A la pobre Manuela la conocí hará unas tres semanas. Entró por una cosa
que no viene muy a cuento y conoció a la parca por otra que tampoco me parece
necesaria.
Para ser más exactos, aún sólo ha coqueteado con ella.
Hoy es mi último turno en la unidad. He hecho lo posible por darle un
buen día a mis clientes y, por lo que me han hecho saber sin yo preguntarlo,
mis artimañas han surtido el efecto deseado. Por eso estoy contento.
Ha sido un día duro. Hemos tenido once altas, con sus once ingresos, con
sus once despedidas y con sus once bienvenidas.
El cambio, para más inri, ha llegado tarde. Dejé unas cuantas
valoraciones hechas, ya vestido de calle, apagando los últimos fuegos que me
fui encontrando y fui a la habitación donde mis más fieles seguidores esperaban
el cuento que les prometí a medio turno y que no pude conceder por necesidades
del servicio. Cita con la muerte, un viejo cuento sufí que me gusta mucho. A
ellos también.
Salí de la habitación y marché en dirección diagonal, donde había una
habitación individual.
Manuela fue dirigiéndose más al final de sus días según pasaban estos.
Empezó a solicitar que la dejasen en paz y, por privacidad y comodidad,
decidimos moverla a una habitación donde estuviese ella sola. Cada día
intentaba pasar y saludarla y ella me sonreía con la poca energía que le
quedaba tras unas gafas nasales.
Hoy empecé el turno y fui a verla. Allí estaba, más viva que nunca y con
una de esas miradas que el perro viejo que llevo dentro sabe saborear. Sus
últimas horas están más cerca que nunca. Sus párpados están oscuros y tiene
unas pupilas que dejan a su iris al margen de todo lo importante, de un azul
celeste perdido. Me dijo que le alegraba verme. No más que yo de verla a ella,
respondí.
Imaginando que este podía ser su último turno no paré de decirle que
disfrutase a su familia y que comiese lo que quisiese. Aguantó hasta el final.
Llamé a la puerta y entré. Era la primera vez que me veía vestido de
calle y, tras un par de respiraciones para coger fuerza me dijo “qué alegría me
da verte, qué guapo, qué bueno eres”. Me acerqué a ella y le dije que me la
llevaría conmigo en moto, pero a sus 89 años no tenía muy claro si le iba a
sentir bien el fresco de la calle. Se rio como pudo. Le dije por última vez que
disfrutase y que estuviese tan cómoda como pudiese, que no reparase en llamadas
al timbre si lo necesitaba. Le cogí la mano y me la apretó. Me dio las gracias.
Yo se las di a ella. Me pidió un beso. ¿Podría seguir llamándome caballero si
la rechazaba?
Me voy contento y con un nudo en la garganta. Aún se me derrite algún
hielo en el lagrimal mientras escribo estas líneas. Ojalá descanse.
Miguel Ángel. 26/9/2024,
Sevilla



