Hace años me hablaron de los milagros para el
alma que causa toparse con Marie Kondo. No hice caso entonces y tiene poca
pinta que lo vaya a empezar a hacer ahora.
Resulta que las casas están más ordenados y
la vida huele más a sábanas recién lavadas y menos a resaca sudada en la
almohada cuando aprendes a dejar marchar.
De pronto se cae algo y miro al suelo. Allí
estaba, un llavero. Podría ser cualquiera, pero era ese.
Las cosas que nos rodean son iguales a otras
millares o millones de cosas que dan vueltas por el mundo y, por el hecho de
haber llegado a nosotros como llegan y vivir con nosotros como viven, si es que
viven, llegan a ser parte de nosotros mismos. Como una astilla que viene del
árbol a tu dedo y se queda alojada, y tu cuerpo recubre de pus, y duele, y se
expulsa a su debido momento.
Con lo inerte que elegimos pasa algo distinto
a lo inerte que se nos inocula. Los peluches, los abalorios, la ropa o las
piedras que forman parte de nuestros recuerdos y las personas con las que los
compartimos tienen un proceso diferente. No llega nuestro cuerpo a expulsarlos
tan alegremente, y no duelen cuando están hinchados, sino cuando faltan o se
rompen.
A mí me han dolido peluches rotos.
Estaba en el suelo porque el aro que lo
sostenía había agrandado su apertura fruto de los tirones continuados que había
soportado. Lo coloqué como pude de nuevo en su lugar y lo intenté apretar con
los dientes, como vi que una amiga muy resolutiva hacía no hace mucho con un
aparato similar.
Esa misma noche me apeé a beber de un
abrevadero para continuar escribiendo cuando el alba tocase a mis párpados y
pude comprobar la verdad más dolorosa. El remedio fue estúpido, mi despedida
insuficiente, los recuerdos redoblaron en mi sien como el repiquetear del
tambor cuando toca que brille solo en la orquesta. Ahora que perdido está mi
llavero me veo en la tesitura de comprar uno nuevo, frío, esperando que cuadren
mis experiencias en el mismo sitio que dejó el otro vacío o abandonar cualquier
lucha por recuperar calor en esa parte del pericardio.
Nuestra mente está hecha para vivir el
presente. Mi mente está rota, como la tuya, porque sólo sabe vivir en el
pasado.
Quizás es buena idea usar de llavero un trozo
de miocardio. Al menos, la idea es más evidente.
Miguel Ángel. 15/05/2025, Sevilla




