Quentin Tarantino cuenta en su haber con una película que desconocía.
Realmente él no la dirige; escribió el guion. Se llamó True Romance y en España
la tradujeron como Amor a quemarropa.
La primera vez que escuché su voz la oí como una voz. Como cualquier
otra voz. Hoy, la escucho y siento la alegría del cachorro que mueve la cola
junto a la puerta.
En ella, un, para mí, eterno Mr. Robot en la serie homónima, Christian
Slater se enamora, siendo muy jovencito, de una Patricia Arquette que cae
igualmente rendida al otro tras una noche de pasión con factura.
A veces la veo bailar y mirarme y quiero que me mire así toda la vida. Y
quiero mirarla así toda la vida. Entiéndanme, por favor, he conocido amores y
espero conocerlos, he conocido a personas y espero conocerlas más, y conocer a
otras tantas otro tanto.
Por no destriparles, ambos se crecen como pavos reales junto al otro. No
porque quieran fardar, sino porque se potencian tanto que se desarrollan en
cuestión de segundos, en cuanto conocen a la otra parte de una reacción química
potente. El equivalente en Tik tok serían mentos y coca cola.
Y hace algo y me hace gracia. Y hago algo y le hago gracia. Y, al final,
acabamos los dos descojonados en un pasillo, llorando de la risa como nunca me
he reído con nadie. Hay algo en nosotros, no en ella, ni en mí, que es como una
fuerza magnética y constructiva.
El final, sin embargo, llega cuando hay que abonar la factura de tanto
desfase. El amor, ya saben, no es eterno en su intensidad, como no lo es
ninguna reacción química. Pueden parecernos largos y lacerantes o ardientes,
cortos e intensos, y por mucho que podamos experimentar subjetivamente, siguen
siendo un tiempo en presente que llega a ser pasado en algún momento. Los que
más duelen, me ideo yo, son esos mismos; los que acaban sin haber acabado,
cuando la separación es involuntaria y nos deja huérfanos del resto de
sustancia para seguir quemando energía, y ahí sí parecen infinitos.
El mundo, con todas sus plantas, sus
tigres, sus pingüinos, sus alimañas y conejos, y todo lo que pueda ocurrírsete,
nos cabe en un abrazo donde siento su cuerpo con el mío. Nos amamos como si de
las bocas nos saliesen balas y nos mordemos como si fuésemos fruta dulce y
jugosa. Quiero amar así y quiero que me amen así sin asta ni bandera. A lo que
dé. A donde se acaba la vista. A donde empiezan los créditos.
Miguel Ángel.
15/11/2024, Sevilla