Entradas populares

jueves, 25 de diciembre de 2025

Caronte

  Me paso el día remando.

  De lado a lado de esta laguna, que por nombre tiene Estigia.

 

  Almas que en pena vagan, a mi barco suben. En mi barco comen, ríen, beben, follan, duermen, juegan, se abren, lloran…en mi barco viven. Los soles se cambian por lunas y estrellas. Se vuelven a cambiar, y ahí siguen las almas. Esta última vez subió una rubia.

  En las primeras remadas, escuece un recuerdo profundo. Escuecen todas las paladas del viaje previo, casi siempre. A la vez, son dolores dulces. Me alegra que al otro lado hayan llegado.

  Un día, sale el mismo sol de siempre, pero este sol es distinto, y el aire es cálido cuando están encima a partir de ese sol. Se siente vivo en la cara y el cuerpo. Da ganas de sonreír. Se sonríe más cuando se lleva pasaje. De noche comíamos sushi y nos deshacíamos. Jugamos a muchas cosas. Se picaba al perder. Era muy graciosa. Hablábamos de todo. Le cambiaba el acento cuando hablaba con las almas de sus familiares.

 

  Para cuando llegamos a la mitad del camino, las almas ya no son las que entraron. Evolucionan de maneras impredecibles. Anda con seguridad sobre ese culo y piensa con menos tinieblas. Su mundo ya no está acotado.

 

  Entonces, la realidad.

  Ya es el fin. No me acostumbro. No sé predecir cuándo llegaremos. Lo que yo pienso que es la mitad, a veces, es el fin.

  Algunas almas saben que el viaje tiene fin. Son almas sabias. Más sabias que yo, que no paro de hacerlo.

 

  La barca se revuelve cuando sale. Su peso deja de arrastrarla un poco al fondo. Poco después, la barca vuelve a revolverse. Siguiente viaje. Muevo los brazos para empezar.

  A medida que el remo entra en el agua pienso lo mismo durante varios días:

  Primero, volverá.

  Después, odio estos remos. Odio remar.

  Más tarde, cuando vuelva del siguiente viaje puede que me espere en el puerto.

  Luego, los remos pesan demasiado. No quiero remar. Quiero tumbarme. Respirar molesta.

  Un día, fue bonito tenerla en la barca. Me alegra haberla visto crecer. Hoy el sol es el mismo. Y sin embargo es diferente.

 

Miguel Ángel. 12/11/25, Sevilla



jueves, 18 de diciembre de 2025

De cómo acabé en prisión (3/3)

Comienzo a pensar en qué podría hacer si diese positivo; no vivo demasiado lejos, podría coger un taxi o incluso ir andando. En menos de una hora seguro que estoy ya en casa. Recuerdo que, por pereza, no he cambiado la pegatina de la ITV que llevo detrás y está desactualizada. El letrero evoluciona y reza ahora “Y DROGAS”. Es en ese momento cuando sé que estoy verdaderamente jodido y aparecen los nervios.

  Un guardia civil me indica que aloje la moto en el arcén y así lo hago. Me informa: lo hace para que me quite el casco. Se lo agradezco. Me ofrece un pitorro a insertar en una máquina. Lo introduzco. “¿Ha bebido usted?” “Una copa” “¿Ha tomado drogas?” “No” “¿Seguro?” con rintintín. Me encojo de hombros; ya le he mentido una vez y no me apetece seguir con esta farsa, prefiero que él asuma qué es verdad. Sinceramente, el alcohol me ha arrebatado cualquier rastro de lucidez que me pudiese quedar tras madrugar en la playa casi sin dormir y estar allí, después de jugar al ajedrez varias horas, a las tres de la mañana, después de hablar de literatura, de política, de relaciones, de la vida…es demasiado, señor agente. Soplo ininterrumpidamente, pero la máquina chiva que no lo he hecho bien. Recuerdo al de Pim Pam Toma Lacasitos. Me dice que lo vuelva a intentar. Soplo ininterrumpidamente. Esta vez sí. Nadie celebra lo imposible de mi hazaña. “¿Cuántos años tiene de carné?” “No sé (es que van a pillar) diez o doce” Le doy la identificación y la mira a la luz de la moto. Me escanea de arriba abajo tras leer el resultado del alcoholímetro. “Lleva usted calzado inadecuado, podría perder dedos.” Nadie se da cuenta de lo estúpido que es decir eso si no llevas protección adecuada en el resto del cuerpo. Perder dedos de los pies se me antoja una preocupación estúpida si raspas todo tu cuerpo a sesenta por hora a lo largo de cien o doscientos metros contra asfalto a cuarenta grados. Un zapato cerrado sólo hará que se me quede más plástico pegado a lo que me sobre de dermis.  “Ya, lo sé, trabajo en quirófano y he visto lo que pasa” intento usar la carta del chico estudiado para que no piense que mis prendas hippies y mi riñonera de cuero llevan inevitablemente a consumo habitual de marihuana, que da resultados positivos hasta una semana después de haber consumido por última vez (o más). Yo llevo menos de veinticuatro horas. “Ha dado usted 0’11” mi cara no sabe cómo responder a este hecho. “¿Y eso qué significa?” “Puede usted circular, por favor, no beba si va a conducir” “Muchas gracias. Yo no suelo beber” “Claro.” ¿Qué sentido tiene intentar convencerlo de la verdad?

 

  Cojo mi moto y me despido. Por hoy, me he salvado de una multa de mil euros. El mismo día que decido beber. Me voy a fumar uno a su salud.

 

Miguel Ángel. 14/07/2025, Sevilla


jueves, 11 de diciembre de 2025

De cómo acabé en prisión (2/3)

  Llegados allí uno de los invitados pregunta al camarero si tienen tónica de una marca, llamémosla, Suepés. Responde el joven que sí. Pedimos dos gintonics con limón, un ron cola con naranja y yo pido un Joaquín Daniel de miel cortito con cola, que un día es un día y no siempre voy a ir bebiendo tés fríos. Vuelve algo después con una bandeja que no podía manejar con soltura. Sobre ella, reposan dos tónicas, que llamaremos Brissa. El invitado que preguntó señala y menciona que quería Suepés. El camarero responde que es lo que hay, mientras procede a echar la ginebra en una gran copa. El líquido va cayendo y, tácitamente, decidimos no increpar a un joven que puede estar estrenando su cotización. Comienza a echar la ginebra en la segunda copa, que tiene una rodaja de naranja. Se le menciona y dice “bueno, da igual”. Cambiamos nosotros las rodajas mientras me informa que no tienen de miel. Cambio la comanda a un Joaquín Daniel con cola, cortito. Al poco, vuelve, con su bandeja, la botella, la copa y la cola. Comienza a echar el alcohol dentro de ella mientras me enzarzo en un debate sobre literatura y cuando me quiero dar cuenta la copa está a rebosar de elixir. Me río y le digo “quería cortito, tengo ahí la moto” “Bueno, da igual” “Es cierto”. Decido no tirar nada y proceder a pagarle para luego beberme toda la copa igualmente.

 

  Al rato, los hielos tocan el fondo del cristal, el ambiente es más melancólico y las casas de cada uno están lejos, así que nos abrazamos y despedimos. Ha sido un verdadero placer. Cojo mi moto habiendo dado los últimos tres tragos hace, aproximadamente, treinta segundos. Me noto ligeramente tocado; los dedos de los pies sienten algo menos la gravedad, mi cara tiene un ligero acolchamiento, mi aliento es dulzón y mi mirada atraviesa cristales sin que estén ahí, como si alguien hubiese puesto una lente extraña en mi cornea que no molesta, pero adultera el mundo. El viento es distinto y todo me parece bien. Es en ese momento cuando me planteo si quiero ir por el camino rápido o el lento. Arranco la moto sin haberlo decidido y la música se va reproduciendo mientras reflexiono sobre qué debería hacer de cara a ahorrarme posibles controles, que es algo que todos los ciudadanos de bien hacen cuando beben y yo, que soy un borracho amateur en esta secuencia de mi vida, tengo que ejercitar.

  Decido ir por el camino rápido porque llevo varios años sin tener que verme obligado a someterme a un test de drogas o alcoholemia, por lo que cuando giro un córner, sin más salida ya, y en la chapa del coche de delante se refleja una luz azul me avergüenza desear que sea una ambulancia y el karma me entrega un control policial. Sobre el coche, un letrero reza “CONTROL ALCOHOLEMIA”.


(Continuará)



jueves, 4 de diciembre de 2025

De cómo acabé en prisión (1/3)

—¿Calatón?

—Sí— respondí señalando la parte exterior de un librillo— es como estos papeles, pero en lugar de papeles, tiene cartón, como esto, mire.

—¿Pala qué quieles calatón? — y se ríe.

—No importa. Es un euro, ¿verdad?

—Un eulo, sí.

 

  Suena una canción que impacta en alguna parte de mi cuerpo a través de los oídos y repaso con mis dedos el tacto exterior del librillo. Lo suave y terso de su exterior me hace recordar una conversación que tuve hace poco sobre una corriente filosófica nacida en Corea del Sur y las personas tienen las caras idas. Son caras alegres, tristes, ocupadas u ociosas, pero todas idas. Unos chicos toman refrescos sentados en un poyete. A su edad yo compartía una litro en bancos que han cedido su espacio a las obras de un metro que promete estar aquí en un periodo no inferior a años por venir. Temo, en algún momento, olvidar la orografía previa y asumir que los socavones siempre estuvieron ahí, donde mi adolescencia transcurrió, borrada, como tantos otros posibles rastros de por dónde pasé o los sitios que pasaron por mí. Algún día se terminará el chiste y mi mismo cuerpo se convertirá en cenizas en las que un gusano guasón, goloso y gelatinoso se refriegue sin pudor.

  Cierro los ojos mientras el sol me relame los párpados por fuera pintándome el interior de la piel que recubre mis ojos de tonos cobre y los abro estando en la playa. Mi amiga se bebe una cerveza caliente y decido ayudarla porque tiene la insana pretensión de bebérselas todas. No suelo tomar alcohol, así que esto se puede considerar un sacrificio.

  Empieza a ser tarde y tengo un compromiso, así que recogemos, terminando de beberlas, y nos montamos en la furgoneta. Una lista de música nos acompaña y mi amiga termina el porro que empezamos ayer y se duerme, así que le digo adiós a la cola de reproducción e inicio una introspección a fuerza de house. Ella luce pacífica y relajada, con restos de pizza en su fantástico vestido. Desarrollo una leve envidia porque me siento cansado, pero esta noche tengo un compromiso.

 

  El reloj no me respeta y acabo llegando justo a una nave en un barrio de la periferia de Sevilla. Como es sábado por la noche sólo estamos ahí unos cuantos desadaptados y algunos coleguitas dispuestos a competir al ajedrez sin que haya premios monetarios que lo justifiquen. Ni las personas que han venido conmigo ni yo pensamos ganar, sólo jugar y vernos las caras, así que cuando no perdemos todas las partidas sentimos cierta euforia. Comentamos las jugadas y los razonamientos y nos reímos.

  Son la 1 de la mañana ya y tenemos muchas cosas de las que hablar que no incluyen tableros, así que decidimos seguir la reunión en un pub cercano.


(Continuará)



jueves, 27 de noviembre de 2025

La teoría de Javi

  Oye, gracias por cogérmelo. Tenía ganas de hablar contigo.

  Como te iba diciendo, tía. Estábamos hablando y la cosa se puso sucia. Se me queman los ojos mirándola y le digo que me vuelve loco follármela. Me suelta que eso no sólo se lo digo a ella y le digo que no y que eso no lo hace menos cierto. Y ahí ya nos comimos jajaja.

Jajajaja qué cerdo eres.

  Y me ha dado que pensar, ¿sabes...? Osea, me dan ganas de preguntarle cuál es su grupo de música favorito y si sólo escucharía sus canciones, basada en las que ha compuesto, de ahora en adelante, por no faltarle el respeto.

  Y si coges flamenco te olvidas del rock, del hiphop, de la clásica o del jazz. Y coges canciones de otra gente en ese mismo estilo o en otros y es que te sale una sonrisa.

Total.

Pero no es lo mismo.

  Claro, las personas ofrecemos una experiencia impresionante. Podemos bailar juntos, saltar juntos, gritar juntos, llorar juntos, ver una peli juntos. Hay personas con las que no ves un partido de fútbol ni aunque te amenacen con un rifle y con esas te tomas el café que sabe a brisa de mar en verano con el azúcar de las nubes que te dan tregua de sol.

Qué bonito.

  Calla, que lo que digo…

Imbécil.

  Cuando conoces a alguien con quien te puedes devorar y quemarte en deseo mutuo, y también te puedes contar lo bueno que te pasó en el trabajo y le escuchas lo que le dijo el otro día Juanita, que es una perra del gimnasio. No sé, será que yo deseo mucho. Será que me quiero comer el mundo. No sé.

No, a ver, yo te entiendo, Javier. Pero no todos somos así. Yo prefiero más estar con una persona.

Es que no me apetece.

Tú has sido siempre más libre jajaja.

  El otro día iba en el coche y me acordé de una amiga.

¿Esta?

  No, otra. Y estaba llegando a casa. Y sonó una canción que nada tiene que ver con ella, pero fue la mezcla de todo que me sentí muy vivo y canté en el coche a grito y me emocioné.

Ojú, se te va jajaja.

  Tú sabes que no la tuve nunca muy bien fija al cuerpo. En fin, que déjame que prefiera la hoguera.

¿Qué hoguera, Javi? ¿La hoguera de sentimientos que arde si estoy a tu vera? Jajajaja.

  No, no sé, creo que soy un personaje referencial.

¿Qué?

  A veces, la gente cuando escribe mete a un personaje en la obra por hacer una referencia a alguien o algo. Yo podría ser ese personaje. Podría ser una referencia jajaja.

  No, ya en serio, ¿cómo te fue en el examen, Lucía?

No, personaje desde luego que eres. Pues mira…

 

 

Miguel Ángel. 25/06/2025, Sevilla



jueves, 20 de noviembre de 2025

Carrillada ibérica (2/2)

  A lo largo de mi vida adulta he buscado claves que me hiciesen más feliz. Claves que hiciesen mi experiencia más dichosa. Rara vez he encontrado códigos secretos que, de cumplirse, mejoren la existencia de manera automática, por no decir que nunca. Sin embargo, y sin que sirva como prescripción, encontré alegría en amar como si mi pecho fuese infinito. Nunca se lo he dicho a ella; mi abuela es mi fuente de inspiración. Quiero cocinarle a todo el mundo con el amor con el que cocina mi abuela y quiero que todo el mundo se sienta a mi lado tan a gusto como yo con ella. Quiero ser la llama a la que te acercas en invierno y el abrazo que te cobija en los malos tiempos. Quiero tener siempre una frase ingeniosa en la boca que cierra las discusiones con una carcajada que de la vuelta a todo y quiero, sobre todo, ser humilde en mis propósitos.

 

 

 

  Por eso, cuando ella me pide un café por el móvil mientras está ocupada, yo no respondo. Y cuando ella me manda una imagen simbolizando que está triste porque yo no he respondido mientras caliento su taza sonrío pensando en la emoción que le va a hacer verme entrar por la puerta. Pero nada en mi imaginación es comparable a la imagen de sus ojos llenos de alegría y de cariño cuando da el primer sorbo y me dice te quiero con los ojos casi en blanco. Ahí yo siento una ternura que me recuerda a los domingos con mi abuela comiendo carrillada. Ahí siento que cumplo.

  Y me lanza un beso, y desaparezco por la puerta como los actores mediocres de la escena. Y vengo aquí a escribirlo antes de que lo olvide. Antes de que se queme ese recuerdo en los miles de otros recuerdos que me bombardean hasta que olvido la esencia; hasta que olvido que vivo por algunos de esos recuerdos que escapan a ser fijados porque estoy demasiado pendiente a sobrevivir a los que vienen.

 

Miguel Ángel. 27/11/2024, Sevilla



jueves, 13 de noviembre de 2025

Carrillada ibérica (1/2)

  En octubre de 2015 metí maletas en una cinta transportadora y fueron escupidas en un aeropuerto en Reino Unido donde, tras casi una hora de autobús comenzaría una aventura que duraría casi diez años y recorrería unos cuantos lugares en mi búsqueda de una vida agradable.

 

  Atrás dejé la costumbre de ir a comer los domingos con mi familia que, a veces, pretendía saltarme durante mi adolescencia. Atrás dejé ver a mis tíos, mis primos, mis padres, mi hermana y mi abuela bajo el mismo techo de manera recurrente.

 

  En lo que duró mi aventura, el tiempo no se congeló en la ciudad donde los domingos se reunían y, poco a poco, se le fueron cayendo pedazos a las fotos en las que salíamos todos sonriendo.

  Para cuando empecé a pensar en volver, los domingos ya eran sólo domingos en esta parte del mundo, y cualquier atisbo de reunión especial quedaba sólo para los adictos a la nostalgia.

  Un día pensé que, al ritmo al que estaba viendo a mi abuela, me quedarían, como mucho, unos pocos días más de vida con ella a mi lado y no estuve dispuesto a rascarle otra cara más a mis fotos sin que estuviesen guardado a fuego en mi piel sus abrazos, su risa, su eterna memoria o su comida.

  Sí, su comida, que tiene la magia de la protagonista de una novela de Laura Esquivel. Sus espinacas son capaces de revivirme, sus guisos me devuelven la sonrisa en los días en los que más frunzo el ceño y su forma de disponer la mesa como si fuese un banquete, aunque seamos tres siempre me ha traído esa sensación de estar en casa y que nadie sobre, ni el taxista, pero esa es otra historia.


(Continuará)



jueves, 6 de noviembre de 2025

GEA Joe (2/2)

  Un rato antes envío un whatsapp a mi coordinadora. No estoy para trabajar. Me responde a la media hora. “AVISA.” “Lo estoy haciendo ahora.” “Llama al supervisor de guardia.” “Dame su número, por favor.” Debería entrar en menos de diez minutos. Llamo al supervisor. Una voz grave me da los buenos días. “Le llamo porque trabajo en tal sitio y no voy a poder ir.” “Pero hijo, ¡para esto se llama antes!” “Me han dado el número hace diez segundos. Lo siento mucho.” “No pasa nada, que te mejores. Has dicho que trabajas en tal sitio, ¿verdad?” “Verdad.”

 

  Unas horas antes, en buena compañía, sostenía una croqueta con la mano. Ella se reía. “Si empiezas a comer ahora, en hora y media deberías necesitar el baño.” No si puedo hacerlo antes, pensé. La croqueta me vio ir tres veces a despedirme de ella y otros amigos en lo que me la comía. Estaba buena. Una pena.

 

  No soy un buen enfermo.

 

  Mi doctora se apiada de mí. La última vez me trató peor. Supongo que revisar a alguien sano le inspira menos ternura que ver a alguien torcido, rozado por la molestia. “Muy bien, muy bien. También vas a tomar suero.” “Estoy tomando bastante agua e infusiones.” “Lo tienes en la tarjeta. No te obligo a tomártelo, pero es lo ideal.” “De acuerdo.”

 

  En la farmacia una mujer se aburre de esperar y paga veinte céntimos para medirse y pesarse. 1,69, 102 kilos. Después va a un estante con perfumes y pregunta por algunos que no están ya. Evidentemente, pasa demasiado tiempo en la farmacia. Al menos, el suficiente para conocer la vida y obra de los perfumes que en esa estantería hacen guardia.

  La farmacéutica es una mujer entre cuarenta y cincuenta con un pelo rojizo artificial y un peinado chulo. Me atrae. Habla de sus hijos con otra clienta. Soy un despojo, no estoy para romper familias ahora mismo. Creo que jamás lo estuve. Disculpen las familias que haya podido romper. Ahora que lo digo, recuerdo una vez…pero eso es otra historia.

 

Miguel Ángel. 11/09/25, Sevilla



jueves, 30 de octubre de 2025

GEA Joe (1/2)

  Entro en el centro de salud a primera hora. A la izquierda hay dos máquinas con pantalla táctil. No las he usado nunca. Son intuitivas. Introduzco un número que me representa desde los catorce años y me escupe un papelito. Me doy la vuelta y lo veo.

  Hay veinticinco asientos dispuestos en filas de 5. Sólo veo las nucas de la gente. Mucho pelo blanco. Todos jubilados. Todos se quejan. Espero no levantarme tan temprano cuando deje de cotizar.

  Hay dos pantallas que indican a quién le toca. Sale el numerito que tienen los papeles escupidos impreso. Saco mi libro y comienzo a leer a Bukowski. Ya es la segunda vez que me pilla rodeado de gente mayor, pero esta vez he tenido la decencia de hacerlo en inglés. La señora a mi lado me mira con interés. Cree que soy extranjero. No entiende el idioma. Asume que soy de Europa del Este. Diez minutos después, en cuanto pueda, se cambiará de asiento.

 

  Los funcionarios comienzan a despertar de su letargo y las pantallas no paran de lanzar alarmas mientras una lista interminable de letras y números aparecen en los televisores. Los viejos no saben qué hacer. No están preparados para el ritmo del resto de los mortales. Se quejan más. “NO DA TIEMPO.” Algo de aire saliendo de mi boca me resuena a “a un jubilado. Esto es ritmo para contribuyentes.” Pero resulta ser sólo un suspiro porque tengo un gato limándose las uñas con mi colon.

  Cada pocos segundos vuelve a sonar la alarma y aparecen nuevas combinaciones. Nuevas personas citadas al matadero. Levanto la cabeza con cada sonido. Una de las veces me quedo mirando la primera fila desde la última, en la que estoy. Un dios graciosete está jugando ahora mismo a hundir la flota con esta gente. A1, resfriado. A2, artrosis. A3, cáncer. Tocado y hundido.

 

  Llego al mostrador. Deme la tarjeta. Aquí tiene. “Es antigua.” Lo sé. Pedí la nueva hace más de medio año, pero no tengo ganas de pelear. “Sí, lo siento.” “¿Por qué viene?” “Quiero cita de urgencias.” Teclea algo. Pasan unos segundos. Largos para una persona que necesita un cuarto de baño cerca en todo momento. “Le verá su médica.” El cansancio, el dolor, el hambre…no sé la combinación correcta, me hacen reír y decir “pero dígame la hora y la consulta.” No me responde, me extiende un papel. He sido un gilipollas. La cita es para las doce y media. No sabe para qué quiero la cita. Dada mi edad y apariencia, bien podría ser un consumidor habitual de cocaína con dolor de pecho. A nadie le importa. Que se muera un pagador de impuestos antes de que le salgan canas.


(Continuará)



jueves, 23 de octubre de 2025

El abandono en la cima

  Tus necesidades sólo te importan a ti.

 

  Recientemente me enteré de por qué Franz Reichelt, o como a él le gustaba que le llamaran por aquel entonces, François Reichelt pasó a la historia. Para hablar de lo que a él le aconteció en 1912 tenemos que dar un pequeño salto a 1903, cuando los hermanos Wright realizaron el primer vuelo controlado y motorizado en Carolina del Norte.

 

  La historia de la aviación desde ese mismo momento se situó al costadito de François que en París, con 24 añitos, es un diestro sastre que apunta a lo más alto. Y allí es donde su vida se dirige, sin duda.

  Los siguientes años la industria de la aviación despega y en el lado del mundo donde se sabe de la noticia se puede respirar el progreso. El lejano mono surcando los cielos. Una nueva era de la piratería, ahora aérea, desde luego.

 

  Para cuando cumplió los 32 años, a François le habían concedido la nacionalidad francesa y quería aportar aún más de lo que sus muchas vestimentas habían tapado. Su curiosidad incansable y su deseo de mejorar el mundo le llevaron a diseñar un traje-paracaídas. Lanzó varios muñecos desde el quinto piso de su edificio y tuvieron éxito, lo que le llevó a apostar de manera firme por su invento.

  En 1912, François ya había cumplido 33 años cuando le permitieron hacer un experimento con muñecos desde la torre Eiffel, a 57 metros de altura. Allí le esperaban un doble equipo de grabación, algunos curiosos, prensa y policía.

  Cuando llegó a la plataforma con su traje y sus muñecos dijo que su intención, desde el momento en que supo que lo podía probar, era saltar él mismo. Aparentemente, nadie consiguió convencerlo, aunque tampoco parece que nadie estuviese preocupado. Al fin y al cabo, los experimentos habían funcionado. Al menos los primeros, porque todos los demás habían fallado. François se habría tatuado Skin in the game y habría sido amigo de Nassim Taleb.

 

  Así pues, se subió a la plataforma y dudó. Le jalearon un poquito. Esperó unos 20 segundos antes de cumplir una hazaña histórica y saltar, convirtiéndose en la primera persona en ser grabada muriendo, dando un porrazo estrepitoso contra la base de la torre y dejando un agujero. Su angustia duró poco más de 3 segundos y me da mucha curiosidad saber qué sintió. El forense indicó que murió de un ataque al corazón, pero no termino de creerlo.

 

  Todos los presentes sabían que era una locura. Un gran sastre. Un buen inventor. Alguien que podría haber probado muchísimas más ideas. Muerto por su necesidad de llevarse más allá. A nadie le importaron sus necesidades.

  A François no le dio tiempo a aprender que sus necesidades sólo le pertenecían a él. Al mundo le da igual que nos rompamos a 33 m/s, aproximadamente, sólo a nuestros quedos. En la Wikipedia no pone que nadie le echase de menos. Así se guardó su historia. Una cinta en blanco y negro. Una historia semijocosa. Un relato en un blog.

  Llegar a lo más alto así da vértigo.

 

Miguel Ángel. 03/10/2025, Sevilla

 



jueves, 16 de octubre de 2025

Savages

   El verano aprieta. La gente se queja. Yo disfruto, pero esa es otra historia.

  Estudio. Pesa. Las horas se vuelven años. Paso por ecuaciones diferenciales, línea a línea.

  Más horas. Se derrite el verano.

  No valen distracciones. Sigo estudiando.

 

  Suenan 3 acordes. Se me eriza la piel. Sé que es ella.

  Llevaba años sin escuchar esa canción. Explotan las emociones que he sentido con ella en mi barriga sin recordar ninguna de las experiencias que las generaron. La música me acompañó y me agarra del brazo para arrastrarme por mi vida. Me mete en una ola en la que doy vueltas de campana sin saber qué es arriba y qué abajo, con las fosas nasales limpias con el mar y la garganta pidiendo tregua en forma de bocanada.

  Y me encanta.

 

  Paro las ecuaciones. Guardo la canción para no volverla a perder. Sigo.

  Tú puedes, tigre. Tú puedes, tigresa.

 

Miguel Ángel. 16/08/25, Sevilla



jueves, 9 de octubre de 2025

AVE

  Si tuviese que explicarlo ante un jurado, diría que me ha pasado un tren por las entrañas.

  Siento como si algo las hubiese atropellado a toda velocidad y sólo quedasen las marcas en los intestinos y sus pliegues. Y esto es preocupante porque, como dijo Cervantes a través del Quijote, la salud se fragua en las oficinas del estómago.

  ¿Qué voy a hacer yo con un espacio arrollado como centralita? Últimamente no paro de pillar resfriados y enfermedades.

 

 

  Cuando pienso en lo que me ha preocupado la compañía a lo largo de mi vida comienzo a entenderlo. La soledad es algo que asusta a todo el mundo a mi alrededor. Deseosos de tener mala comitiva con el simple propósito de estar complementados.

  A mí me gustaría poder decir que he llegado a un punto en el que he trascendido esa necesidad, pero sólo he racionalizado que no cualquier sorbo de agua puede saciar esa sed para luego meter la cabeza hasta el fondo del pozo séptico más cercano.

 

 

  Y noto esa sensación, escondida en lo profundo de mi vientre. Como un pellizco astral que comprime mi estómago e intenta hacer que hiperventile. No puedo estar mucho tiempo sin cerrar los ojos, recostarme en la silla y respirar conscientemente para sobrevivirlo. Escribir estas líneas son como clavarme navajas a lo largo de todo el abdomen para hacer una fuente zen. Y cuando parece que llego a la paz resulta que es sólo el segundo antes de que caiga el aluvión de flechas en el valle en el que estoy con mi caballo. El eterno y silencioso segundo antes de que el sol quede eclipsado por madera y acero que, en breve, jugarán a los dardos con mi pecho, mi clavícula, mi esternón, mi tibia, mi peroné, mi cúbito, mi ingle, mi talón, mi glúteo, mi alma y mis deseos.

 

  Me avisaron muchas veces y escuché atentamente, pero supongo que no aprendí. Sólo eso parece poder explicar el derrotero en el que me encuentro.

  Aunque, honestamente, existe otra posibilidad: creo que estoy en un proceso de metamorfosis, de cambio. Necesariamente se tienen que romper los huesos y formar nuevas cosas. Qué sé yo de esto si no nací mariposa. Tiene que ser doloroso, creo. Cambiar la forma en que respiras, en que vives, en que andas, en que vuelas. Eso no puede ser fácil. No creo que sea un fenómeno pasivo.

 

  Espero que sea eso. Espero que esta soledad sea que me descamo de quien era para emerger como lo que voy siendo. También puede ser una simple crisis. Creo que me hace falta ponerme a trabajar pronto y dejar de estudiar tanto o terminaré suscrito al lexatín.


Miguel Ángel. 13/03/2024, Sevilla



jueves, 2 de octubre de 2025

Promesa cumplida (6/6)

  Al poco aparece por allí el hermano, con una bata, y recorre la habitación desde la entrada, junto a la que está su hermana, sobre una cama ya, hasta la ventana junto a la otra cama, vacía. Mira al infinito entre las pocas estrellas que se ven desde allí.

  Es un hombre mayor que ella, de unos cincuenta y largos años, pelo canoso, fuertecito, con una ligera barriga y cara de asco. De esa fiera que me advirtieron sólo veo la carcasa, porque por dentro está hecho una mierda y no le quedan fuerzas para enfrentarse a lo inevitable. ¿Para qué va a buscar culpables? ¿Le van a devolver a su hermana? Entonces la mira y llora. Todo ese hombre que había atemorizado a unas muchachas a la tarde asume su rol en esta historia. No es un malvado médico con un látigo buscando una excelencia inalcanzable, es un pobre diablo que notaba como se le escapaba entre las manos la vida de su querida compañera, habiendo él estudiado para salvar. Se encuentra despidiéndose sin poder hacer nada. Ni siquiera pudo estar para agarrarle la mano. Estaba trabajando. La chica se tuvo que conformar conmigo y mis mierdas.

 

  A las ocho de la mañana llega el cambio y vamos los del turno, como acostumbramos, a desayunar al bar de al lado. Nos sirve para desestresarnos y compartir lo que la mayoría de los mortales no tiene la capacidad de recibir. Alfredo cuenta entre risas el recuerdo que tiene de mí buscándolo por el pasillo con la cara desencajada. Todos nos reímos y noto la tenia en la que se va a convertir su recuerdo avanzándome por el estómago impidiéndome disfrutar de una historia que, en cualquier otro momento, me hubiese matado de risa. Ahora sólo me queda fingir porque no tengo claro qué me está aporreando la sesera. La tostada del día es de longaniza.

  Ese día estuve un rato mirando al techo, sin poder dormir, preguntándome si la había matado yo de la risa o se había muerto ella sola. Y, lo más importante, ¿se fue sin sufrir? Yo creo que sí. Yo espero que sí.

 

Miguel Ángel. 17/08/2024, Sevilla



jueves, 25 de septiembre de 2025

Promesa cumplida (5/6)

  NO ME JODAS. Tiene cuarenta y pocos años. ¿Tengo que agarrarla de las piernas, tirarla al suelo dándole una hostia en la cabeza y empezar a reanimarla rompiéndole alguna costilla? ¿Era ella una de las LET? ¿Por qué coño sé que tiene un hermano y no si es una LET? PIENSA. Su puto hermano te va a meter un puto puro de la leche si la cagas. ¿La has cagado ya? ¿Hay espacio para más esperpento?

 

  Así que, como acostumbro, me la juego. Lanzo el puñal al aire y respondo con la más absoluta calma “Tenemos que confirmarlo, necesitamos un electro” mientras noto que no hay latido. Me ayuda en mi decisión de no empezar con el espectáculo que este hombre no se haya levantado a zarandearla para despertarla.

  Salgo al pasillo y con un grito consigo a Alfredo. Con el pulso a mil por hora, aproximadamente, le hago señas para que me diga si es LET o no y su sonrisilla guasona disfrutando de mi ataque al corazón mientras empuja el carro de paradas me tranquiliza.

  Vuelvo a entrar para ver a un hombre desecho. Me abraza con fuerza y me da las gracias mientras yo siento que no he hecho nada útil y aún dudo de si me la he cargado yo de una risa inoportuna.


(Continuará)


 

jueves, 18 de septiembre de 2025

Promesa cumplida (4/6)

  Como prometí, dejo aquel zumo en su poder y me voy a seguir haciendo cosas, que no todo en este trabajo es jauja.

  Una hora después son las once y media de la noche, aproximadamente. La noche es cerrada y la única luz que permite ver a los ojos de novato es la artificial, pero nosotros somos fijos de noche, hechos ya a las virtudes y los defectos de las madrugadas.

  Al pasar por delante de su habitación ella sigue allí, en su sillón. Yo aún no he podido parar a leer las historias de mis pacientes porque habíamos tenido un par de pacientes nuevos a los que asistir. Me señala el apósito de su vientre. Le hago saber que volveré.

  Cojo mis cosas y me arrodillo frente a ella armado de gasas, apósitos y desinfectantes. Alguno se podría plantear que en un hospital habría productos de curas especiales, pero lo cierto es que jamás, en todos los servicios de urgencias en los que trabajé, encontré demasiado. La mayoría de las limpiezas de heridas que realizamos suelen ser toscas y simplonas. Trabajar, años después, en un centro de salud me enseñó cuánto quedaba por hacerse donde nosotros acabábamos.

  Hablamos un poco mientras despego la pegatina y le limpio aquella herida. Entre enterarme de su trabajo o del nombre de la neoplasia que le rezuma por las tripas percibo que también había algo de pus mezclada en aquella ecuación. Mala pinta. Voy a tener que venir a cambiar este apósito más de lo que me apetecería. Me voy a joder las piernas en esta postura, ya lo voy notando.

 

  Una hora después voy a cambiarla por tercera vez. La hubiese cambiado cien veces si hubiese hecho falta, pero en aquella ocasión sólo necesitó tres. “Sólo”.

-            Eres mi enfermero favorito.

-            Me alegra haberte engañado tan bien. Me da pena que sólo te vaya a durar hasta que aparezcan los buenos de verdad por la mañana.

-            ¿De verdad no te gusta este trabajo?

 

  Sin despegar mi vista de la cura le respondo que estaba empezando a cogerle cariño ahora que había descubierto que una de mis funciones era arrodillarme frente a gente. ¡Es sólo cuestión de tiempo que alguien se confunda, grite “Sí quiero” y de con el braguetazo que me saque de trabajar de noche!

  Mientras cubro su herida con una compresa para absorber el contenido que no para de salir puedo escuchar su risa sobre mí y su barriga tiembla tímidamente. Cojo mi apósito, le quito el papel protector de la pegatina y, con sumo cuidado lo pego alrededor de la gasa. Lo estiro de manera que no quede ningún pliegue con mis dos manos acariciando su barriga, casi sin grasa. Finalmente, satisfecho, doy un par de toquecitos al apósito y digo “y hasta dentro de veintisiete segundos debería durarte”, mirando arriba, donde está su cara. Pero la tierna mirada que antes me buscaba y que ocultaba su sonrisa ahora eran ojos en paz y una cabeza suspendida, sólo prevenida de abalanzarse sobre el suelo por un cuello y un cuerpo que la sostienen a duras penas. Su boca, semiabierta, es la pista definitiva.

  Miro hacia atrás rápidamente para encontrar, en la cara de su pareja, la información que necesito. ¿He estado tonteando tanto tiempo con el apósito? ¿Cuánto tiempo lleva muerta?

  Él abre ampliamente los ojos y, con la voz cargada de miedo, me dice “¿Ya está?”


(Continuará)



jueves, 11 de septiembre de 2025

Excuse me this one

  Apagué, finalmente, el motor y salí a estirar las piernas con el coche ya aparcado.

  El atardecer se insinuaba ronroneante en el horizonte y mi visión empezaba a empeorar, pero reconocí mi destino a la izquierda, en una casa que se situaba justo en la esquina que da al mar de un triángulo urbano.

  Me coloqué mi sombrero y comencé a andar en aquella dirección.

 

  Me preguntaron mucho por qué había conducido dos horas hasta Portugal. En aquel momento no recuerdo bien qué contesté. Creo que fue algo como que la sentía como mi hermana pequeña y me encantaba verla.

  Así que cuando salí de aquella fiesta al mediodía siguiente, me monté en mi furgoneta y supuse que tenía bastante material para escribir dibujé una sonrisa bien grande. Empezó a llover lo justo para mojarme y fue glorioso olvidar durante unos minutos que tenía el aire cerrado y recordarlo cuando el motor estuvo caliente. Canté un par de canciones y tuve el parabrisas dando vueltas todo el tiempo, como un hipnotista.

  Entonces llegué a casa y la vida me pidió atención, así que lo fui posponiendo.

 

  Unos días más tarde, no sé por qué, pensé de nuevo por qué había ido. Y pensé en cuando vivíamos juntos.

 

  Porque con ella me di cuenta de algo que me había pasado antes pero no sabía nombrar. Y yo tengo una filia rara con las palabras. Una especie de síndrome Pokémon por el que las tengo que capturar todas.

  Que existen amistades y enemistades. Que hay personas con las que deseas estar y personas con la que su mero pensamiento te genera náusea. Que, además, hay personas con las que las vibraciones son mucho más fuertes y los decibelios parecen olas y hay personas que traen un jardín de arena al aire. Que hay seres con los que estás de vacaciones en un parque de atracciones, con otros con los que estás en el colegio y otras con las que estás en casa.

  Y entonces me di cuenta de dos cosas:

  La primera es que cogí la furgoneta de la lluvia al sol y del sol a la lluvia, me disfracé de cowboy, bailé hasta las 3 de la mañana con completos extraños y llevé a un simpático y alegre mozambiqueño a su casa ante la falta de taxis y simplemente poder decir esto en un párrafo me parece divertido, que es uno de los motores de mi vida: el esperpento.

  La segunda es que tenía miedo de perder los amores del día a día; a la gente que ves constantemente, que los he tenido cerca, porque creía que eran la esencia de una vida plena. Y, ojo, sigo creyendo que son importantes. Y así recordé que tengo muchos amores diseminados por el mundo que puedo ver una vez después de diez años y seguir generándome ternura, cariño y ganas de cuidar y ser cuidado.

 

  Y, ¡coño! ¡Eso es para estar alegre!

 

Miguel Ángel. 13/04/25, Sevilla



jueves, 4 de septiembre de 2025

Promesa cumplida (3/6)

-               ¿Te gusta tu trabajo?

-               No mucho – sonreí.

-               ¿Y por qué lo haces? – preguntó genuinamente confusa.

-               Pues dime tú en qué otra profesión voy a tener tantas citas de noche y voy a poder hacerlas todas en pijama – se llevó la mano a la boca para reír.

-               Eres muy simpático.

-               Joder, ¿has oído? – dije mirando a su pareja, que estaba sentado junto a la puerta con la cabeza entre las manos – imagina si me hubieses pagado el paquete premium como te dije – volví a mirarla a ella – vas a tener que quedarte con el paquete básico toda la noche, pero quizás le podemos convencer de que afloje un poco más porque yo de normal soy muy mustio – volvió a llevarse la mano a la boca – ¿Los dientes los reservas para las visitas institucionales? Esa gente no tiene lo que hay que tener para venir a trabajar de noche así que puedes gastar un poquito de esmalte hoy conmigo – y por fin pude ver su sonrisa.

 

  Si yo hubiese sabido todo lo que me iba a perseguir esa pila de dientes hubiese cerrado los ojos tan fuerte que mis pestañas se habrían fusionado.

 

 

-               Tengo que irme, cariño, pero volveré. ¿Te duele algo?

-               No, estoy bien.

-               Perfecto, entonces nos veremos luego.

-               ¡Espera! …Quiero un zumo. ¿Puedes traerme un zumo? ¿Tenéis zumo?

-               Y si no lo hay te estrujo yo las naranjas, no te preocupes. Tendrás que esperar un poco, ¿vale? – y asintió, y sus ojos brillaron un poquito.

 

  Mientras acabo la ronda de medicación que viene después, su pareja me aborda en el pasillo. Necesita hablar. Él también tiene cuarenta y pocos. Había conseguido dormir un poco los últimos días, pero no demasiado. Pequeños logros. Se le escapa alguna lágrima.

 

  Vuelvo al control a por el zumo prometido y allí está Alfredo, organizando algo.

-            Tío, ten cuidado, que resulta que la pava esta – se refería a ella - es la hermana de un adjunto potente de aquí y se ha estado quejando de las del turno de tarde y amenazando con poner reclamaciones.

-            Tranquilo, esas bestias no vienen de noche.

-            Pero estate al quite.

-            Que sí, que sí – y mi segunda afirmación quedó casi muda por el frigorífico cerrándose.


(Continuará)