-Hola Lope.
-Necesito un pijama.
Esta conversación, carente de remilgos y directa al grano por parte de
mi interlocutor, ya la había tenido anteriormente.
Adiviné que no quería revelarme mucha más información sobre el accidente
y le entregué uno nuevo con una sonrisa tras averiguar su talla. Acompañé esto
con un “buenas noches” que respondió con una cigomática pero suave sonrisa,
casi obligada. Nada que no se pudiese esperar de un desvelo accidental (aunque,
visto en perspectiva, rutinario) a las tantas de la madrugada.
El señor Lope volvió a inundar el pasillo con sus pasos unas pocas veces
más mientras escribía estas líneas. En una de ellas (de las visitas), incluso
me reveló el motivo de su aventura, pero no lo desvelaremos por el decoro que
requiere hablar de pacientes y no de viandantes comunes que echan sus acciones
al mar común que es la vida.
Al rato, fue a por café, no sin antes advertírmelo para que yo pudiese
recomendarle que lo hiciese descafeinado, a lo que respondió asintiendo y
sonriendo nasalmente, como si fuese evidente que lo iba a hacer.
Mi turno acabó y me vinieron a relevar sin que yo hubiese encontrado un
motivo que justificase estos nocturnos trazos, pero creo que un par de milagros
y una concesión bastarán. A fin de cuentas, echamos demasiada carga argumental
al destino y tendemos a olvidarnos del camino, y son esos pasos los que llevan
al café, y a los peregrinos a la salvación, y a mí, ahora, aparentemente, a
descansar.
¡Buenas noches!
*Finalmente, fui a por más folios
más adelante en esta historia. Los saqué de otra impresora. No pude cerrar la
bandeja de papel tras esto. Compañeras tuvieron que parar lo que estaban
haciendo para ayudarme a arreglarla. Para no arruinar la vida de una persona
fastidié a cinco. La ironía.
Miguel Ángel.
10/1/2024, Sevilla.




