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jueves, 9 de julio de 2026

Reflejo (2/2)

  Me da mucha rabia no poder recordar el único poema que nos entonó, pero sí recuerdo que después preguntó “¿qué creéis que significa?” Evidentemente, una cuadrilla de mocosos lampiños no estuvo a la altura de identificar las metáforas que allí sonaron.

  Aparentemente, el poema hablaba del momento en el que él iba por la calle y veía la espalda u olía el perfume de alguien. En ese momento entraba en un éxtasis donde el resto de la humanidad importaba poco o nada, todo pasaba a tiempo bala y toda su atención se tornaba hacia este tótem, con el corazón bombeando a toda voz. Entonces llegaba la realidad y en un cristal o en un charco veía la cara de esta persona y se disipaban sus misterios; no era quien creía. El mundo continuaba a su velocidad y una llamita calentaba sus entrañas a la vez, dejando un pellizco en el estómago.

 

  Esta mujer, con articulaciones lapídeas, que me sonreía al otro lado del casco, tuvo que ver a alguien. Y eso la hizo feliz. Tanto que, hasta cuando mi voz quebró su esperanza, se fue con una sonrisa. ¿En quién pensó? ¿Habrá tenido un buen día? Espero que sí porque para mis musas sólo tengo buenos deseos, aunque me despierten la imaginación a las diez de la mañana yendo a comprar, aunque tengan un perro pequeño y ladre siempre que paso o que se quejen del ruido de la moto. Si esta mujer ha levantado esta entrada, habrá que desearle que se encuentre con la causa de su sonrisa. Espero haberle merecido la pena. Ella a mí me ha valido una alegría.

 

Miguel Ángel. 16/02/2024, Sevilla




jueves, 2 de julio de 2026

Reflejo (1/2)

  Con el casco puesto, montado en la moto, solté el patacabra. Llevo siempre un pequeño auricular muy bajito en un oído porque la música y yo somos complementarios. Este particular afán mío por entretenerme los recorridos con sintonía trae parejo un hándicap a la hora de entender.

  Quiero hacer un paréntesis aquí que me parece importante para las personas que se preocupan por mí. Escucho de todo, de hecho, antes de arrancar siempre chasqueo los dedos para comprobar que lo puedo oír. El problema está en entender frases que, entre la música, el motor, el casco…se complica. Pero oigo bien, de verdad, abuela.

  En ese momento, una señora se puso delante de mí, con un carrito de compra a su espalda, tirado por su brazo derecho. Miró por la apertura del casco con una sonrisa y dijo “tú” alargando la u. Entonces la miré, intentando parar la música para entender el futuro de una probable frase mientras respondía “yo” alargando la o. Entonces sonrió un poco más y dijo “no” con una hache al final, mientras se giraba y continuaba su camino.

  Pasé a su lado y le deseé un bonito día, porque nunca está de más, pero a mí me quedaban unos quince minutos de recorrido en los que tuve, obligatoriamente, que reflexionar sobre esta señora.

 

  Me trasladé a hace unos diecisiete años. Yo tendría entre doce y trece años. Estaba en clase de lengua y literatura y nuestra profesora, una hippie recién llegada, si llegaba, a la treintena, nos trajo a otro hippie, poeta, a hablarnos de su trabajo. Vestía oficiales harapos andinos muy coloreados, pero no recuerdo su cara, aunque sí que tenía el pelo corto y desaliñado y una barba en las mismas condiciones.


(Continuará)