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jueves, 26 de septiembre de 2024

Guadaña afilada

  A la pobre Manuela la conocí hará unas tres semanas. Entró por una cosa que no viene muy a cuento y conoció a la parca por otra que tampoco me parece necesaria.

  Para ser más exactos, aún sólo ha coqueteado con ella.

 

  Hoy es mi último turno en la unidad. He hecho lo posible por darle un buen día a mis clientes y, por lo que me han hecho saber sin yo preguntarlo, mis artimañas han surtido el efecto deseado. Por eso estoy contento.

  Ha sido un día duro. Hemos tenido once altas, con sus once ingresos, con sus once despedidas y con sus once bienvenidas.

 

  El cambio, para más inri, ha llegado tarde. Dejé unas cuantas valoraciones hechas, ya vestido de calle, apagando los últimos fuegos que me fui encontrando y fui a la habitación donde mis más fieles seguidores esperaban el cuento que les prometí a medio turno y que no pude conceder por necesidades del servicio. Cita con la muerte, un viejo cuento sufí que me gusta mucho. A ellos también.

  Salí de la habitación y marché en dirección diagonal, donde había una habitación individual.

 

  Manuela fue dirigiéndose más al final de sus días según pasaban estos. Empezó a solicitar que la dejasen en paz y, por privacidad y comodidad, decidimos moverla a una habitación donde estuviese ella sola. Cada día intentaba pasar y saludarla y ella me sonreía con la poca energía que le quedaba tras unas gafas nasales.

  Hoy empecé el turno y fui a verla. Allí estaba, más viva que nunca y con una de esas miradas que el perro viejo que llevo dentro sabe saborear. Sus últimas horas están más cerca que nunca. Sus párpados están oscuros y tiene unas pupilas que dejan a su iris al margen de todo lo importante, de un azul celeste perdido. Me dijo que le alegraba verme. No más que yo de verla a ella, respondí.

  Imaginando que este podía ser su último turno no paré de decirle que disfrutase a su familia y que comiese lo que quisiese. Aguantó hasta el final.

 

  Llamé a la puerta y entré. Era la primera vez que me veía vestido de calle y, tras un par de respiraciones para coger fuerza me dijo “qué alegría me da verte, qué guapo, qué bueno eres”. Me acerqué a ella y le dije que me la llevaría conmigo en moto, pero a sus 89 años no tenía muy claro si le iba a sentir bien el fresco de la calle. Se rio como pudo. Le dije por última vez que disfrutase y que estuviese tan cómoda como pudiese, que no reparase en llamadas al timbre si lo necesitaba. Le cogí la mano y me la apretó. Me dio las gracias. Yo se las di a ella. Me pidió un beso. ¿Podría seguir llamándome caballero si la rechazaba?

  Me voy contento y con un nudo en la garganta. Aún se me derrite algún hielo en el lagrimal mientras escribo estas líneas. Ojalá descanse.

 

Miguel Ángel. 26/9/2024, Sevilla



jueves, 19 de septiembre de 2024

Buzz Aldrin no estaría orgulloso

  Tenía un botón rojo invisible en su cuello. Se activaba con los labios.

  Si lo pulsabas ronroneaba y su cuerpo se conmovía, que era la secuencia de declaración de guerra, la señal de que el botón había sido presionado.

 

  En algunas noches nos escabullimos entre bares buscándonos porque nos perdíamos en la cama. No nos cansamos de vernos los dientes entre la risa y tampoco de lamérnoslos sin querer en un arrebato cuando los lúmenes que llegaban a alguna esquina eran suficientemente bajos.

  En contadas ocasiones bailamos en la parte de atrás de algún antro mientras turistas pasadas de rosca enseñaban las tetas por chupitos en torno a gente que ni siquiera se molestaba en girarse para admirarles los pezones.

  Pocas veces nos miramos sin buscarnos las entrañas, como intentando darle lectura a toda el alma del otro.

 

  No sé si dormía siempre con esa ropa o sólo se la ponía porque estaba yo, pero surtía efecto y deseaba volver a activar su cuerpo como si fuese la máquina que da salida al producto en la fábrica de los deseos.

  No se le daba bien dormir y necesitaba cuentos y más cuentos. Pensé que no podría vivir una vida iluminado por una pantalla azul toda la noche y me fui alejando, pero su centro de gravedad era potente porque en su pubis se escondía un sol, así que sólo cuando se le apagaron las ganas de improvisto nuestra última noche tuve fuerza para salir de su órbita, no sin llorar amargamente en un coche un par de horas. El precio de la eyección de emergencia.

 

  Aún hoy, de vez en cuando, nos vemos las caras y nos reímos. A veces nos gusta decirnos que nos queremos y que somos importantes el uno para el otro.

              

  Me alegra haber evitado colisionar de frente contra el agujero negro que estábamos creando. Me apena ser, desde entonces, el astronauta que sólo la puede ver desde una estación espacial, alejado del efecto que su sonrisa tiene sobre mis motores antigravitatorios. Supongo que uno llega a la conclusión de que seguir con vida puede llegar a saber a poco cuando la Tierra tiene más umami que el espacio.

 

Miguel Ángel. 19/08/2024, Sevilla



jueves, 12 de septiembre de 2024

Not over yet, son

 Salto de un charco y caigo en el océano. O más o menos. Parece más bien un escupitajo redimensionado. Como ver a través de un vaso de agua.

  Porque parece que me encajan cuatro por cada golpe que le doy al tiempo, empiezo a ver la toalla con ojos de deseo. Retozar con ella en el suelo parece una buena opción. También lo es esperar a la siguiente campana a ver de qué manera me sorprenden. Lo mismo ahora peleo contra dieciséis. No, no lo creo. Eso no sería sorprendente. Sería aplicar la serie; 1, 2, 4, 8, 16… ¿qué más da? Lo mismo le dan un lanzallamas. Eso sí traería algunos vítores.

  Porque tiene que haber alguien viendo esto con unas palomitas en la mano. Si no lo hay, ¿qué sentido tiene? Tanta batalla entre gladiadores para que no haya espectadores es quitarle el factor entretenimiento a la guerra, y entonces es sólo guerra, y en la guerra sólo hay gente que grita buscando auxilio antes de recibirlo de las manos de Tánatos.

 

  Y aquí sigo, con la cara impasible, como asumiendo que es lo que toca. Eso sí me ha sorprendido. Mis músculos faciales aún no se han inmutado. Quizás un poco de desidia tras un matiz de asco.

 

  ¿Conoces la sensación? He oído muchas veces la frase “sin luz al final del túnel”. Creo que es algo así. Y entonces ¿qué se hace? ¿Se sigue conduciendo sin saber si el camino es de no retorno? Tampoco a mí me queda claro. Los más valentones dirán que la clave es seguir y los acongojados buscarán dónde dar la vuelta a ver si llegan de un acelerón a cuando eran bebés de teta. Yo creo que estoy entre los que se arrascan la picadura a ver si la roncha le cubre las vergüenzas y alguna que otra pregunta de estas. ¿Y esos siguen o se dan la vuelta?

 

Miguel Ángel. 05/09/2024, Sevilla



jueves, 5 de septiembre de 2024

Martes noche

    Ya ha pasado demasiado tiempo para mi gusto. Creo que va un año desde que decidí hablar sobre esto. Hubiese preferido regalarles un kilo de papas, pero la suerte me dio dedos para escribir y no la habilidad para vender nada.

    Quería decir todos sus nombres y gritarles gracias de maneras únicas y especiales, y siempre huía esa idea de mi cabeza cuando aparecía la posibilidad de olvidar a sólo uno. Comenzaba a enumerar nombres y virtudes, defectos y anécdotas. Me sorprendía sonriendo como un tonto recordando una frase, el mover de un pelo, una mirada en mitad de cualquier noche en mitad de cualquier pasillo o un pegote de vaselina en el techo. Me sentía un eterno enamorado de una relación poliamorosa.

    Cada línea me alejaba más del comienzo del folio y me acercaba más a un pozo de agradecimiento y miedo, que es un sitio muy raro.

              

    Decidí, hace unas semanas, olvidarme de sus nombres y de sus caras. Recordarlos como un torbellino que me atravesaba para siempre y con la fuerza del tren que cambia el destino y para el que no tienes billete. La fuerza del ferrocarril que ignora que me colé donde fuera y que acabé en el vagón cafetería brindando con la espuma de tantas lágrimas batidas y vertidas por pena y por gloria.

    Muchos martes, jueves, sábados y algunos domingos, yo iba a rezar a una parroquia por las noches. Allí conocí a otros muchos feligreses que, como yo, de rodillas hacían como que rezaban a Escolapio o algún otro y, con el resto del cuerpo, curaban. A otros y a propios.

    Como a los forajidos, las noches nos cubrían. A la mayoría los he visto morirse de risa y de pena y, por ello, si tuviese que armar una flota pirata yo sabría con quién compartir el ron y los tesoros. Esta entrada es mi humilde y feliz recuerdo de aquellas madrugadas.


    Como en casi todas las historias, el comienzo de estas andanzas es la mera excusa para el nudo, pues poco o nada consciente era yo de lo trascendente que iban a ser estas personas en mi vida, y ni el pelo corto de alguna, con su cara roja, ni el primer café que tomé con algún otro para que se relajase después de una mala noche, parecían tener la importancia que tuvieron los dos años que allí compartí con ellos y con muchos otros.


    Aunque eran decenas de personas con las que me encontré, en aquellos altares, tengo un especial y dulce recuerdo de una secta que allí se formó.


    Casi todo de lo poco que no ignoro sobre el sexo lo aprendí bajo aquellas lunas de la mano de uno que, con su perenne bata, nos hizo de chamán. De punto a punta nos contaba sus historias libertinas lejos de cualquier pudor y, aunque muchos pudiesen pensar que sería ridículo, vivo en el orgullo de notar en su mirada la complacencia de estar mirando a un novato discípulo, porque donde muchos veían a un excéntrico personaje, yo veía al ejemplo de persona que vive feliz, en el margen, que es donde yo quiero fundar una cabaña, en el extrarradio de la normalidad, barriendo las hojas que el tiempo dejó para hacer mi propio camino. Éste tenía el suyo y no sentía vergüenza. Yo espero hacer lo propio.

 

    Las había mamás, los había papás, los había fiesteros y las había caseras. Había jinetes, había cuasijubiladas, había holgazanes y estajanovistas. Si trabajar es la losa con la que nos cargó Sísifo, su presencia son las alas de Ícaro con las que uno se acerca al sol hasta que arde de la alegría.

 

    A ellos, que jamás lo hicieron por ella, tienen toda mi gratitud, porque si recuerdo dos años con cariño fue porque, lejos de la propia, me sentí en una familia que, si bien no me metía pucheros en la boca, me acercaba a algún córner a comer empanadas, donde chocábamos lámparas con la cabeza, como cuando algún otro se descocó contra una atracción infantil o aquella otra fue la víctima perfecta de alguna abeja en alta mar, donde otra más entonó a Sabina por placer o por despecho.

    Porque con casi todos ellos visité el mar, las montañas y ruinas embrujadas. Porque me saben a mucho cada segundo que paso sin volverles a ver y a poco el tiempo que he pasado con ellos. Porque les deseo lo mejor. Porque fueron lo mejor de una parte de mi vida. Porque podría eternizar una lista de razones.

    Por eso y por mucho más, les tengo que dar las gracias en forma de entrada. Por eso y por mucho más me gustaría que pudiesen volver aquí cuando quisieran a recordar que son especiales, no porque lo diga yo, sino porque han transformado tanto, para tanto bien, sin saberlo, que es imposible no ser consciente de lo mágicos que fueron todos.

 

Miguel Ángel. 19/08/2024, Sevilla