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jueves, 25 de septiembre de 2025

Promesa cumplida (5/6)

  NO ME JODAS. Tiene cuarenta y pocos años. ¿Tengo que agarrarla de las piernas, tirarla al suelo dándole una hostia en la cabeza y empezar a reanimarla rompiéndole alguna costilla? ¿Era ella una de las LET? ¿Por qué coño sé que tiene un hermano y no si es una LET? PIENSA. Su puto hermano te va a meter un puto puro de la leche si la cagas. ¿La has cagado ya? ¿Hay espacio para más esperpento?

 

  Así que, como acostumbro, me la juego. Lanzo el puñal al aire y respondo con la más absoluta calma “Tenemos que confirmarlo, necesitamos un electro” mientras noto que no hay latido. Me ayuda en mi decisión de no empezar con el espectáculo que este hombre no se haya levantado a zarandearla para despertarla.

  Salgo al pasillo y con un grito consigo a Alfredo. Con el pulso a mil por hora, aproximadamente, le hago señas para que me diga si es LET o no y su sonrisilla guasona disfrutando de mi ataque al corazón mientras empuja el carro de paradas me tranquiliza.

  Vuelvo a entrar para ver a un hombre desecho. Me abraza con fuerza y me da las gracias mientras yo siento que no he hecho nada útil y aún dudo de si me la he cargado yo de una risa inoportuna.


(Continuará)


 

jueves, 18 de septiembre de 2025

Promesa cumplida (4/6)

  Como prometí, dejo aquel zumo en su poder y me voy a seguir haciendo cosas, que no todo en este trabajo es jauja.

  Una hora después son las once y media de la noche, aproximadamente. La noche es cerrada y la única luz que permite ver a los ojos de novato es la artificial, pero nosotros somos fijos de noche, hechos ya a las virtudes y los defectos de las madrugadas.

  Al pasar por delante de su habitación ella sigue allí, en su sillón. Yo aún no he podido parar a leer las historias de mis pacientes porque habíamos tenido un par de pacientes nuevos a los que asistir. Me señala el apósito de su vientre. Le hago saber que volveré.

  Cojo mis cosas y me arrodillo frente a ella armado de gasas, apósitos y desinfectantes. Alguno se podría plantear que en un hospital habría productos de curas especiales, pero lo cierto es que jamás, en todos los servicios de urgencias en los que trabajé, encontré demasiado. La mayoría de las limpiezas de heridas que realizamos suelen ser toscas y simplonas. Trabajar, años después, en un centro de salud me enseñó cuánto quedaba por hacerse donde nosotros acabábamos.

  Hablamos un poco mientras despego la pegatina y le limpio aquella herida. Entre enterarme de su trabajo o del nombre de la neoplasia que le rezuma por las tripas percibo que también había algo de pus mezclada en aquella ecuación. Mala pinta. Voy a tener que venir a cambiar este apósito más de lo que me apetecería. Me voy a joder las piernas en esta postura, ya lo voy notando.

 

  Una hora después voy a cambiarla por tercera vez. La hubiese cambiado cien veces si hubiese hecho falta, pero en aquella ocasión sólo necesitó tres. “Sólo”.

-            Eres mi enfermero favorito.

-            Me alegra haberte engañado tan bien. Me da pena que sólo te vaya a durar hasta que aparezcan los buenos de verdad por la mañana.

-            ¿De verdad no te gusta este trabajo?

 

  Sin despegar mi vista de la cura le respondo que estaba empezando a cogerle cariño ahora que había descubierto que una de mis funciones era arrodillarme frente a gente. ¡Es sólo cuestión de tiempo que alguien se confunda, grite “Sí quiero” y de con el braguetazo que me saque de trabajar de noche!

  Mientras cubro su herida con una compresa para absorber el contenido que no para de salir puedo escuchar su risa sobre mí y su barriga tiembla tímidamente. Cojo mi apósito, le quito el papel protector de la pegatina y, con sumo cuidado lo pego alrededor de la gasa. Lo estiro de manera que no quede ningún pliegue con mis dos manos acariciando su barriga, casi sin grasa. Finalmente, satisfecho, doy un par de toquecitos al apósito y digo “y hasta dentro de veintisiete segundos debería durarte”, mirando arriba, donde está su cara. Pero la tierna mirada que antes me buscaba y que ocultaba su sonrisa ahora eran ojos en paz y una cabeza suspendida, sólo prevenida de abalanzarse sobre el suelo por un cuello y un cuerpo que la sostienen a duras penas. Su boca, semiabierta, es la pista definitiva.

  Miro hacia atrás rápidamente para encontrar, en la cara de su pareja, la información que necesito. ¿He estado tonteando tanto tiempo con el apósito? ¿Cuánto tiempo lleva muerta?

  Él abre ampliamente los ojos y, con la voz cargada de miedo, me dice “¿Ya está?”


(Continuará)



jueves, 11 de septiembre de 2025

Excuse me this one

  Apagué, finalmente, el motor y salí a estirar las piernas con el coche ya aparcado.

  El atardecer se insinuaba ronroneante en el horizonte y mi visión empezaba a empeorar, pero reconocí mi destino a la izquierda, en una casa que se situaba justo en la esquina que da al mar de un triángulo urbano.

  Me coloqué mi sombrero y comencé a andar en aquella dirección.

 

  Me preguntaron mucho por qué había conducido dos horas hasta Portugal. En aquel momento no recuerdo bien qué contesté. Creo que fue algo como que la sentía como mi hermana pequeña y me encantaba verla.

  Así que cuando salí de aquella fiesta al mediodía siguiente, me monté en mi furgoneta y supuse que tenía bastante material para escribir dibujé una sonrisa bien grande. Empezó a llover lo justo para mojarme y fue glorioso olvidar durante unos minutos que tenía el aire cerrado y recordarlo cuando el motor estuvo caliente. Canté un par de canciones y tuve el parabrisas dando vueltas todo el tiempo, como un hipnotista.

  Entonces llegué a casa y la vida me pidió atención, así que lo fui posponiendo.

 

  Unos días más tarde, no sé por qué, pensé de nuevo por qué había ido. Y pensé en cuando vivíamos juntos.

 

  Porque con ella me di cuenta de algo que me había pasado antes pero no sabía nombrar. Y yo tengo una filia rara con las palabras. Una especie de síndrome Pokémon por el que las tengo que capturar todas.

  Que existen amistades y enemistades. Que hay personas con las que deseas estar y personas con la que su mero pensamiento te genera náusea. Que, además, hay personas con las que las vibraciones son mucho más fuertes y los decibelios parecen olas y hay personas que traen un jardín de arena al aire. Que hay seres con los que estás de vacaciones en un parque de atracciones, con otros con los que estás en el colegio y otras con las que estás en casa.

  Y entonces me di cuenta de dos cosas:

  La primera es que cogí la furgoneta de la lluvia al sol y del sol a la lluvia, me disfracé de cowboy, bailé hasta las 3 de la mañana con completos extraños y llevé a un simpático y alegre mozambiqueño a su casa ante la falta de taxis y simplemente poder decir esto en un párrafo me parece divertido, que es uno de los motores de mi vida: el esperpento.

  La segunda es que tenía miedo de perder los amores del día a día; a la gente que ves constantemente, que los he tenido cerca, porque creía que eran la esencia de una vida plena. Y, ojo, sigo creyendo que son importantes. Y así recordé que tengo muchos amores diseminados por el mundo que puedo ver una vez después de diez años y seguir generándome ternura, cariño y ganas de cuidar y ser cuidado.

 

  Y, ¡coño! ¡Eso es para estar alegre!

 

Miguel Ángel. 13/04/25, Sevilla



jueves, 4 de septiembre de 2025

Promesa cumplida (3/6)

-               ¿Te gusta tu trabajo?

-               No mucho – sonreí.

-               ¿Y por qué lo haces? – preguntó genuinamente confusa.

-               Pues dime tú en qué otra profesión voy a tener tantas citas de noche y voy a poder hacerlas todas en pijama – se llevó la mano a la boca para reír.

-               Eres muy simpático.

-               Joder, ¿has oído? – dije mirando a su pareja, que estaba sentado junto a la puerta con la cabeza entre las manos – imagina si me hubieses pagado el paquete premium como te dije – volví a mirarla a ella – vas a tener que quedarte con el paquete básico toda la noche, pero quizás le podemos convencer de que afloje un poco más porque yo de normal soy muy mustio – volvió a llevarse la mano a la boca – ¿Los dientes los reservas para las visitas institucionales? Esa gente no tiene lo que hay que tener para venir a trabajar de noche así que puedes gastar un poquito de esmalte hoy conmigo – y por fin pude ver su sonrisa.

 

  Si yo hubiese sabido todo lo que me iba a perseguir esa pila de dientes hubiese cerrado los ojos tan fuerte que mis pestañas se habrían fusionado.

 

 

-               Tengo que irme, cariño, pero volveré. ¿Te duele algo?

-               No, estoy bien.

-               Perfecto, entonces nos veremos luego.

-               ¡Espera! …Quiero un zumo. ¿Puedes traerme un zumo? ¿Tenéis zumo?

-               Y si no lo hay te estrujo yo las naranjas, no te preocupes. Tendrás que esperar un poco, ¿vale? – y asintió, y sus ojos brillaron un poquito.

 

  Mientras acabo la ronda de medicación que viene después, su pareja me aborda en el pasillo. Necesita hablar. Él también tiene cuarenta y pocos. Había conseguido dormir un poco los últimos días, pero no demasiado. Pequeños logros. Se le escapa alguna lágrima.

 

  Vuelvo al control a por el zumo prometido y allí está Alfredo, organizando algo.

-            Tío, ten cuidado, que resulta que la pava esta – se refería a ella - es la hermana de un adjunto potente de aquí y se ha estado quejando de las del turno de tarde y amenazando con poner reclamaciones.

-            Tranquilo, esas bestias no vienen de noche.

-            Pero estate al quite.

-            Que sí, que sí – y mi segunda afirmación quedó casi muda por el frigorífico cerrándose.


(Continuará)