Hoy es 23 de noviembre de 2023.
Es el penúltimo veintitrés del año y se me antoja corto, como si, parafraseando
“alguien me hubiese robado el mes de abril”.
Recuerdo ser niño y mirar al
reloj con rabia, como si no fuese a la velocidad a la que yo quería que fuese.
Deseaba llegar aquí por la libertad que representa el tiempo cargado en la
espalda. Tus propias normas, tus propios caminos. Tus propios errores, le faltó
por imaginar al niño.
En algún momento, recuerdo
reflexionar que empecé a pensar que el tiempo pasa igual y me decidí a volver a
estudiar porque sabía que llegaría un día en que miraría hacia atrás y diría
“pues ya está” en lugar de “podría haberlo hecho en este rato, total, no hice
nada”.
“Joder, cómo pasa el tiempo” y
dos personas se miran sonrientes por la calle, mientras yo lío un cigarrillo
junto a mi ventana con una humedad relativa baja, de acuerdo con mi higrómetro.
Será que los ojos se cansaron de llorar después de tanto tiempo, después de
tantas viudas y tantos huérfanos, después de tantas despedidas y después de
tantas y tantas noches largas como un segundo en la cabeza de un niño y tan
cortas como una vida en la del viejo.
Recuerdo sangre, no mía, en la
mano. La recuerdo en mis pantalones, en mis zapatos e, incluso, en mi cara. Al
principio caliente, o fría, según el caso, pero húmeda. Al poco se va volviendo
una especie de gelatina y algo después se vuelve una costra seca y se refugia
en cada uno de los pliegues que tenemos en la mano, como un mapa rojo que no
indica ningún tesoro. ¿Cómo será el tiempo para esos glóbulos rojos que, de un
momento a otro, pasan de insuflar vida a reflejar muerte en las manos de quien
menos esperaban?
Si pudiese rebobinar, ¿a cuándo iría?
Miguel Ángel. 23/11/23,
Sevilla



