita a todo. No sé qué coño pasó antes de que llegase, pero este hombre tiene un sentido de la responsabilidad que choca en mi cabeza con regar de alcohol a todos estos feligreses día tras día. Sé que están siempre ahí porque he pasado varias veces y les reconocí antes de empezar a escucharles hablar.

(Continuará)


 

jueves, 16 de abril de 2026

Arte especial (1/5)

  Recientemente, una amiga se ha quedado en casa unos días. Debido a este evento, mi rutina de sueño ha sufrido considerables variaciones.

  Sin ir más lejos, ayer me levanté antes de las seis de la mañana para coger el coche una hora para ir a ver pájaros. Intenté dormir algo por la tarde, pero mi loco cuerpo consiguió, con suerte, dormir una media hora, lo que se tradujo en sufrimiento cuando entré a las diez de la noche a trabajar.

  Mi amiga se quedó las llaves, por si había una emergencia, y me prometió estar despierta antes de que llegase, sobre las ocho de la mañana. Sin embargo, yo sospechaba que no sería posible porque le asaltó un ataque de ansiedad y se tomó un clonazepam para irse al saco.

 

  Antes de dirigirme a mi casa pasé por una tienda donde, supuestamente, había una caja con setas a mi nombre. No pudieron dármela porque la responsable de dar cajas entraba un par de horas después y se iba antes de las dos. Hoy no podría ser.

  Efectivamente, cuando llegué a mi casa después de los pájaros, las siestas volátiles, los turnos de noche y los golazos que llegan en mitad de la noche desde urgencias, rocé el porterillo suavemente y esperé, pero nada sucedió.

  Asumí el peor escenario y le dejé un mensaje escrito: “Entiendo que estás dormida. Voy a una cafetería a desayunar y te despertaré cuando venga la chica de la limpieza si no estás despierta entonces.”

 

  El bar donde desayuno siempre después de las noches tiene la agradable costumbre de cerrar los festivos. Agradable para su personal. Desagradable para una rata del hospital que no sabe en qué día vive muchas veces. Por suerte para ellos, Sevilla está de fiesta, así que giré mis ojos a una tasca abierta justo en frente. Siempre está llena de borrachos y los drogadictos más célebres del barrio. Entrada obligatoria; pase por taquilla.



jueves, 9 de abril de 2026

El yo de antes de ayer

  Si hubieses conocido a mi yo de antes habrías flipado.

  Espuma en champán, león entre gacelas, payaso en funeral, el que dice la palabra que le falta al tartamudo. Charlatán silencioso, joven galán en sainete, escritor cobarde, malhumorado amateur.

  A mis besos les sobraban las despedidas, a mis caricias les faltaban el arañar de las uñas, mis deseos no cabían en el mundo, a mis planes les faltaban horas y el día los cobijaba.

 

  Así era yo, como quien dice, hasta antes de ayer.

  Hoy, sapo sin bruja que me arroje al caldero, aliento a muerto en vertedero, sintecho en el Taj Mahal, demandante de empleo vestido de currante, guilda sin palillo, estuche sin sacapuntas.

  Así soy yo, como quien dice, hoy.

 

  Mañana seré ímpetu de viento, coraje de abeja ante la avispa, cariño de pájara en su nido, murmullo de fuente en jardín bonito y sonrisa dibujada en alguna parte de Nazca.

  Así seré yo, como quien dice, mañana.

 

  Y si para las palabras no tienes diccionario, si se te acabaron los sentidos en alguna de estas curvas y te pillaron sin baliza, no te asustes, que muchas veces ni yo me entiendo.

  Y, sinceramente, ¿importa lo que yo quiera decir? Esto es tuyo, más que mío, que desembarazado estoy de mí. Si arrojo esta parte de mi sien al papel es para ti, que yo ya me sé mis historias.

  Y tú, ¿cómo has sido, como quien dice, mañana, tarde y noche?

 

 

Miguel Ángel. 09/01/2026, Sevilla



jueves, 2 de abril de 2026

Gelatto 33x2 (3/3)

Era un señor. Le di las buenas tardes. Me las devolvió. Salió. No era Gelatta, ni un minion, así que di un par de vueltas más, como la bailarina que siempre soñé con ser.

  Entonces escuché los pasos que sabía que le pertenecían, porque yo ya la conocía en mi cabeza. Yo ya había tocado sus manos en mi imaginación, y estaban bajando por el pasamanos. Pero, de nuevo, era una señora con un mandil y no una rockstar con la voz aguardientosa.

  “Buenas tardes.” “Buenas tardes, ¿eres Miguel?”

  Durante un segundo intenté ocultar mi sorpresa, pero creo que fue inevitable mostrarla. Respondí que sí y se acercó a mí para darme dos besos, que, por supuesto, devolví.

  “No me puedo parar mucho que tengo un puchero en el fuego, toma.” Dijo mientras sacaba una bolsita de plástico con 6 pastillas de color rosa chicle brillantes como el mismo neón que recorre las fachadas de los prostíbulos. “¡Son buenísimas! … Yo no las he tomado, pero me lo dicen los que las toman. A todos les encanta. Buena cosa.” “Ya te contaré.” Respondí riéndome sin contención.

  Gelatta tenía, aproximadamente, edad de jubilarse, pelo corto y alegría al hablar. Por la edad, y sólo por ella, tenía una vibra de abuela que no le quitaba el desparpajo y la cercanía joven de su trato. Nos volvimos a dar dos besos y subió sus escaleras, con su mandil, mientras yo dejaba tras de mí la puerta de su portal.

 

  Me subvencionó un relato y varias noches de sueño despierto. Se merece que alguien le haga una canción, pero yo no sé cantar. Lo mismo a piano.

 

Miguel Ángel. 06/03/2026, Sevilla




jueves, 26 de marzo de 2026

Gelatto 33x2 (2/3)

  En el trabajo, una compañera me dio una bolsita con una planta que había cuidado su hijo para que la probase. Vino hasta donde me estaba cambiando y nos dimos la mano y un abrazo. Me vestí de calle y salí justo antes de escribirle a Gelatta. Con gafas de sol y una iluminación perfecta comencé mi paseo cargado de asuntos en mi mochila. Me dijo que esperase un ratito, pero que estaba disponible para mí, así que me dirigí a comerme una sopita en un sitio que conozco. Buena sopa. Buen pollo.

  En el reloj ya se intuía la hora de nuestro primer beso, así que pagué y me levanté, andando con paso decidido. Ella con sus rastas, yo con mi sonrisa. Ella con sus ojos a medio abrir, yo con mi dinero preparado. No sabía cómo sería su voz, ni su cara, pero podía intuirlo. No sabía cómo sería este relato, pero podía saborearlo en la distancia.

  Entre tantos sueños despiertos que me demostrasen que mis noches de dormidera estaban sobrevalorados, llegué a aquella puerta y piqué el porterillo. “¿Hola?” “Soy Miguel.” “Pasa, espérame en el portal.”

 

  Era un buen barrio, distinto a los lugares donde acostumbraba a encontrarme con farmacéuticos clandestinos. Pude dar un par de vueltas sobre mí recorriendo el lugar cuando, por fin, escuché pasos bajando. 


(Continuará)



jueves, 19 de marzo de 2026

Gelatto 33x2 (1/3)

  Llevo unos días soñando. Es reseñable porque llevaba meses sin hacerlo.

  Hay ciertos dioses que exigen un pago por rendirles pleitesía y recibir sus bendiciones. Yo rezo de manera asidua a uno con rastas que bloquea mi capacidad para soñar, y todos los años dejo de ir a su iglesia durante un mes. Todos los años vivo un periodo en el que reconecto con mi subconsciente mientras duermo. Y cuando pasa, las noches me saben a poco.

 

  Pero, ¿a quién quiero engañar? Yo sueño más despierto que dormido. Esto es sólo la novedad. Y, por ello, cuando me recupero del golpe y recuerdo dónde viven mis ilusiones y fantasías, la noche me parece un desagradable trámite que mi cuerpo necesita para descansar. Y somos jóvenes, y gaudeamus igitur, y a mí me sobran horas de madrugada tumbado y creo que las puedo recuperar más adelante. Por ello, decido escribir a Uli.

  Conocí a Uli en una fiesta y traía un medicamento muy potente. Le pedí el número de su médico de cabecera y me pasó el número de Gelatta. Pasaron un par de meses hasta que le escribí dándole el santo y seña prometido; “Soy amigo de María”. Ella usaba la ortografía como la cadena de una bici desengrasada y oxidada, pero tenía swing. Quedamos en conocernos en su portal y yo, que soy un amante experimentado en encontronazos, reconocí en un “vale, guapetón” la posibilidad de un amorío con una narco. Un capítulo fundamental en mi vida literaria. Me puse bañador para estar preparado para lanzarme a la piscina que me esperaba.


(Continuará)



jueves, 12 de marzo de 2026

Sin rastro

  Lo busqué sin hallarlo, temiendo que ya sólo quedase en un sitio tan frágil.

  Rebusqué en las alcobas, en la cocina, en el cuarto de baño y en el salón.

  Ojeé en los libros, en las páginas, en el portátil y en las ventanas.

  Después escuché la cisterna, el altavoz, la hervidora de agua y el rallador.

  Más tarde chupé los platos, los tenedores, la pasta de dientes y el cacao.

  Verdaderamente preocupado, toqué la cama, la ducha, el acondicionador y la ropa.

 

  Entonces ya sólo quedó el miedo.

 

  Como un sabueso recorrí con mi nariz cada esquina de la casa y pude darme cuenta, mientras me recorría un pánico más que justificado, de que tenía razón. Ya no estaba. Se había esfumado.

  Su olor se había ido de casi todo. De la sudadera, del pijama, de la cama, de mi bigote… y ya sólo queda en el último sitio.

 

  En mis recuerdos aún tiene su hueco. Y nerviosito anda todo mi cerebro de lagarto de que le de una nueva dosis. Y me revuelque con mi pituitaria por toda la casa. Y cada vez que inhale se me pongan los ojos en blanco.

 

Miguel Ángel. 22/01/26, Sevilla



 

jueves, 5 de marzo de 2026

Vaso

  El ser humano ha buscado formas inverosímiles para transmitir información. De piedras a papel.

 

  En el lugar más insospechado, alguien le declaró amor eterno a Juani y firmaron con fecha. Y hoy estaba yo en uno de esos lugares insospechados.

 

  Terminé un rato atrás una copa de vino mientras cenaba y escuchaba música. La agarré una última vez para mirarla de cerca, no sé por qué. Pude observar la marca de mis labios en el borde y un pequeño resto de vino que bailoteaba en el fondo cuando la movía. Al fijarme un poco más, el vaho en la parte contraria al último beso que le di, recorriendo sin esfuerzo una silueta preciosa en la bóveda que dibujó justo antes de despedirnos. En su cristal se adivinaban tantas estrellas fugaces como el doble de luces a mis espaldas, y a cada suave vaivén giraban estirándose o haciéndose pequeñas. Me asomé a la copa y acerqué mi nariz, disparándome al cerebro una fragancia embriagadora.

 

  Cuando la dejé en la mesa replicó dulcemente.

 

  Fuera seguía lloviendo y algunos coches susurraban a su paso por la autopista. Ahí fuera todo era gris, pero en la copa había algo rojo que acababa de tintar el mundo entero.

 

Miguel Ángel. 25/01/26, Sevilla



jueves, 26 de febrero de 2026

Droga dura

  Me dijo que le hacía falta una dosis y me propuse como remedio. Me miró guasona y me dijo “tú no, cariño. Tú eres droga dura.”

 

  Semejante acto de responsabilidad con una misma me supuso un duro revés. Por un lado, mi ego flotaba libre en la exosfera. Por otro, lo viví como una condecoración de compensación; no estimular más esos cornetes por un título nobiliario me supo a poco. Yo quería alojarme en el blanco de sus ojos cuando la luz no alcanza sus pupilas aún con los párpados abiertos de par en par. Yo quería que mi aire se colase en sus pulmones y acelerarle la taquipnea. Yo quería tantas cosas y ella fue tan responsable que tuve que recordarla yo solo. Como un heroinómano en un portal.

 

  Quizás sí soy droga dura. Hasta para mí.

 

Miguel Ángel. 30/01/26, Sevilla




jueves, 19 de febrero de 2026

Chica loca bisexual

  Se abre el telón y aparece una persona. Toda de colores. Las únicas palabras que conoce en castellano son “chica loca bisexual” y las usa de vez en cuando con cierta soltura.

  “Me gusta como besas. Tiene pinta de que me va a gustar que me comas el coño.” Algo después, la zona más roja de Berlín tenía una valoración sobre mis habilidades.

  El rosa de su boca no escondía lo plateado que colgaba de su nariz y fue una pena no poder disfrutar más del amarillo de su abrigo por el gris del cielo que nos encajó en mi blanca habitación, pero es lo que tiene cuando te enrollas con un arcoíris con el pelo azul, que separarte de sus ojos verdes o del añil del pulpo que esconde sus pantalones te deja con un negro en el pecho que cuesta iluminar sin usar luz cenital. El peor tipo cuando es artificial.

 

  Me sentenció a ser “novio durante diez días”, por lo que un androide se descojonó. A mí me recordó a una condena similar que tuve durante un trimestre.

  Cuando un juez dicta semejante pena, uno no puede más que asumir su destino y vivir su castigo exprimiendo cada raya que se pinta en la pared esperando el día en que te echen a la fría calle a vivir una vida a la que ya no estás acostumbrado.

 

  Como trajo el invierno desde su norte, tuvimos que refugiarnos en la primavera que esconden las sábanas y me dejó con el otoño floreciendo en mis ojos la última noche, como un cambio de estación.

 Sé que la volveré a ver porque cuando nos despedimos tuve que esperar un poco a volver a la casa y encontrarme con el desastre que era recordarla por las esquinas, así que entré en un bar a desayunar y me cobraron tres euros sesenta. Llevo mucho tiempo escribiendo, así que he aprendido un par de cosas sobre escribir, como a reconocer una historia cuando me la pone dura o a que no acaban hasta que se cierran los círculos. Por ejemplo, a este año le faltan un verano y cinco céntimos, es decir, una segunda parte.

 

Miguel Ángel. 29/12/25, Sevilla


jueves, 12 de febrero de 2026

Moon key (3/3)

Mi talón derecho comienza a manifestar una sensación de dolor extraña. Es como si una jauría de gusanos se hubiese alojado ahí y se lo fuese comiendo, pero no cejo en mi empeño de llegar y hago caso omiso. Veo a mi hermana, que está yendo a casa. No me apetece encontrarme con ella así que bordeo un parterre y una planta me pide atención al engancharse una espina con mi chaqueta, abierta.

 

Estoy a menos de cien metros de la puerta de mi casa cuando me adelanta una señora con dos palos de senderismo. A lo que he llegado, pienso. Comienza a sonar “LA Turnaround”, de Nick Waterhouse. Es una canción que recuerda a llegar a la meta y, casualmente, suena cuando llego a la puerta. Un vecino me abre la puerta y, jocoso, me comenta “ahí adelante he visto una chica que creo que conoces”, me quito un casco y sonrío diciendo “¿ah, sí? Buenos días”. Aunque no he manifestado síntomas emocionales, siento que estoy débil de espíritu y la velocidad de respuesta que normalmente tengo está algo mermada.

Abro la puerta de casa y un par de perros se alegran de verme. Uno salta y salta y huele todo mi cuerpo y la bolsa y la mochila. Atravieso la casa hasta mi cuarto, donde mi madre ha decidido poner nuevos picaportes que se quedan abiertos cuando los giras en mi ausencia. Creo que ha sido una mala compra, pero es su casa y son sus decisiones.

 

Por último, comienza a sonar “Heart Stop”, de Wax Tailor. Llego a la silla. Siento la incomodidad del sudor de mi espalda. Abro el portátil, escribo “Moon Key”, porque Monkey me parecía demasiado evidente, y comienzo a escribir.

 

Miguel Ángel. 29/02/2024, Sevilla



jueves, 5 de febrero de 2026

Moon key (2/3)

  Comienza a sonar “Banana Pancakes”, de Jack Johnson. Esta es, quizás, la canción que menos esperaría ahora. Cada paso me recuerda el tacto de la ropa, que parece una lija que me frota la piel. Veo a una mujer en patinete y siento envidia por un segundo, pero se me pasa al empatizar con su sensación de viento en el pecho y, de repente, me cuesta respirar. Decido concentrarme en eso, en respirar, pero voy perdiendo fuerza y la bolsa que voy cambiando de mi brazo derecho a mi brazo izquierdo en un baile interminable choca con el suelo, confirmando la debilidad. Respiro hondo y recuerdo los consejos que aprendí de AlAnon cuando acompañaba a alcohólicos.

  Me alegra no verme como una víctima, sino más bien como un verdugo con remordimientos. No me afecta el álgebra de la necesidad y eso es agradable.

 

  Ahora suena “The Ghost Inside”, de Broken Bells. Mis pasos son cada vez más débiles y aprovecho el balanceo de mi brazo libre para desplazarme como un péndulo. Sólo he parado en los semáforos que me he encontrado para redescubrir un sudor frío en la espalda. No me atrevería a, como normalmente, cruzar en rojo porque sé que mis reflejos están muy reducidos y, aunque seguramente pueda correr, no quiero comprobarlo. La mochila de la espalda parece mi conciencia y pesa como un muerto. Me gustaría cambiársela a las mujeres que esperan conmigo por sus esterillas de yoga. Echo de menos el yoga, pero tengo dolores en todo mi cuerpo y, sobre todo, en la espalda. Quizás me venga hasta bien, pero tengo miedo del dolor que siento sólo con el roce de la ropa.

 

  Comienza a sonar “Spoiler – Original Mix”, de Hyper. Puedo ver ya el campo de fútbol que hay junto a mi casa, así que estoy muy cerca de los antiinflamatorios que van a hacer que este trance sea más llevadero. Quiero repasar el Historia General de las Drogas y ver si me equivoqué con las dosis o quizás con los hábitos. Ahora mismo me conformo con llegar a casa.


(Continuará)



jueves, 29 de enero de 2026

Moon key (1/3)

  Llevo unas dos noches sin dormir más de media hora seguida. La luna parece tener las llaves de mis ojos y pretende mantener la reja abierta.

  Estoy a unos veinte minutos de mi casa, donde pretendo armarme de paracetamoles e ibuprofenos hasta que pase la marea. He estado sufriendo sudoración profusa, hiperestesia, el mencionado insomnio, cefaleas y escalofríos.

 

  La probabilidad más alta es que esto sea una infección sin más, pero la falta de fiebre o síntomas respiratorios o digestivos me alejan de esa hipótesis. Llevo sin consumir casi una semana y creo que mi cuerpo me está pidiendo otra dosis. Por suerte, este tipo de cosas me motivan a investigar y no pienso dársela.

 

  Comienza a sonar “How can I make it OK”, de Wolf Alice y doy el primer paso. En la recepción del edificio del que salgo un operario remueve las pozas y el aire está inundado de olor a mierda. Saludo a un par de personas y sigo andando. Voy tambaleándome un poco, como aprovechando la gravedad de cada uno de mis lados a cada paso. El sol es un enemigo del que me gustaría no tener que hablar, pero siento una curiosa mezcla de frío y calor que sé que no es normal porque, pese a que desearía estar completamente desnudo, veo a gente muy arropada. Al final cogeré un resfriado. Un segundo después, siento que estoy en medio del ártico. Y así, en un ciclo que no acaba.

 

  Comienza a sonar “Die Young”, de Sylvan Esso y paso por delante de un colegio donde unos niños juegan al escondite.

  Cada vez que consigo dormir, despierto una media hora después empapado en sudor y tengo que quitarme toda la ropa. No es posible que tenga tanta agua en el cuerpo así que cada vez que recupero la consciencia aprovecho para beber agua y temblar. María me está cuidando muy bien y me consiente todo, es un cielo.

  Parece que han pillado a uno de los niños, pero no estoy demasiado seguro y, aunque me resulta algo curioso, no tengo fuerzas para girar la cabeza y comprobarlo.


(Continuará)



jueves, 22 de enero de 2026

Vaho

  Lo que se esconde detrás de una puerta normalmente causa tensión; hacia un polo (miedo) o hacia el contrario (excitación). Hoy yo he abierto una puerta. No hablo de metáforas, ni símiles, ni quiero que te cuadres frente al texto buscando la tangente a las líneas que lo enjaulan. He abierto una puerta. Es blanca. No he contado cuántas veces la he acariciado ni cuántas la he abierto, pero intuyo que menos de un millón, más de 100, probablemente unas mil.

  Hoy he abierto una puerta y, automáticamente, he sentido un bofetón. Me ha paralizado oler su pelo horas después de que se fuese a cenar con su pintalabios recién re-arreglado, con su sonrisa pizpireta, con sus ojos de tigresa. Casi me da un vuelco al corazón sentir un olor, unirlo a tantos recuerdos y sentir la sensación de meterte en la ducha, salir y ver en el espejo un mensajito cariñoso entorno al vaho.

  Como este vapor de agua, su olor se volvió más liviano y llegó un momento en que no pude distinguirlo más, como su propio olor que se me antoja tan cercano y tan diario que pese a todo lo bonito que podría tener saborearlo cada segundo, mi terca torpe trastocada memoria sólo me deja relamerlo cuando me falta.

  Seré tontorrón, las almohadas, los cojines, el sofá, mi ropa, su ropa, las plantas y la comida…todo huele a ella, pero sólo pude dedicarle una sonrisa de Picasso cuando se escondió de mí, cuando la encontré donde menos me lo esperaba; en el vaho que su aliento dejó esparcido por el espejo, detrás de una puerta blanca, delante de mis narices.

 

Miguel Ángel. 15/12/18, Barcelona



jueves, 15 de enero de 2026

Tranvibus (2/2)

  Medio muerta de malestar por una gripe, tumbada en mi sofá, fue la mejor modelo que pudieron desear estos ojos. Con un chaleco de punto rojo tinto y unos vaqueros, sus pies de vez en cuando jugueteaban envueltos por unos calcetines blancos. En la parte de la suela, invisible para cualquier mortal, había un mensaje que sólo estaba pensado para mí; “smooth operator”. Su pelo es un telón oscuro que no he sabido leer como cierre hasta ahora. Siempre me pareció una entrada a su magia y no su despedida.

 

  Nuestros caminos se entrelazaron riéndonos al hablar de dónde nos pondríamos una prótesis con forma de pene. Yo en un costado y ella en la frente. Me dijo que sin vínculo no habría mordiscos y tardamos poco en conectarnos. Al rato de negarme un ticket dorado a sus bragas me permitió besarla y descubrí su forma.

  Todos tenemos una forma de besar. A ella le gustaba sin lengua. Aún así, estaba abierta a furtivos encuentros de nuestro paladar.

  Su presencia ha sido dulce, estable, serena, sexual, mágica, mística, cariñosa, cuidadora, extrema, exótica, excitante, tierna, enorme…

  Aún tengo que descubrir cómo será su ausencia. Nuestra despedida se parecía más a un día más que a una jornada de llanto en la estación de tren. Ni siquiera pude dejarla en su casa. En cuanto dejé de verla por el retrovisor se me clavó su falta entre las cejas y un par de lágrimas jugaron a hacer puenting. Me dio lástima que ella no pudiese ver el dolor que resulta de su partida y la alegría que me ha dado su compañía.

 

  No había ido nunca a un restaurante con estrella michelín. Me encantó verla sorprenderse a cada bocado. Sonreí como un niño cuando una textura rara le agradaba y nos reímos locamente de todo lo que pudimos.

  En un momento dado miré a mi derecha y vi un recuerdo bloqueado. Otro amor que se esconde. Cuánto hemos crecido, viejo. Y cómo pesa cada peldaño que se sube soltando de la mano a otra persona increíble más.

  Ha sido bonito, te echaré de menos. Lo sé, porque ya lo hago.

 

Miguel Ángel. 10/12/25, Sevilla



jueves, 8 de enero de 2026

Tranvibus (1/2)

  Sevilla entera está en obras. Hay quien dice que por las elecciones, otros porque pensaban que ya tocaba y yo pienso que realmente no importa, pero tiene un impacto decisivo en mi forma de vivir los trayectos en furgoneta.

  En una de esas, estoy en un atasco por las obras en la periferia de Sevilla y tengo que volver a casa, que está normalmente a unos veinte minutos y ha redoblado su duración por el contexto en el que me hallo.

 

  Los coches son jaulas aburridas. La gente tiene las caras sabor vinagre y rezumamos tráfico por todas las calles y avenidas. Las víctimas de los ceda el paso piden clemencia a los conductores de las arterias principales y yo dejo paso a uno que casi llora al agradecérmelo. Unos segundos después está a punto de estrellarse contra un coche en el otro carril, pero haber esquivado el golpe y la prisa que tienen todos suaviza cualquier conato de agresividad.

  En una de estas jaulas estoy yo y la carretera parece no tener importancia. Los coches dan igual. Llueve un poco, lo justo para tener que activar el limpiaparabrisas cada rato y la música me recuerda al papel por escribir. Insulso y sensual. Extraño.

  Miro al asiento del copiloto mientras me acompaña el ruido rítmico del intermitente y unas pocas gotas en el cristal. Ahí ha estado ella. Tantas veces.


(Continuará)




jueves, 1 de enero de 2026

Enero, para mí

  Enero, para mí, es el preludio de un hasta luego, un abrazo y un beso que saben a ceniza y es, también, un cuadrado en un papel, con 31 cuadritos más pequeños. Son 4 ó 5 domingos desperdigados con sus momentos buenos y sus momentos malos.

  Para mí, Enero es un monstruo con 3 cabezas que protege a Febrero del odio. Para mí, Enero son palomitas y lagrimitas. Para mí, Enero cabe en un puñal.

  A mí, Enero me enseñó lo bonito que es perder la partida rápido para aprender a engrandecer a los ganadores, para admirarlos y para imitarlos frente al espejo.

  Para mí, Enero es un ensayo fallido para el resto. Para mí, Enero es la relajación de no ser el único que se tiene en el punto de mira.

  Para mí, Enero sabe a gloss labial, a tabaco y a tacones en la mano de madrugada.

  Enero, para mí, es una afirmación a medias y un teclado para calentar las manos.

  Para mí, Enero es la segunda peor persona del local, pero es que Febrero ya está bailando con mi corazón, clavándole los colmillos en la aorta…y mientras un corazón cansado se desangra en la pista de baile, un cerebro con una camiseta de Camús invita a una copa a la segunda peor persona del local.

 

Miguel Ángel. 28/01/2018, Sevilla