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jueves, 29 de mayo de 2025

Las enseñanzas de Marie Kondo que me perdí

  Hace años me hablaron de los milagros para el alma que causa toparse con Marie Kondo. No hice caso entonces y tiene poca pinta que lo vaya a empezar a hacer ahora.

  Resulta que las casas están más ordenados y la vida huele más a sábanas recién lavadas y menos a resaca sudada en la almohada cuando aprendes a dejar marchar.

 

  De pronto se cae algo y miro al suelo. Allí estaba, un llavero. Podría ser cualquiera, pero era ese.

  Las cosas que nos rodean son iguales a otras millares o millones de cosas que dan vueltas por el mundo y, por el hecho de haber llegado a nosotros como llegan y vivir con nosotros como viven, si es que viven, llegan a ser parte de nosotros mismos. Como una astilla que viene del árbol a tu dedo y se queda alojada, y tu cuerpo recubre de pus, y duele, y se expulsa a su debido momento.

  Con lo inerte que elegimos pasa algo distinto a lo inerte que se nos inocula. Los peluches, los abalorios, la ropa o las piedras que forman parte de nuestros recuerdos y las personas con las que los compartimos tienen un proceso diferente. No llega nuestro cuerpo a expulsarlos tan alegremente, y no duelen cuando están hinchados, sino cuando faltan o se rompen.

  A mí me han dolido peluches rotos.

 

  Estaba en el suelo porque el aro que lo sostenía había agrandado su apertura fruto de los tirones continuados que había soportado. Lo coloqué como pude de nuevo en su lugar y lo intenté apretar con los dientes, como vi que una amiga muy resolutiva hacía no hace mucho con un aparato similar.

 

  Esa misma noche me apeé a beber de un abrevadero para continuar escribiendo cuando el alba tocase a mis párpados y pude comprobar la verdad más dolorosa. El remedio fue estúpido, mi despedida insuficiente, los recuerdos redoblaron en mi sien como el repiquetear del tambor cuando toca que brille solo en la orquesta. Ahora que perdido está mi llavero me veo en la tesitura de comprar uno nuevo, frío, esperando que cuadren mis experiencias en el mismo sitio que dejó el otro vacío o abandonar cualquier lucha por recuperar calor en esa parte del pericardio.

 

  Nuestra mente está hecha para vivir el presente. Mi mente está rota, como la tuya, porque sólo sabe vivir en el pasado.

  Quizás es buena idea usar de llavero un trozo de miocardio. Al menos, la idea es más evidente.

 

Miguel Ángel. 15/05/2025, Sevilla



jueves, 22 de mayo de 2025

¡Pues catalízame ésta! (4/4)

  Ignoro si esta historia es cierta o no, sólo sé que ella iba antes que yo y, para cuando cambiaron de turno en la comisaría, nos hicieron andar a una sala contigua, más pequeña, por estar más cerca del área de denuncias y para que la policía que nos tomaba los datos tuviese que andar menos.

  Aproveché el cambio de localización para sentarme en otro lado y tener la opción de leer tranquilo un rato, pero debido al menor espacio de esta habitación, todos decidieron compartir la razón por la que estaban allí y me sentí interpelado por un señor mayor junto a mí, con bastón, que tuvo dos lágrimas a punto de hacerle puenting por los lacrimales al hablar de lo que le dolía que le habían robado el colgante con una estampa de su hijo, fallecido a la tierna edad de veintiocho años. No leí mucho más, pero intenté amenizar la espera hablando con todos. Alguien dijo “Este sitio es demasiado inseguro, mirad la cantidad de delincuencia”, a lo que yo respondí, pacificador e intentando fijar el objetivo en lo positivo “piense que aquí nos hemos reunido todos los que hemos sufrido un robo, como en el hospital los que están enfermos. La mayoría de la gente está fuera tranquila. Yo hace años que no pongo una denuncia, lo normal es no hacerlo, pero cuando toca uno se frustra y lo pasa mal aquí. A mí me ha venido bien, porque vivo acelerado y gracias a esto estoy leyéndome este libro”. Asintieron conformes y felices de saber que Sevilla no era el nuevo Bronx a este lado del manzanares. Alguien me preguntó qué me habían robado, pero yo entendí qué estaba leyendo, así que hubo un momento incómodo justo cuando un policía nos pidió que bajáramos la voz, que entendía que la espera se hacía larga y apetecía hablar, pero que tocaba chitón. Lo dijo más amablemente. Me apetece imaginarlo severo y estúpido, pero no lo fue.

 

  Al fin, pasó mi antigua compañera peruana y, poco después, yo.

  La persona que me tomó declaración era una morena de unos treinta y largos años con una cabellera negra de las que sirven como telón para una función que infunda locura. Sus ojos tenían una mezcla de juventud y senectud que sólo se explica cuando alguien trabaja en un lugar donde ve las miserias que ofrece el ser humano.

  Sus uñas estaban cuidadosamente pintadas, a excepción del dedo corazón de su mano derecha. Realmente, llevaban ya algo de tiempo hechas, porque la pintura no llegaba a la cutícula y era de admirar, porque el color seguía destelleando a mis ojos, que no podían parar de fijarse en el hipnótico baile que hacían sus dedos sobre el teclado. Deseaba que me dejase el teclado un rato. Sólo un rato. Un pico y me voy, le hubiese pedido. No lo hice. Permanecí disfrutando de la pintura negra con el intermezzo de sus dedos anulares, que tenían la representación de una fresca enredadera colmada de flores rojas.

 

  Me hizo alguna broma y nos reímos ambos antes de firmar unos papeles. Salí a la calle y guardé el libro justo cuando empezaba a llover, otra vez, sobre mí, justo antes de arrancar la moto.

 

  Y, ahora sí: ¡A por la ensalada de pasta!

 

Miguel Ángel. 15/04/2025, Sevilla



jueves, 15 de mayo de 2025

¡Pues catalízame ésta! (3/4)

  Dejé allí el coche y volví andando a mi casa, a unos veinte minutos, con un calzado no apto para tener llagas en los pies. Aproveché para llamar al seguro, que cubría esta historia, y me reclamaron poner una denuncia para poder iniciar los trámites pertinentes.

  Obediente, fui a una comisaría cercana y entré. Me avisaron de que el tiempo de espera era entre cuatro y seis horas y me alegré de haberme traído un libro de Bukowski, pero cuando llevaba una o dos horas leyendo empecé a ruborizarme por la cantidad de veces que había leído verga, semen y coño rodeado de personas mayores.

  Por alguna razón, supongo que por el rubor, la persona que tenía al lado me tomó como confidente. Se llamaba Elvisa Margarita, natural del Perú. Había sido profesora y ahora estaba jubilada. Se había codeado con militares de alto rango y había tenido a su cargo 300 personas por cada uno de los 54 colegios que tenía asignados. Me pareció un poquito presuntuoso, pero decidí seguir escuchándola con el libro cerrado y el auricular en silencio.

  Todo comenzó diciendo “Sevilla es muy bonita, pero…” por lo que, cuando vi un hueco por el que colarme le pedí que me hablase de lo que ella consideraba hogar y menos de trabajo como gestora en “la fiesta de la democracia”, que es una cosa que pasa cada 4 o 5 años, y que, por lo que contó, era bastante movidito. Muchas amenazas de llamar a coroneles a gente que llevaba camisetas partidistas.

  Me habló de todo lo que echaba de menos; de la vida, del espacio, de la comida…Del olluco y de la cantidad de patatas que había, de distintos tipos (miles, dijo enfatizando el millar). Para qué servía cada patata. Cómo el pescado fresco se acumulaba en la lonja a la que ella iba y cómo veía a los animales aletear sobre sus inertes compañeros con los últimos retazos de vida que les quedaban entre las agallas. Yo tenía hambre, pero verla hablar con tanta nostalgia me hacía más agua en el corazón que en la boca, por lo que perdono completamente que no se interesase lo más mínimo ni por mi nombre en los cuarenta y cinco minutos que pasó hablando de su vida, su lejana casa o su presente.

  Pasó de vivir en una vivienda de 200 metros cuadrados en un lugar donde todos la conocían a dormir en una habitación compartida con otra persona donde, cada noche, asumían un cortés 69 en el que los pies de la otra persona ocupaban parte de su almohada. A Elvisa le da igual, porque ella es de naturaleza mochilera y quiere ver toda Europa.

  Por alguna razón, decidió ir al consulado sin cita. Su amiga le dijo que era mala idea, que esas cosas son muy formales, pero ella dijo que por su coño allí que se presentaba. Llegó y ayudó a un trabajador de la zona a resolver unas circunstancias con la aplicación que manejaban en sus móviles. Supongo que es la eterna consecuencia de poner a gente a dedo en los sitios o la suerte de toparte con alguien en su primer día de trabajo. La cuestión es que impresionó a este personal y consiguió una cita con la cónsul ese mismo día. Tras tomar un café con ella, no sé cómo, decidieron que harían un documental sobre mi interlocutora, que tenía las gafas sucias.


(Continuará)


 

jueves, 8 de mayo de 2025

¡Pues catalízame ésta! (2/4)

  Jugueteé con la idea de dejarme hacer masajes de pies y acabé el lunes en un restaurante ambientado en el mundo del toreo tomando un vino. Frente a un cazamosquitos de luz purpúrea que estaba junto a un extintor demasiado alto para ser usado en un momento de necesidad estaba yo.

  Un rato antes, miré el cielo y supe que no iba a llover. Unos cinco minutos después, sobre la moto, entendí por qué no podría ser yo meteorólogo y llegué hecho una lubina a destino.

  Con la ropa interior mojada como una colegiala ante la idea de pillar al chico popular mirándola a su espalda o ser interceptada tras el horario lectivo por un profesor sexy, contemplé la figura de un camarero ambivalente entre el servicio y la desidia, pero mi observación quedó inconclusa cuando dos indias empezaron a discutir en un inglés jocoso a grito pelado detrás de mi acompañante. El bar entero quedó en silencio e imaginé que era lo más parecido que iba a estar de una tarde de corrida, por lo que celebré llevarme dos orejas y quedar dubitativo sobre si todo había sido una estrategia para hacer un simpa.

 

  Desperté a la mañana siguiente teniendo en mente que quería aspirar la furgoneta, porque ya le tocaba, pero mis planes fueron truncados por la llamada de una gestora hipotecaria. A mitad de una llamada kilométrica se dio cuenta de que el sistema que usaba no funcionaba y tuvimos que repetir una parte del proceso otra vez, acumulando algo así como 40 minutos de charla. Le dejé puesto un 10 en dos áreas que se me preguntaron unas horas después, en comisaría.

 

  Por alguna razón decidí que tener que trabajar esa noche y el ritmo acelerado de vida que llevaba no me podían parar a la hora de hacer cosas que me supusieran placer y cogí mis cascos, una bolsa que tengo llena de monedas de dos euros y fui a la furgoneta a limpiarla al sol, antes de que empezara a llover.

  En cuanto me monté sentí que había sido violado. Miré la parte de atrás y no había nadie, pero sentía la presencia de algo y, sinceramente, estaba algo tenso. Al arrancar sonó todo como si aquello fuese un pozo y no un coche y retumbaba. Miré el capó por todos lados y es cierto que algunas cosas no parecían como las recordaba, pero tampoco sabía decir qué faltaba o qué sobraba, así que me debatí entre no hacer ni puñetero caso o ir a mi taller de confianza, aquel que me había recomendado al otro para cambiar las ruedas y que no me ha cobrado nada de las consultas realizadas en los últimos 6 meses.

  Normalmente, llamo antes de ir y siempre me dicen que es jornada de puertas abiertas, aunque estén trasteando cinco coches a la vez. Me gusta su estilo y esta vez decidí pasar de formalidades y asumir que son como de la familia. Pasé por delante de la puerta del establecimiento y aparqué algo más adelante. Al llegar a la puerta de apertura vertical, un joven que no reconocí me sonrió y dijo:

-Vienes por el catalizador, ¿no?

-No lo sé. ¿Es eso por lo que suena así?

-Sí, te lo han robado.


(Continuará)



jueves, 1 de mayo de 2025

¡Pues catalízame ésta! (1/4)

  Lo bueno de la ensalada de pasta es que podrá esperar en el mismo estado a que termine de escribir esto antes de consumirla. No habrá penalización, más allá de mi hambre, que aporrea pedigüeña las paredes de mi abdomen y lanza alaridos moribundos de vez en cuando.

  Por suerte, debido a un entrenamiento que se extiende por, aproximadamente, un lustro, he desarrollado la capacidad de ignorar mi hambre a base de evitar comer cuando fumo marihuana. No creo que volverme un asceta sea lo mejor que pueda hacer por el atractivo de mi cuerpo, pero creo que me acerca más al nirvana. Eso y la alopecia.

 

  Todo comenzó de manera insospechada. Mi furgoneta tenía que pasar la ITV de manera semestral religiosamente, y allí acudí, llevando unas pocas a mis espaldas. Fue una de esas inspecciones extrañas en las que el examinador asume (con buen criterio) que quien está al volante sabe lo justo para desplazar el vehículo de un lado a otro. Cogió confianza y me llevó a la parte inferior de la plataforma desde donde ven las ruedas por debajo, que es como la guarida de los gnomos. Allí me señaló unas grietas evidentes en la parte interna de los neumáticos traseros y se dio el lujo de pasar cinco minutos explicándome lo peligroso que era ir así. Yo asentí y decidí no quejarme de que lo podía haber hecho en uno y agradecí que no lo hiciese en diez.

  Poco después vino con un papel donde me dejaba claro que aún no podía pasar la inspección de manera favorable y aproveché para preguntarle qué piloto decía que tenía estropeado y me señaló el indicador del freno de mano. Le demostré que esa lucecita se debía a tener el freno echado y que se quitaba si lo deshacía y quedó conforme. Ahí dudé de todo el criterio que había mostrado en su pequeña madriguera, pero igualmente fui a cambiar las ruedas.

 

  Cambiar las ruedas de una furgoneta es un proceso fabril y, en Sevilla, no te casas sin padrino, así que tiré de un contacto, que aparecerá más adelante en esta historia, para casarme en buenas fechas. Me concertó un matrimonio de conveniencia con un taller cercano y solicité unas buenas ruedas.

-Esta tarde lo tienes.

-Esta tarde trabajo.

-Pásate mañana.

 

  Se olvidaron de cambiarlas esa mañana y al día siguiente ya no tenían los neumáticos que solicité, así que bajamos la calidad (y también el precio).

  Para cuando lograron recordar que había que cambiar las ruedas se olvidaron de que les pedí un pulido de faros, pero consiguieron mover su apretada agenda. Mientras lo hacían, leía a Dante en la acera bajo un cartel que rezaba “pulido de faros 20 euros”. Al ir a pagar me cobraron 50. No discutí demasiado porque tenía hambre y venía recomendado. No creo que vuelva.

 

  Aparqué el coche ese mismo sábado y pasé a plantearme los sinsabores que tiene mi vida en esta época del año, que es un trending topic reciente en mis cábalas. Mi madre me dijo que esa zona es menos peligrosa que donde la suelo aparcar, así que estaba seguro.

 

  El domingo mi abuela quiso pasarse por el centro a besarle las manos a la representación de un cristo con mucha potencia y la acompañé. Se me obligó a ir de etiqueta y usé unos zapatos que compré caros para una boda y que mis pies, acostumbrados a deportivas, no acogen con demasiado entusiasmo. Para cuando fue a entrar al besamanos yo empecé a notar casi dos décadas de conductismo negativo en las que le cogí tirria al mundo cofrade y decidí irme del centro antes de que empezase a llover.

  Como aún hacía sol decidí andar hasta mi casa (unos cuarenta minutos) y eso se transformó en ampollas en la planta, los tobillos y el lateral de mis pies. Mi amiga Cristina dice que es mi particular estación de penitencia.


(Continuará)