Me da mucha rabia no poder recordar el único
poema que nos entonó, pero sí recuerdo que después preguntó “¿qué creéis que
significa?” Evidentemente, una cuadrilla de mocosos lampiños no estuvo a la
altura de identificar las metáforas que allí sonaron.
Aparentemente, el poema hablaba del momento
en el que él iba por la calle y veía la espalda u olía el perfume de alguien.
En ese momento entraba en un éxtasis donde el resto de la humanidad importaba
poco o nada, todo pasaba a tiempo bala y toda su atención se tornaba hacia este
tótem, con el corazón bombeando a toda voz. Entonces llegaba la realidad y en
un cristal o en un charco veía la cara de esta persona y se disipaban sus
misterios; no era quien creía. El mundo continuaba a su velocidad y una llamita
calentaba sus entrañas a la vez, dejando un pellizco en el estómago.
Esta mujer, con articulaciones lapídeas, que
me sonreía al otro lado del casco, tuvo que ver a alguien. Y eso la hizo feliz.
Tanto que, hasta cuando mi voz quebró su esperanza, se fue con una sonrisa. ¿En
quién pensó? ¿Habrá tenido un buen día? Espero que sí porque para mis musas
sólo tengo buenos deseos, aunque me despierten la imaginación a las diez de la
mañana yendo a comprar, aunque tengan un perro pequeño y ladre siempre que paso
o que se quejen del ruido de la moto. Si esta mujer ha levantado esta entrada,
habrá que desearle que se encuentre con la causa de su sonrisa. Espero haberle
merecido la pena. Ella a mí me ha valido una alegría.
Miguel Ángel. 16/02/2024, Sevilla

