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jueves, 26 de diciembre de 2024

Maten al pequeño Timmy

— Wau, mira esto. Unos pendejos han ido a tirarle piedras a un banco pero a uno le rebotó la suya y ha tenido que ir al hospital que abrieron los del banco porque era el único que los podía tratar. De locos.

— Tío, pobrecito. Y qué irónico…

— ¿Pobrecito? ¡Vaya gilipollas! Jajajaja

— No sé, illo. Me da cosa que el nota haya acabado en el hospital.

— Pero es gracioso.

— No sé. No veo una imagen en la que me alegro de que alguien acabe en el hospital. No se lo deseo a nadie.

— ¿Y si es porque uno va al hospital a cambio de algo to guapo? En plan…¿un yate?

— Osea, si me dijeran que si el pequeño Timmy muere, la pobreza y el sufrimiento se van a acabar en el mundo, por supuesto que me alegraría si muriese Timmy, pero no porque muriese Timmy, sino porque ahora el mundo no tiene pobreza y sufrimiento. Y lloraría su muerte y recordaría lo grande que fue y esparciré su historia como si fuese el nuevo testamento. Porque lo habrá hecho por su propia cuenta por todos nosotros.

  Y respetaría que el pequeño Timmy no quisiese y no se acabase la pobreza y el sufrimiento. Timmy no tiene por qué cargar con esa carga. Tiene derecho a vivir.

  Por eso yo estoy dispuesto a vivir con la desgracia. Con la carga. Con el desasosiego que eso implicaría. Imagínate. Siendo el responsable de matar a Timmy y cargar con la culpa. ¿Un villano? ¿Un héroe? Sería el Joker. En plan to enigmático. Nadie sabe por qué. Ahora nadie sufre. Pam.

 

 

 

 

 

 

  Tío, tío. ¿Dónde está Timmy?

 

Miguel Ángel. 20/12/24, Sevilla




jueves, 19 de diciembre de 2024

A Inma le crecen los enanos

  Bienvenidos al circo de Inma.

  Vaya, lo siento, parece que la dueña no ha dado su permiso para abriros la carpa.

  Tendremos que entrar a hurtadillas y sin hacer demasiado ruido. Intenten no tocar ningún órgano vital en su paseo, no tomen fotos con flash y eviten dejar cáscaras de cacahuetes en el suelo del peritoneo.

 

  En este circo hay equilibrismos, como pueden observar. Miren cómo practica la equilibrista sobre una piscina de inseguridades y ansiedad. Miren cómo camina temblando y no para de dar pasos. Miren cómo duda, imaginando la caída si el siguiente pie se deposita en falso. Sigamos.

 

  Los animales están prohibidos en la mayoría de los circos. Ella tiene un par de gatos libres por la lona. Pueden acariciarlos, como ella haría, pero no se distraigan demasiado.

 

  ¡Qué suerte hemos tenido! Ahí está el ilusionista preparando su numerito. Si miran a su izquierda podrán ver los escenarios que pretende enseñarle justo antes de arrebatárselos de un plumazo. ¡Qué buen número! Es una verdadera pena que la hipnotista no esté para hacerle pasar el trance en un estado de sueño que le deje las emociones acolchadas. Parece que tendrá que enfrentar esta parte del espectáculo notando los cuchillos entrar. ¡Qué viva será esta función!

 

  Y aquí tienen los enanos. Antes lo eran. Ahora son como gigantes. Lo sé, no es lo que se esperaría del proceso normal de la acondroplasia. Tampoco este es un circo normal ni estos son enanos normales.

  Me alegra que haya una persona con este trastorno en el grupo porque siempre he dudado sobre si el término puede ser ofensivo o no. Imaginen que estas palabras pudiesen llegar a cualquiera. Estaría bien saber que no estoy cargándome la tarde de nadie. Me relaja mucho saber que sólo su pequeño grupo las oirá hoy, ¡pero imaginen!

  Así que depende de la persona y da igual lo que diga que siempre habrá alguien que se enfade y alguien que se lo tome de otra manera. ¿Y a usted? A usted le gusta que le llamen Alberto. De acuerdo. Sigamos.

  Como iba diciendo, empezaron siendo las pequeñas penas de una pequeña Inma. Con el tiempo, las penas fueron bebiendo del hielo de sus cubatas y…bueno, el año que viene esta persona de aquí se titula a su sexto anillo en la NBA.

 

  Es una verdadera pena. Me encantaría poder seguir enseñándoles los misterios que habitan tras bambalinas en este evento circense, pero es prioritario acudir al camerino de la principal protagonista. Allí hablaremos un rato y, entre abrazos y lloros, puede que lleguemos a comprender cuál es la manera de sobreponerse al golpe que supone que jodan tu confianza. Puede que aprendamos a lamernos las heridas sin recordar que están ahí. Puede que a la siguiente venga el sapo que se convierta en príncipe. Puede que la sal sepa dulce. Puede que cierre el circo.

  Esperamos que hayan disfrutado de este recorrido y no olviden dejar su propina en la puerta. Con un recuerdo de la vez que les traicionaron y cómo siguieron adelante será suficiente. Ella se lo agradecerá. Yo también.

 

 

Miguel Ángel. 16/12/24, Sevilla



jueves, 12 de diciembre de 2024

Fachadas 2

  A través de esta ventana veo un edificio con 45 cristales  distribuidos como ojos a lo largo del cuerpo de un monstruo de pesadilla que parpadea de manera desigual. Tan aleatoriamente sensibles al sol son sus vecinos.

  Su color es de corte de helado café y crema y la atención, esta vez, la captó una ligera masa de vapor que se escapa de un tubo como reflejando que está viva, a duras penas.

 

  Inertes, ninguna de las cuadrículas refleja más vida que unas cuantas inmóviles plantas y el suave contoneo de los flecos que dejan los toldos recogidos de alguno.

 

  Hay persianas para todos los gustos. Me paro a pensar lo curioso que me parece que en reino unido no tengan de estas y aquí pueblen toda la pared, con el culo de un montón de aires acondicionados.

 

  En algún lugar, la primera de las fachadas a las que miré de soslayo tiene que estar envidiosa de cómo miro a esta y cómo la miré a ella. Lo siento, de verdad, no eras tú, era yo.

 

  Esta fachada está viva sin tener mucho que lo demuestre. Quizás la vida no está tanto en los corazones que bombean sino en los ojos que lo constatan. Berkeley habló sobre esto hace mucho tiempo señalando al árbol que cae en mitad del bosque sin que nadie lo presencie y yo me atrevo hoy a seguirlo. Las fachadas tienen mejor pinta si las miras tras una sonrisa.

 

Miguel Ángel. 21/11/2024, Sevilla



jueves, 5 de diciembre de 2024

Manido, casposo

  Somos víctimas de nuestro tiempo y verdugos del que viene. Más o menos.

 

  Me gustaría mucho seguir casi aséptico en términos de política y economía. Hasta tengo pensado bajo qué pseudónimo escribiría sobre esos temas y, desde luego, no sería bajo este. Usen este párrafo a modo de descargo de responsabilidad, disclaimer para los anglófilos.

 

  Mamá, ¿por qué me prometiste un porvenir dorado si seguía las baldosas amarillas? ¿Por qué no, simplemente, me retaste a ver lo que había al fondo del camino? Cuántas expectativas sobre un futuro marcado por el provecho y las rentas del esfuerzo me he creado yo con el “estudia y serás alguien”.

  Cuando llegué a Reino Unido se puso de moda entre los inmigrantes cualificados una frase en base a la que acabo de pronunciar. Decía algo así como “Estudia y llegarás lejos; y aquí me tienes, a tres países de distancia”. Me da que reflejaba, con el humor que creo que jamás se debe perder en las catástrofes, el canto de una generación de personas que siguieron las instrucciones del postre y acabaron haciendo lentejas.

 

  A raíz de aquello he observado una cierta virulencia que se recrudece año tras año. El desengaño ha ido yendo a más y para muchos se ha vuelto insostenible. Y me parece curioso, en este mismo sentido, que aún tenga pares que sigan enojándose con otros cuentos que provienen de la misma fuente, como si no supiesen ya que no están haciendo tarta de queso (cheesecake, para los anglófilos) en cuanto cogen los guisantes y los meten en la olla.

 

  Total, que estábamos engañados y la clave del éxito no se parece a la de sol que aparece en el pentagrama que leían nuestros padres al cantarnos nanas. Y a mí me produce estupor, que es una palabra que me gusta mucho, ver a los mismos que viven en descubrir que los reyes (O Santa Claus, para los anglófilos) son los padres gritando que, por una vez, se haga exactamente lo que piden sus padres, con aires de suprema originalidad y creatividad. Y vuelven a deshacer el lazo con la misma ilusión para encontrarse, de nuevo, con un guante de boxeo propulsado por un muelle sellado por el mismísimo destino.

 

    Y no me malinterpreten. Yo ya he pillado el chiste. Estamos condenados a una tasa de contradicciones dentro de nuestra vida y pienso descojonarme cada vez que pille una, sin arruinarle la broma al de al lado, que no soy yo de los que cuentan el final mientras comen palomitas; spoilers y popcorns, para los anglófilos.

 

Miguel Ángel. 18/11/2024, Sevilla



jueves, 28 de noviembre de 2024

Herencia de herencia

  Sí, me disocié.

  Ahora lo sé, casi medio año después.

 

  En aquella salita donde no paraban de sucederse los esperpentos, hubo un momento en que el aire se enrareció. Entonces no lo supe. Veía cocodrilos que mordían madera, cigüeñas francesas y hormigas de parranda mientras gente se gritaba, llevaban ropajes raros o, en medio de la tensión, dejaba de funcionar lo único que les unía, creando un clima parecido al que trae un huracán después de pasar por un concesionario.

 

  Cuando esa misma tarde dejé que mis dedos dibujasen con su particular braille un bodegón con las frutas más presentes de esa mañana yo pensaba que jugueteaba a imaginar y me divertía, pero sólo estaba recordando.

 

  Tuvo que ser óxido nitroso. Lo que había en el aire. Gas de la risa. Disocié y salí del mundo para entrar en el de Alicia en el País de las Maravillas. Como un buzo cuando, confiado, se deja caer hacia su espalda y en un plash cambia de plano. Humpty Dumpty me dio la bienvenida desde un muro y no le devolví el saludo. Qué niveles de educación tan bajos estoy desarrollando.

 

Miguel Ángel. 04/06/2024, Sevilla



jueves, 21 de noviembre de 2024

Amor a quemarropa

  Quentin Tarantino cuenta en su haber con una película que desconocía. Realmente él no la dirige; escribió el guion. Se llamó True Romance y en España la tradujeron como Amor a quemarropa.

 

  La primera vez que escuché su voz la oí como una voz. Como cualquier otra voz. Hoy, la escucho y siento la alegría del cachorro que mueve la cola junto a la puerta.

 

  En ella, un, para mí, eterno Mr. Robot en la serie homónima, Christian Slater se enamora, siendo muy jovencito, de una Patricia Arquette que cae igualmente rendida al otro tras una noche de pasión con factura.

 

  A veces la veo bailar y mirarme y quiero que me mire así toda la vida. Y quiero mirarla así toda la vida. Entiéndanme, por favor, he conocido amores y espero conocerlos, he conocido a personas y espero conocerlas más, y conocer a otras tantas otro tanto.

 

  Por no destriparles, ambos se crecen como pavos reales junto al otro. No porque quieran fardar, sino porque se potencian tanto que se desarrollan en cuestión de segundos, en cuanto conocen a la otra parte de una reacción química potente. El equivalente en Tik tok serían mentos y coca cola.

 

  Y hace algo y me hace gracia. Y hago algo y le hago gracia. Y, al final, acabamos los dos descojonados en un pasillo, llorando de la risa como nunca me he reído con nadie. Hay algo en nosotros, no en ella, ni en mí, que es como una fuerza magnética y constructiva.

 

  El final, sin embargo, llega cuando hay que abonar la factura de tanto desfase. El amor, ya saben, no es eterno en su intensidad, como no lo es ninguna reacción química. Pueden parecernos largos y lacerantes o ardientes, cortos e intensos, y por mucho que podamos experimentar subjetivamente, siguen siendo un tiempo en presente que llega a ser pasado en algún momento. Los que más duelen, me ideo yo, son esos mismos; los que acaban sin haber acabado, cuando la separación es involuntaria y nos deja huérfanos del resto de sustancia para seguir quemando energía, y ahí sí parecen infinitos.

 

    El mundo, con todas sus plantas, sus tigres, sus pingüinos, sus alimañas y conejos, y todo lo que pueda ocurrírsete, nos cabe en un abrazo donde siento su cuerpo con el mío. Nos amamos como si de las bocas nos saliesen balas y nos mordemos como si fuésemos fruta dulce y jugosa. Quiero amar así y quiero que me amen así sin asta ni bandera. A lo que dé. A donde se acaba la vista. A donde empiezan los créditos.

 

Miguel Ángel. 15/11/2024, Sevilla



jueves, 14 de noviembre de 2024

Accidente vial

  Vengo de comprar una caja y plumas. Creo que la situación lo amerita y me pongo a pensar. Pienso en mi muerte y en cómo es inexorable y eso me relaja; al menos no tengo que esforzarme por vivir eternamente y no liarla. Imaginen no llegar vivo a tu quinientos cumpleaños y que los vecinos critiquen lo mal que has gestionado la vida infinita y, posiblemente, la tarta de limón.

  A esto que llego a un paso de cebra y veo un accidente. Una hilera de coches espera a un semáforo que dejó de tener autoridad por un policía que va dando paso. A lo lejos, los que sólo ven el semáforo presionan sus cláxones, ignorando por completo el dolor que acontece unos metros más allá de sus lunas delanteras.

  Me da por pensar en la mente del policía. Lo imagino planteándose que es capaz de gestionar el tráfico en un accidente y lo jodida que tiene la vida. Su pareja, sus hijos, su hipoteca, los familiares con los que ya no habla…le encantaría dirigir todo con la profesionalidad con la que dirige unos cuantos armatostes de metal.

 

  Y vuelvo a la muerte. Vuelvo con los pitos intermitentes e incómodos. Mi muerte está a 5 o 6 pitos de distancia.

  Entiéndanme, veo la vida como un regalo o, al menos, como una sucesión finita de regalos, pero de una duración desconocida. Y tiene que ser que me estoy meando o algo, porque abro cada sorpresa con la prisa de quien mira de reojo el cuarto de baño. ¿Y qué clase de existencia es esa? Pitando para llegar antes al dolor que me espera.

  Y ¿por qué es esto? ¿Es la organización de un policía que nos hace ir a esta velocidad? ¿Es que nos hemos levantado todos tarde a vivir y vamos con la sensación de cumplirse la pesadilla en la que no suena la alarma? ¿Es porque mi atención está en las metas y no en los pasos que llevan a ellas, como si no fuesen estos de crucial importancia para cuando se alcanza? ¿O es que nos estamos meando todos?

 

Miguel Ángel. 22/10/24, Sevilla



jueves, 7 de noviembre de 2024

Qué tienen en común una sirena y un paloduz

  Se me preguntó hace poco si algo que había escrito era cierto porque el nombre de esto incluye diario. Nada más lejos de la realidad, esto es un proyecto que aspira a varias cosas y su título es un juego de palabras con el que quería coquetear.

  Entonces, ¿qué es esto? Depende, supongo. Para mí es una cosa y para ti es otra. Para mí es como un álbum de fotos realizados con una cámara especial que no capta realidades, ni escenas que están y que, sin embargo, a veces ofrece un retrato fotorrealista de alguna situación. Es también un esfuerzo continuado en mi manía por ponerme retos y una forma de refinar mi escritura con el tiempo para, algún día, poder escribir una preciosa carta de suicidio.

 

  A mí me ha gustado siempre mucho hablar de qué ha pasado hasta aquí. Pensaba que era la conversación ideal. ¿Cómo te ha ido? ¿Qué has hecho? De ahí, naturalmente, uno proyecta a ¿qué quieres hacer? ¿Qué proyectos hay? Y en algún momento se pide un resumen con un ¿y eres feliz? ¿estás contenta?

  Ahora, las historias de tren se me hacen cuestarriba y bola, así que disfruto más jugando a hablar de las gilipolleces para encontrarme de verdad con quien tengo delante, una persona que es capaz de escapar de la realidad y soñar con la boca abierta.

 

  Si pudiese ser cualquier cosa, sería una sirena. Si pudiese ser cualquier cosa, sería un paloduz. Tendríamos poderes, no se crea usted que el cuadro acaba en esos marcos.

  Algo de mí ya lo sabía. Nos iban a quedar cosas en el tintero. Así que preferí pasar un rato como cuando nos veíamos hace 9 años, siendo niños, y me alegro de que se me haya pasado que estoy aquí por ir a comer los domingos con mi abuela o que juego al ajedrez. Me alegra que se le haya pasado dónde vive exactamente o qué tal la relación con sus suegros.

 

  Te invito a alegrarte de exprimir los momentos y olvidarte de repasos históricos; estar con alguien por quien es y no por las cosas que ha hecho.

 

Miguel Ángel. 7/10/2024, Sevilla



jueves, 31 de octubre de 2024

Especial de Halloween

  Lucía volvió del trabajo y dejó su chaqueta mojada por la lluvia junto a la puerta. Suspiró un segundo y, tras cerrar los ojos apoyada contra la madera, se empujó hacia delante para ir al cuarto de baño.

  En la cocina vio un tazón de arroz a la mitad junto a un fregadero con varios platos de la noche anterior. Volvió a suspirar dirigiendo su mano hacia la esponja, pero en mitad del camino paró y cogió el tazón para comer algo antes de ponerse.

  Yendo hacia el salón, un relámpago irrumpió por encima de la luz que tenía encendida justo antes de que saltasen los fusibles, dejándola a oscuras y en silencio. Intentó seguir andando hasta el sofá por la casa que conocía de memoria, pero el trueno que acompañaba al destello y un cable furtivo se interpusieron y, haciendo equilibrios para no caerse, derramó la mitad del tazón. Volvió a suspirar.

 

  Dejó el tazón sobre una mesa y acudió a la cocina, junto a la entrada, a por una escoba. Maldito día de los difuntos. Cuando volvió al salón, comenzó a barrer con la linterna del móvil como ayudante sólo para volver a vivir un fogonazo de luz que atravesaba toda su casa por la ventana, ventana que mostró una silueta junto a la puerta que estaba a su espalda.

  Un escalofrío recorrió su espalda y erizó su piel. Su móvil cayó al suelo y entró en pánico, sin acertar a pensar. Sus ojos, abiertos de par en par, buscaban la imagen a través de la oscuridad. ¿Hay alguien ahí? Preguntó. Su respuesta fue el trueno que acompañaba al rayo y la densa lluvia sobre los cristales.

  Acompañada por el murmullo del viento, armó en ristre su escoba y continuó, escuchando su corazón, sus pasos y la lluvia. Estaba sólo a tres pasos de donde reposaba la enigmática figura que había visto cuando su arma topó con un obstáculo. Fue entonces cuando el tercer rayo reveló lo que había entre ella y la puerta.

 

Miguel Ángel. 31/10/24, Sevilla




jueves, 24 de octubre de 2024

No sé cómo ocurrió, señor agente

  Le digo la verdad, no sé qué pudo pasar.

  Quizás la estrujé con demasiada fuerza cuando quería mostrarle cariño. Quizás le canté demasiado fuerte. Quizás le declaré un amor que la acongojó. No lo sé. Usted podrá pensar que no soy más que otro en la larga lista de personas que se van a declarar inocente ante sus ojos sin serlo, con el único propósito de engañarle a usted o a ellos mismos, y tiene todo el derecho del mundo a creerlo, pero le puedo asegurar que no es así, que soy tan inocente como los pájaros o los puercoespines.

 

  Creo que tenemos que remontarnos a la diversidad misma para entenderlo. Ya sabe, que las naranjas crecen en los árboles y los melones en el suelo. Es un gasto de energía innecesario cargar con dos o tres kilos a dos metros de altura, o tres. Tiene más sentido hacerlo a ras de suelo y que el mismo sustrato que te da de comer te sirva de almohada. Luego viene un bicho y lo come. Problema resuelto. Las semillas viajan sin necesidad de un sistema nervioso competente. Es una genialidad.

  Mire, por otro lado, al ornitorrinco. ¡Qué manido está señalar lo extraño que es! ¡Y no por ello menos cierto! Quiero decir, los machos de la especie producen veneno que inyectan con un espolón. Ya me dirá qué sentido tiene eso. ¿Por qué sólo los machos?

 

  Exacto, a donde quiero llegar es que la propia evolución de las especies, si obedecemos a los dogmas de Darwin, o el mismísimo creador, si obedecemos a los dogmas religiosos de nuestro tiempo, nos llevan a enlaces que no somos capaces de explicar desde la lógica. Casi pareciese que no tiene sentido que algunas cosas vayan emparejadas unas con otras, como el ornitorrinco y su pico, aunque otras tengan toda la razón del mundo, como el melón y su altura.

 

  Así que sí, mi poto está muerto y yo soy el único responsable, pero ¿quién nos unió? ¿Por qué en mi ventana donde casi nunca da el sol? ¿Por qué de un día para otro? ¿Por qué, aunque yo lo quisiese tanto? Exacto, hay cosas que no tienen una lógica como la que le lleva a pensar que yo soy culpable. Ahora le toca a usted decidirlo con la falta de pruebas que presento, pues sólo queda su cadáver aquí conmigo. Pues sólo queda mi lamento. Con lo bonito que era.

 

Miguel Ángel. 10/10/2024, Sevilla



jueves, 17 de octubre de 2024

Brindamos por Neptunino (2/2)

(Primera parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/10/brindamos-por-neptunino.html)

   El que más. Cada día comíamos juntos y a veces le decía: “vístete. Ponte guapa. He reservado en tal o cual sitio”. Y comer con ella era siempre fantástico. He vivido una buena vida, y su compañía ha sido algo que ha hecho que todo haya valido la pena, cada rato, cada risa, cada baile. Bailábamos mucho. Ella era todo…¡y la familia es una mierda! He hecho cuanto ha estado en mi mano por ellos y lo único que han querido es dinero.

  ¿Y amigos?

  Eso sí. Tengo un buen amigo. Viene todos los días. No le puedo pedir que se quede. ¡Él tiene su propia vida! Le decía de la familia. ¡Já! Ahora vivo con él y su mujer porque después de todo, cuando ella murió, me quitaron todo…la casa también. ¡Qué asco!

  ¿Se pudo despedir de ella?

  Sí. Ella se fue por un cáncer…27 días. Iba a la cafetería, me tomaba un café, me fumaba un cigarro y volvía en lo que la lavaban. Me decían las auxiliares “Neptunino, te la cuidamos un momento, vete a descansar”. En 5 minutos volvía a estar allí. Era todo lo que me separaba de ella. Finalmente, se apagó. Cuando volví a mi casa tenía los calzoncillos como el papel de las magdalenas, fíjese, tan poco me separaba de ella. No me arrepiento de nada. Si acaso, de fumar.

  ¿Y eso?

  Yo empecé muy joven. Tenía 7 años y mis primos fumaban, mis tíos fumaban, mi padre fumaba… para ser un hombre tenías que fumar, ¡y yo quería ser un macho! Así empecé. Mire ahora jejeje (un arranque de tos acaba con su risa jocosa).

  Ha sido una conversación fantástica, pero aún no he acabado de dar la medicación.

  Muchas gracias.

  No, muchas gracias a usted.

 

Miguel Ángel. 13/9/2024, Sevilla



jueves, 10 de octubre de 2024

Brindamos por Neptunino (1/2)

   Eres buen muchacho. Habríamos trabajado bien juntos.

  ¿A qué se dedicaba usted? – Y como si en lugar de enfermero fuese responsable de un gran embalse, abrí una compuerta secreta y se escapó, como un flujo de potencia ignota, la energía que escondía.

 

  Yo dediqué toda mi vida a la hostelería. Triunfé. La noche, bares, discotecas…de todo.

  ¿Y cuál diría usted que es la clave que le hizo llegar a la cima?

  He trabajado como un mulo, creo que eso ha sido un punto fuerte. Tampoco me ha gustado nunca deber nada. A veces, me iba por ahí a un proveedor y no tenía suficiente para pagar el género. La gente me conocía y me decía “Neptunino, no te preocupes, para la siguiente”, y no había llegado a Sevilla y llamaba desde un bar. “Tanto a tal cuenta, que no llegue a Sevilla y esté sin hacerse la transferencia”. Jamás debí nada, ese es mi orgullo. No debí. No debo nada.

  Es una forma tranquila de vivir, eso contrarresta con la vida de noche, ¿no? ¿O acaso no conoció bien la noche?

  ¡Que si la conozco! Por eso estoy pagando. Por los excesos.

  Pero, habiendo trabajado tanto, ¿siente que se ha quedado sin disfrutar de la vida?

  No. No me arrepiento de nada. He hecho lo que he querido. He disfrutado de todo tanto como he podido.

  Y ¿por qué me dice esto con tristeza?

  Es sólo que…desde que perdí a mi compañera hace 3 años, ya nada tiene sentido. Fíjese, tengo 72 años y quería haber seguido. Podía haber seguido. Sentía la energía, el motor, pero…sin ella no encuentro la…

  ¿La motivación?

  Exacto. Ahora me siento solo. No tengo un por qué seguir peleando.

 

  ¿No tiene hijos? – Preguntó acercándose la vecina de habitación que había escuchado la conversación

  No. Ella estuvo embarazada, ¿sabe? Pero se cayó. Fíjese que cosa tan tonta. Le dijo la amiga de ir a desayunar, como todas las semanas, y del tercero al segundo. Ahí se cayó. No pudimos intentarlo más. Joder, no se merecía ese palo, era un ángel. Ahí ella se entristeció mucho.

  ¿Fue feliz con ella?

(Segunda parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/10/blog-post.html)




jueves, 3 de octubre de 2024

Londres y acné

  Londres, ciudad de tiempo infinito y ríos de arena. Ciudad de prisas y lo sientos.

  El viento corre sin destrozar más que mentes destruidas, ya de por sí, por una escena multicultural continua. Así, como una manada de lobos diferentes, acechan sus presas por poco tiempo, pues son impacientes.

  El calor humano se disipa entre nubes con nombre propio, nubes de colores móviles, tales como una simple división para una mayor eficiencia en el tiempo.

  A pesar de ello, Londres es un lugar con encanto y cualquiera atenderá de buena gana una llamada de atención.

 

  Londres es un hielo con luces de color.

  Es un híbrido entre tristeza, agobio y melancolía, es un monstruo de duras zarpas que con fiereza ataca al subconsciente.

  Su expresión me resulta dulce, aunque otros la catalogarían de dura, fría…es, sin embargo, una muestra clara de que seguimos fieles al instinto.

 

  El chaman señala al totem y, sin saberlo, un nuevo lord nace bajo una chistera. Nuestros mocos aquí son negros, algo nos corroe las entrañas.

 

Miguel Ángel. Mayo de 2010, Londres



jueves, 26 de septiembre de 2024

Guadaña afilada

  A la pobre Manuela la conocí hará unas tres semanas. Entró por una cosa que no viene muy a cuento y conoció a la parca por otra que tampoco me parece necesaria.

  Para ser más exactos, aún sólo ha coqueteado con ella.

 

  Hoy es mi último turno en la unidad. He hecho lo posible por darle un buen día a mis clientes y, por lo que me han hecho saber sin yo preguntarlo, mis artimañas han surtido el efecto deseado. Por eso estoy contento.

  Ha sido un día duro. Hemos tenido once altas, con sus once ingresos, con sus once despedidas y con sus once bienvenidas.

 

  El cambio, para más inri, ha llegado tarde. Dejé unas cuantas valoraciones hechas, ya vestido de calle, apagando los últimos fuegos que me fui encontrando y fui a la habitación donde mis más fieles seguidores esperaban el cuento que les prometí a medio turno y que no pude conceder por necesidades del servicio. Cita con la muerte, un viejo cuento sufí que me gusta mucho. A ellos también.

  Salí de la habitación y marché en dirección diagonal, donde había una habitación individual.

 

  Manuela fue dirigiéndose más al final de sus días según pasaban estos. Empezó a solicitar que la dejasen en paz y, por privacidad y comodidad, decidimos moverla a una habitación donde estuviese ella sola. Cada día intentaba pasar y saludarla y ella me sonreía con la poca energía que le quedaba tras unas gafas nasales.

  Hoy empecé el turno y fui a verla. Allí estaba, más viva que nunca y con una de esas miradas que el perro viejo que llevo dentro sabe saborear. Sus últimas horas están más cerca que nunca. Sus párpados están oscuros y tiene unas pupilas que dejan a su iris al margen de todo lo importante, de un azul celeste perdido. Me dijo que le alegraba verme. No más que yo de verla a ella, respondí.

  Imaginando que este podía ser su último turno no paré de decirle que disfrutase a su familia y que comiese lo que quisiese. Aguantó hasta el final.

 

  Llamé a la puerta y entré. Era la primera vez que me veía vestido de calle y, tras un par de respiraciones para coger fuerza me dijo “qué alegría me da verte, qué guapo, qué bueno eres”. Me acerqué a ella y le dije que me la llevaría conmigo en moto, pero a sus 89 años no tenía muy claro si le iba a sentir bien el fresco de la calle. Se rio como pudo. Le dije por última vez que disfrutase y que estuviese tan cómoda como pudiese, que no reparase en llamadas al timbre si lo necesitaba. Le cogí la mano y me la apretó. Me dio las gracias. Yo se las di a ella. Me pidió un beso. ¿Podría seguir llamándome caballero si la rechazaba?

  Me voy contento y con un nudo en la garganta. Aún se me derrite algún hielo en el lagrimal mientras escribo estas líneas. Ojalá descanse.

 

Miguel Ángel. 26/9/2024, Sevilla



jueves, 19 de septiembre de 2024

Buzz Aldrin no estaría orgulloso

  Tenía un botón rojo invisible en su cuello. Se activaba con los labios.

  Si lo pulsabas ronroneaba y su cuerpo se conmovía, que era la secuencia de declaración de guerra, la señal de que el botón había sido presionado.

 

  En algunas noches nos escabullimos entre bares buscándonos porque nos perdíamos en la cama. No nos cansamos de vernos los dientes entre la risa y tampoco de lamérnoslos sin querer en un arrebato cuando los lúmenes que llegaban a alguna esquina eran suficientemente bajos.

  En contadas ocasiones bailamos en la parte de atrás de algún antro mientras turistas pasadas de rosca enseñaban las tetas por chupitos en torno a gente que ni siquiera se molestaba en girarse para admirarles los pezones.

  Pocas veces nos miramos sin buscarnos las entrañas, como intentando darle lectura a toda el alma del otro.

 

  No sé si dormía siempre con esa ropa o sólo se la ponía porque estaba yo, pero surtía efecto y deseaba volver a activar su cuerpo como si fuese la máquina que da salida al producto en la fábrica de los deseos.

  No se le daba bien dormir y necesitaba cuentos y más cuentos. Pensé que no podría vivir una vida iluminado por una pantalla azul toda la noche y me fui alejando, pero su centro de gravedad era potente porque en su pubis se escondía un sol, así que sólo cuando se le apagaron las ganas de improvisto nuestra última noche tuve fuerza para salir de su órbita, no sin llorar amargamente en un coche un par de horas. El precio de la eyección de emergencia.

 

  Aún hoy, de vez en cuando, nos vemos las caras y nos reímos. A veces nos gusta decirnos que nos queremos y que somos importantes el uno para el otro.

              

  Me alegra haber evitado colisionar de frente contra el agujero negro que estábamos creando. Me apena ser, desde entonces, el astronauta que sólo la puede ver desde una estación espacial, alejado del efecto que su sonrisa tiene sobre mis motores antigravitatorios. Supongo que uno llega a la conclusión de que seguir con vida puede llegar a saber a poco cuando la Tierra tiene más umami que el espacio.

 

Miguel Ángel. 19/08/2024, Sevilla



jueves, 12 de septiembre de 2024

Not over yet, son

 Salto de un charco y caigo en el océano. O más o menos. Parece más bien un escupitajo redimensionado. Como ver a través de un vaso de agua.

  Porque parece que me encajan cuatro por cada golpe que le doy al tiempo, empiezo a ver la toalla con ojos de deseo. Retozar con ella en el suelo parece una buena opción. También lo es esperar a la siguiente campana a ver de qué manera me sorprenden. Lo mismo ahora peleo contra dieciséis. No, no lo creo. Eso no sería sorprendente. Sería aplicar la serie; 1, 2, 4, 8, 16… ¿qué más da? Lo mismo le dan un lanzallamas. Eso sí traería algunos vítores.

  Porque tiene que haber alguien viendo esto con unas palomitas en la mano. Si no lo hay, ¿qué sentido tiene? Tanta batalla entre gladiadores para que no haya espectadores es quitarle el factor entretenimiento a la guerra, y entonces es sólo guerra, y en la guerra sólo hay gente que grita buscando auxilio antes de recibirlo de las manos de Tánatos.

 

  Y aquí sigo, con la cara impasible, como asumiendo que es lo que toca. Eso sí me ha sorprendido. Mis músculos faciales aún no se han inmutado. Quizás un poco de desidia tras un matiz de asco.

 

  ¿Conoces la sensación? He oído muchas veces la frase “sin luz al final del túnel”. Creo que es algo así. Y entonces ¿qué se hace? ¿Se sigue conduciendo sin saber si el camino es de no retorno? Tampoco a mí me queda claro. Los más valentones dirán que la clave es seguir y los acongojados buscarán dónde dar la vuelta a ver si llegan de un acelerón a cuando eran bebés de teta. Yo creo que estoy entre los que se arrascan la picadura a ver si la roncha le cubre las vergüenzas y alguna que otra pregunta de estas. ¿Y esos siguen o se dan la vuelta?

 

Miguel Ángel. 05/09/2024, Sevilla



jueves, 5 de septiembre de 2024

Martes noche

    Ya ha pasado demasiado tiempo para mi gusto. Creo que va un año desde que decidí hablar sobre esto. Hubiese preferido regalarles un kilo de papas, pero la suerte me dio dedos para escribir y no la habilidad para vender nada.

    Quería decir todos sus nombres y gritarles gracias de maneras únicas y especiales, y siempre huía esa idea de mi cabeza cuando aparecía la posibilidad de olvidar a sólo uno. Comenzaba a enumerar nombres y virtudes, defectos y anécdotas. Me sorprendía sonriendo como un tonto recordando una frase, el mover de un pelo, una mirada en mitad de cualquier noche en mitad de cualquier pasillo o un pegote de vaselina en el techo. Me sentía un eterno enamorado de una relación poliamorosa.

    Cada línea me alejaba más del comienzo del folio y me acercaba más a un pozo de agradecimiento y miedo, que es un sitio muy raro.

              

    Decidí, hace unas semanas, olvidarme de sus nombres y de sus caras. Recordarlos como un torbellino que me atravesaba para siempre y con la fuerza del tren que cambia el destino y para el que no tienes billete. La fuerza del ferrocarril que ignora que me colé donde fuera y que acabé en el vagón cafetería brindando con la espuma de tantas lágrimas batidas y vertidas por pena y por gloria.

    Muchos martes, jueves, sábados y algunos domingos, yo iba a rezar a una parroquia por las noches. Allí conocí a otros muchos feligreses que, como yo, de rodillas hacían como que rezaban a Escolapio o algún otro y, con el resto del cuerpo, curaban. A otros y a propios.

    Como a los forajidos, las noches nos cubrían. A la mayoría los he visto morirse de risa y de pena y, por ello, si tuviese que armar una flota pirata yo sabría con quién compartir el ron y los tesoros. Esta entrada es mi humilde y feliz recuerdo de aquellas madrugadas.


    Como en casi todas las historias, el comienzo de estas andanzas es la mera excusa para el nudo, pues poco o nada consciente era yo de lo trascendente que iban a ser estas personas en mi vida, y ni el pelo corto de alguna, con su cara roja, ni el primer café que tomé con algún otro para que se relajase después de una mala noche, parecían tener la importancia que tuvieron los dos años que allí compartí con ellos y con muchos otros.


    Aunque eran decenas de personas con las que me encontré, en aquellos altares, tengo un especial y dulce recuerdo de una secta que allí se formó.


    Casi todo de lo poco que no ignoro sobre el sexo lo aprendí bajo aquellas lunas de la mano de uno que, con su perenne bata, nos hizo de chamán. De punto a punta nos contaba sus historias libertinas lejos de cualquier pudor y, aunque muchos pudiesen pensar que sería ridículo, vivo en el orgullo de notar en su mirada la complacencia de estar mirando a un novato discípulo, porque donde muchos veían a un excéntrico personaje, yo veía al ejemplo de persona que vive feliz, en el margen, que es donde yo quiero fundar una cabaña, en el extrarradio de la normalidad, barriendo las hojas que el tiempo dejó para hacer mi propio camino. Éste tenía el suyo y no sentía vergüenza. Yo espero hacer lo propio.

 

    Las había mamás, los había papás, los había fiesteros y las había caseras. Había jinetes, había cuasijubiladas, había holgazanes y estajanovistas. Si trabajar es la losa con la que nos cargó Sísifo, su presencia son las alas de Ícaro con las que uno se acerca al sol hasta que arde de la alegría.

 

    A ellos, que jamás lo hicieron por ella, tienen toda mi gratitud, porque si recuerdo dos años con cariño fue porque, lejos de la propia, me sentí en una familia que, si bien no me metía pucheros en la boca, me acercaba a algún córner a comer empanadas, donde chocábamos lámparas con la cabeza, como cuando algún otro se descocó contra una atracción infantil o aquella otra fue la víctima perfecta de alguna abeja en alta mar, donde otra más entonó a Sabina por placer o por despecho.

    Porque con casi todos ellos visité el mar, las montañas y ruinas embrujadas. Porque me saben a mucho cada segundo que paso sin volverles a ver y a poco el tiempo que he pasado con ellos. Porque les deseo lo mejor. Porque fueron lo mejor de una parte de mi vida. Porque podría eternizar una lista de razones.

    Por eso y por mucho más, les tengo que dar las gracias en forma de entrada. Por eso y por mucho más me gustaría que pudiesen volver aquí cuando quisieran a recordar que son especiales, no porque lo diga yo, sino porque han transformado tanto, para tanto bien, sin saberlo, que es imposible no ser consciente de lo mágicos que fueron todos.

 

Miguel Ángel. 19/08/2024, Sevilla




jueves, 29 de agosto de 2024

Gracias

Envío una entrada. Me habla un bot. Que si quiero seguidores. Ya van tres seguidas que no entra gente a verlas. Comienzan las inseguridades. Siento vergüenza.

La calle se hace larga, parece que no acaba, y ni aún así a mi cabeza se la termina el carrete.

Llevo una temporada en la que no paro de pensar en cuánta gente entra, en cuánta gente lo lee, si algún día lo que escribo me va a morder en el culo y no podré ser presidente de la comunidad de vecinos porque la sensibilidad del futuro no va a ser acorde a las miserias que se me ocurren semana a semana. Hoy parece que se están condensando todas esas preocupaciones en esta acera. Esta acera que me da la sensación de que construyen a medida que ando en dirección a una tostada. El cielo es asquerosamente gris y la estética urbanita no ayuda a relajarse con sus miles de estímulos. No hiperventilo, pero tampoco me faltan ganas.

-Hey, he visto lo que me mandaste. Muy chulo.

-Perdona, ¿qué? Estaba en mis cosas.

-Lo que me mandaste.

-Ah, el blog, ¿te gustó?

-Sí, ¿escribes mucho, no?

-Me propuse subir una a la semana.

-Pues me gustó.

Se me ilumina el corazón. Canta algún pájaro y lo sé, aunque me lo tape el claxon de un coche a mi lado. Mi vergüenza se disipa. La inseguridad se desvanece. Me crece la sonrisa. Qué gracias más silencioso.

Ni siquiera hace falta que entre otra vez, que me lo diga más o que sea verdad. A veces, ni el más outsider de los exiliados es ajeno a la validación de la tribu. Hoy voy a bailar alrededor del fuego a ver si el Dios de los relatos deja de apretarme la cabeza con los dedos.

 

Miguel Ángel. 26/01/24, Sevilla


jueves, 22 de agosto de 2024

Herencia

Hoy ha venido una cigüeña con una bolsa, pero al aterrizar hemos descubierto que alguien ha cambiado al bebé por una bomba artesanal. En el temporizador pone que quedan diez segundos.

 

 

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Hay unos cocodrilos, puestos como si fuesen un anuncio del tragabolas, mordiendo madera con sus bocas llenas de dientes. ¿Por qué comen madera?

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La cigüeña me mira. Lleva un largo viaje tras de sí y está cansada. Esperará a la explosión a ver si coge impulso. Tiene un fuerte acento. Me enseña su pasaporte, por la foto, y lo entiendo. Viene de París.

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En momentos como este uno también se pregunta dónde estará el bebé. ¿Lo habrán hecho con el único objetivo de traer esta bomba aquí? ¿Qué clase de triste existencia es nacer para ser explotado?

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La cigüeña se enciende un cigarrillo y me habla de los distritos de su infancia y cómo no puede esperar a comerse una baguette. Le explico que a mí el pan no me flipa. Resopla. Con su pico tiene que costar, le doy eso.

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Recuerdo un libro que leí hace mucho tiempo. Explicaba que la literatura debe tener sentido. Un cocodrilo me ofrece una puerta para roer.

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Hablo con los cocodrilos. Parecen ajenos a la bomba. Les pregunto por qué comen madera. Resulta que son veganos. Voy a morir rodeado de veganos, con la de autocomplacencia que eso trae.

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Me llaman al móvil y me preguntan si quiero cambiar de compañía de teléfono. Les pregunto por las tarifas. Me hablan de permanencia. Me río.

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Unas hormigas emergen del suelo con tambores, trompetas y bandurrias. Cantan canciones mientras festejan. Parecen borrachas.

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A lo lejos, alguien con problemas de audición pone la tele. Otro presidente, otro escándalo. Sube el volumen. No se entera.

-1-

Encontramos una postal debajo de la bomba. Encontramos los motivos. Quieren que permanezcan secretos. Vamos a respetarles esto por regalarnos una entrada, aunque no sabemos por cuánto tiempo…pero tampoco parece que quede mucho.

-Y-

El contador está a cero. Contengo la respiración para no morir cogiendo ni soltando aire y no dejar nada pendiente. La bomba se abre por los cuatro costados, como una caja de ACME. En el centro, un altavoz comienza a reproducir chistes de Chiquito.

Respiro.

Miguel Ángel. 05/12/2023, ¿Sevilla?



jueves, 15 de agosto de 2024

Mbel, el octavo pasajero (2/2)

 (Primera parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/08/mbel-el-octavo-pasajero-12.html)

    ¡¿A que da miedo que te esperen detrás de las esquinas para darte sustos?!

    ¡¡Me cago en todos tus gfffff!! Respondí

 

    Le había costado no descojonarse mientras armaba todo esto y su cara intentando asustarme mientras aguantaba la risa daba un aspecto tragicómico, muy Scream de Scary Movie al natural, al rostro de la madre que yo iba a ver y rodear fuerte con los brazos y darle las gracias y decirle que la quería.

    Por alguna razón con la que me cuesta acertar, mi primer sentimiento no fue completar mi cometido, sino dejar escapar aire a presión por mi boca mientras comenzaba a reírme.

    ¡Yo iba ahora a darte las gracias por todo y esto es lo que me llevo! Dije entre las apneas fatales que estaba experimentando mi madre entre carcajada y carcajada.

    Ella no podía parar de reír abrazada a mí y yo aún sentía mis músculos tensos de la sorpresa, preparado como estaba hace unos segundos para asesinar a mi agresor apuñalándolo hasta la extenuación con un helado. De nata y galletas.

    Iba a tu cuarto a darte las gracias por todo. Acerté a decir cuando se recompuso y sus frases comenzaron a entrecortarse entre palabra y palabra y no entre sílaba y sílaba.

              

    Eres tonto. Coge los que quieras. No tienes que dar las gracias. Yo también te quiero, culminó con un abrazo y dos besos tras los que marchó a seguir viendo alguna telenovela extranjera o un tutorial para cometer filicidios de madrugada de una manera exitosa.

 

 

    Y así se cumplieron mis voluntades anticipadas.

 

Miguel Ángel. 26/07/2024, Sevilla



jueves, 8 de agosto de 2024

Mbel, el octavo pasajero (1/2)

Atravesé el oscuro salón y llegué a la cocina a coger agua fresca para soportar mejor el calorcito estival. Era la una y al día siguiente trabajaba de noche, así que aprovechaba para acomodar mis horarios de sueño a los que necesita la unidad.

Cuando llegué, encendí la luz para ver dentro del frigorífico con la luz fundida, cogí una botella de agua y volqué algo de su contenido en la mía para aguantar un rato viendo alguna película de esas que una empresa con un logo chulo te convenza hoy de llevártela a las pupilas.

               Habiendo dado un sorbo pensé “¿por qué no?” abriendo la puerta de la nevera enfocando mi atención en un sándwich helado mini coquetón.

               Cerré la puerta y noté su temperatura aliviando la sensación de hervir en el aire de mi mano derecha. Pude notar como dibujaba una sonrisa al experimentar semejante sensación.

              

               Para serles sincero, yo no compré esos pequeños heladitos. Ni siquiera sabía que los querría y los había pedido. Mi mamá, con la que convivo, había pensado en dejarnos estos manjares al alcance. Había pensado en dejarlos porque se le ocurrió que podríamos sufrir, como yo lo estaba haciendo en ese momento, y esa inagotable fuente de placeres culpables, como lo es un azucarado emparedado de crema y cosas de sabores para todos los gustos y formas para todos los públicos, podría hacernos la vida más manejable.

               Sentí un tremendo agradecimiento. Aún no la había visto desde que cenamos juntos hace unos tres días y sentí la necesidad de ir a su cuarto, donde estaba viendo algo.

Mi madre, mi Maribé, que tanto me quiere y tanto la quiero. Tenía que ir a darle un abrazo muy grande y darle las gracias por los helados. Era mi imperativo moral de Kant. Debía agradecerle todo.

               Me dirigí hacia la salida de la cocina dispuesto a verme con ella, rodearla fuerte con mis brazos y decirle que le daba las gracias y que la quería.

               Apagué la luz para no tener que vender el otro riñón, cerré la puerta como me había pedido anteriormente, y me giré hacia el salón. Di unos pasos hasta la puerta cuando una mano apareció de la nada y me agarró el brazo.


(Segunda parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/08/mbel-el-octavo-pasajero-22.html)


jueves, 1 de agosto de 2024

Voluntades anticipadas

    Quiero destruir este blog porque…

 

    Quiero rechinar los dientes hasta mellarme. Quiero rugir hasta quedar ronco. Quiero saltar hasta volar. Quiero lanzar todos los gritos que tengo atados a una roca en el fondo de mi garganta y prenderles fuego a mis cuerdas vocales para dar un concierto solitario de violín con espectáculo. Quiero hacerle el harakiri a mi muñeco de voodoo.

    Quiero un yate. Quiero una casa en la playa. Quiero un buen salario. Quiero un trabajo estable. Quiero sentirme grande. Quiero sentirme realizado. Quiero comer sandía hasta volverme agua. Quiero no querer a todo el mundo.

 

    Estoy dispuesto. De verdad. A consumirme en esta carretera. A llegar con la última gota de sangre, el último aliento, el último latido, la última mirada. No me importa derrapar de aquí hasta el final y perder, metro a metro, más y más carne. Sólo quiero llegar.

    Puedo pagar todos los peajes que me vaya a poner el destino. Si no me queda dinero pagaré en carne y si no me queda carne pagaré en linfa, o en bilis, o en lágrimas. A estas alturas, no me importa mancharme los lagrimales para convertirme en plañidera.

 

    Quiero sentirme reconocido. Quiero que me quieran. Quiero dejarme querer. Quiero que cesen los palos. Quiero que paren las agujas. Quiero que no haya más “hoy me queda un día menos”. Quiero que las cosas tengan la mitad de sentido del que tienen en mi cabeza.

    Aquí me sobran la experiencia, la aptitud, las referencias, las glorias del pasado, el porte, el esfuerzo, las ganas y la virtud si me falta un buen padrino.

 

    Quiero destruir este blog porque si no esculpo aquí todo esto hasta que el cincel con el que martilleo se rompa me va a taladrar la cabeza desde dentro y voy a pintar de una vez la habitación, con lo que a mí me gusta procrastinar y lo mal que se me dan las artes plásticas.

 

Miguel Ángel. 25/07/2024, Sevilla