Me dijo “hey, ¿quieres fiesta?” apoyada en la ventanilla de mi furgoneta. Yo no sabía si prefería MDMA o un omeprazol así que sonreí con una mueca rara. Ella debió entenderlo como un sí porque, tras mirar a ambos lados, abrió la puerta del coche y entró en el asiento del copiloto.
Por alguna razón que desconozco,
no se puso el cinturón de seguridad. Supongo que, a veces, la vida parece tan
ridícula que perderla a ciento veinte kilómetros por hora a través de un
cristal, volando paralelo al suelo, puede ser hasta divertido. Un obituario
cachondo podría gritar a sus quedos algo así como que se atrevió a abrir las
alas.
No tardamos mucho, ni tampoco
corrimos demasiado, hasta llegar a un lugar más privado. El frenazo hizo
quejarse a los bultos de detrás. La moto, ya inválida, no quiso seguir lanzando
alaridos. Con el motor apagado y las luces encendidas pude ver qué guardaba mi
nueva amiga bajo el corpiño, sus labios, sus ojos, su pelo e incluso una
graciosa peca cerca de su boca.
Me preguntó si fumaba mientras
sacaba un cigarrillo y le dije que yo sólo tomaba malas decisiones. No supe si
era original o clásico con el comentario. Ella se rió. No mucho. Algo. Al
primer calo decidió contestar “ésta no lo es, cariño”. Hay quien necesita
convencimiento, supongo que supondría.
La carta de precios aún estaba
oculta y las ganas estaban un poco paseando por algún pueblo de mar, lejos de
la vasta Castilla que nos cobijaba, así que charlamos un rato. Le pregunté qué
clase de fiesta se traía porque soy muy divertido. Lo del divertido te lo digo
yo, quería que ella lo averiguase sin que yo tuviese que advertirlo. Creo que
lo pilló. Respondió que celebrábamos que estábamos vivos. A mí me pareció mucho
suponer.
Yo ya llevo fiesta dentro,
contesté, tengo una quinceañera. No era mentira. El día anterior había
descubierto que quince años antes escribiría por primera vez. Recuerdo esa
primera vez. Se ve que le cogí gusto a eso de empañarme la propia realidad
porque aquí estaba yo de nuevo, tecleándola sin tinta, guardando el recuerdo
con sangre en alguna parte.
Ella no me creyó y tuve que
enseñarle una raja que guardaba en el reloj donde se marcaba la hora exacta en
la que dejé de ser niño y pasé a ser cadáver. La miró y asintió. Más de una
muesca ha tenido que ir viendo esta señora, pensé, para no impresionarse de una
fisura de corona a caja atravesando las agujas que iniciaron todo esto.
Cuando quise abrir los ojos ella
ya no estaba. De ella sólo quedaba el “hey, ¿quieres fiesta?” que aporreaba mi
cabeza, mi quinceañera danzando y el suave bamboleo de un colgante en el
retrovisor impulsado por el viento. Todo había pasado en mi cabeza, creo. Tardé
dos semanas y una nube de polvo que oscurecía el cielo en darle forma con un
teclado. Si ella, sus labios, sus pecas o sus caderas existieron fueron sólo
para darle salida a este trozo de alma escu-l-pida sobre el papel.
Arranqué el coche tras esa siesta
y la busqué. No la encontré. Unas horas después llegué a casa y escribí en un
trozo de servilleta “hey, ¿quieres fiesta?” Lo encontré hoy. Hoy he tenido la
fiesta con mi imaginación. No sé a quién se le hacen las transferencias por
trabajos en la cabeza. Tampoco me dijo nunca el precio. Lo mismo le gusté.
Miguel Ángel.
29/06/2023, Sevilla
