Entradas populares

jueves, 30 de enero de 2025

Bienvenido Mr. Lope (2/2)

-Hola Lope.

-Necesito un pijama.

  Esta conversación, carente de remilgos y directa al grano por parte de mi interlocutor, ya la había tenido anteriormente.

  Adiviné que no quería revelarme mucha más información sobre el accidente y le entregué uno nuevo con una sonrisa tras averiguar su talla. Acompañé esto con un “buenas noches” que respondió con una cigomática pero suave sonrisa, casi obligada. Nada que no se pudiese esperar de un desvelo accidental (aunque, visto en perspectiva, rutinario) a las tantas de la madrugada.

  El señor Lope volvió a inundar el pasillo con sus pasos unas pocas veces más mientras escribía estas líneas. En una de ellas (de las visitas), incluso me reveló el motivo de su aventura, pero no lo desvelaremos por el decoro que requiere hablar de pacientes y no de viandantes comunes que echan sus acciones al mar común que es la vida.

  Al rato, fue a por café, no sin antes advertírmelo para que yo pudiese recomendarle que lo hiciese descafeinado, a lo que respondió asintiendo y sonriendo nasalmente, como si fuese evidente que lo iba a hacer.

  Mi turno acabó y me vinieron a relevar sin que yo hubiese encontrado un motivo que justificase estos nocturnos trazos, pero creo que un par de milagros y una concesión bastarán. A fin de cuentas, echamos demasiada carga argumental al destino y tendemos a olvidarnos del camino, y son esos pasos los que llevan al café, y a los peregrinos a la salvación, y a mí, ahora, aparentemente, a descansar.

  ¡Buenas noches!

 

 

*Finalmente, fui a por más folios más adelante en esta historia. Los saqué de otra impresora. No pude cerrar la bandeja de papel tras esto. Compañeras tuvieron que parar lo que estaban haciendo para ayudarme a arreglarla. Para no arruinar la vida de una persona fastidié a cinco. La ironía.

 

Miguel Ángel. 10/1/2024, Sevilla.



jueves, 23 de enero de 2025

Bienvenido Mr. Lope (1/2)

  Sirva en suficiencia este relato, puesto que su ejecución dependió, originalmente, de dejar la impresora alumbrada por un único y triste folio.

  Si bien es cierto que dudo que el relevo Gutenbergiano que tendré pudiere apañarse mucho mejor con dos que con uno*, no soy yo quien deba juzgar o prever las habilidades o eficiencia de este mismo y, quizás, esté privando al mundo de un futuro Nóbel. Es por ello que espero que estas líneas, sin premeditación ni alevosía, que dibujo a las cuatro y media de la madrugada tengan sentido más allá de evacuar mis sienes.

 

  Di un paseo, para estirar las piernas, por el pasillo que conecta los doce cubículos de la planta. Podría esperarse, y en cierta manera se acertaría, que lo hiciese solo, mas mis lentos y amenos pasos fueron acompañados por un sermón evangelista que provenía de una de las primeras habitaciones y que se extendía mucho más allá de los límites naturales del área que comprenden nuestros cuidados.

  Los gritos del predicador tenían, como diana indirecta, a un joven que los médicos y el personal de planta habían tildado en numerosas ocasiones de vegetal que más necesitaría un milagro que un tratamiento, dado que no conocemos pastillas para el alma. Su familia, religiosa por causas justificadas que ignoro (tan justificadas como alguien podría, supongo), aparentemente, se negó a aceptar el pronóstico prescrito y, no sé bien si porque era Navidad, si porque los médicos se equivocaron o porque el evangelismo es la única fe verdadera, aquel cojín de carne que mencionamos dio signos de vida y consciencia, así que no sería yo quien les bajase el volumen, porque no me corresponde diferenciar entre casualidad y causalidad.

  Sea por lo que fuere, con mis manos a la espalda y sin desearlo demasiado, de repente encontré un vaso. No lo he mencionado aún, pero llevaba un rato bebiendo agua de un vaso de chupito y, pese a que no había rezado para conseguirlo, este avance volumétrico sirvió de milagro para mis necesidades de hidratación. Me supo a poco comparado con devolverle el ánima a una mente inerte y edulcoré esta señal con zumo de naranja en lugar de fresca, pero sosa agua.

  Disfrutando de mi particular diluvio universal glucémico en el paladar escuché tórpidos pasos por el pasillo a la misma hora que los escuchara noches atrás.

(Continuará)

Miguel Ángel. 9/1/2024, Sevilla



jueves, 16 de enero de 2025

Fuego fatuo (2/2)

  Pensaba yo esto mismo y me dio por hilarlo con la idea de lo ordinario que puede ser hablar sobre culos como si no estuviesen pegados a personas. Me eché hacia atrás en la misma furgoneta y pensé de dónde me venía la obsesión. Recordé cuando empecé a escribir y las cosas que me salían y lo pulcro que intenté ser siempre y cómo conocer a un escritor adicto a Silvio que usaba un lenguaje malsonante para darle una forma hermosa me cambió la percepción para siempre, dejando de temer ensuciar mis manos con fonemas y sintagmas vulgares para pasar a desearlo. Desear hablar del contoneo de un cuerpo, del sabor de alguien, de un escupitajo que escondiese el mundo del deseo dentro o del sudor que queda en el pelo cuando en verano uno se enamora.

  Durante años viví mezclando la idea de los dos Silvios sin saber si era sevillano o cubano, poeta o roquero. Con el tiempo llegué a comprender que eran dos seres diferentes y que el que generaba el enganche de mi particular maestro era el que menos me gusta. Tiene fama en mi cercanía de ser un auténtico artista que aún no he sabido comprender. Espero pacientemente el día que me toque verlo con nuevos ojos como ya me pasara con Krahe.

 

  Entonces me di cuenta de que algo fallaba. Todo esto lo llevaba pensando un par de días mientras estaba al volante. Deseaba escribirlo y no lo hacía porque no le encontraba sentido y, quizás erróneamente, decidí probar a plasmarlo para vivir más en el presente y menos en bailar sobre un folio en blanco. Es imperativo vivir en el ahora. Más, si cabe, cuando uno conduce.

  Espero que valoren estas líneas, aunque sea negativamente; que hayan causado algo, porque han costado que se me enfríe el durum que compré para soportar la bajada de azúcar causada por más de veinticuatro horas sin comer decentemente, que acabarán en algún momento, después de este trozo de pan y carne fríos.

  Para mí, espero que acabe mi obsesión por la imagen del cigarrillo golpeando el asfalto.

 

Miguel Ángel. 04/01/2025, Sevilla



jueves, 9 de enero de 2025

Fuego fatuo (1/2)

  Serían las siete de una oscura tarde de invierno cuando, por el cristal delantero de mi furgoneta, pude ver a alguien tirar una colilla encendida a más de 120 km/h. Esto, que parecería el comienzo de un ejercicio de matemáticas de la ESO, fue el principio de una revelación.

  En cuanto vi cómo se estrellaba con el suelo chisporroteando por todo el horizonte oscuro conocido de la carretera sin iluminación comprendí la magia de los fuegos artificiales y el sueño despierto de los que quieren dejar de fumar al ver un bastoncillo de fuego.

 

  Rodrigo de Jerez, aparentemente, pasó siete años en la cárcel porque para cuando le vieron fumando en la península (1493) pensaron los gerifaltes de la época que “sólo el diablo puede darle a un hombre el poder de sacar humo por la boca”. Irónicamente, y siempre según lo que ha llegado a mí, cuando salió libre fumar ya era una moda en toda la zona.

  Para mí, que no tengo gusto por fumar tabaco y nunca lo he tenido, es difícil empatizar con el mono de alguien que fuma. No con la abstinencia en sí, que sí he llegado a sufrir, sino con la adicción al tabaco. Sin embargo, durante un par de segundos, ver ese filtro explotando en mil trozos incandescentes en mitad de una fría jornada invernal, vi en el espectáculo una suerte de embrujo seductor como el que puede tener para mí un buen culo.


(Continuará)



jueves, 2 de enero de 2025

Te escucho

  Escucho una canción y me transporta a hace más de 10 años. Me vengo de la idea del olvido con estos recuerdos. Imagino el poder que tiene la música; nuevas canciones que escucharé en las próximas semanas pueden grabar a fuego memorias que aún no he fabricado y que no pretenderé guardar.

  Uno se esfuerza por dejar intactos los temarios y se olvida de los paseos, pero es cuando se aprieta algún gatillo años después que se da cuenta de que la atención tiene dianas misteriosas y caprichosas. A veces, el sabor de un helado guarda un beso y, otras, un supermercado el desamor, junto a las conservas. A veces, una canción esconde la perdición y la salida del laberinto, y rara vez se ve el mapa si no es dándole al play.

 

  Qué poderosa es la armonía si tiene la habilidad de coger mi vida y escondérmela, como un calcetín viejo, al final de algún cajón. Desemparejada y sin ver la luz del sol se me antoja moribunda y no puedo estar más equivocado.

  Qué bonita es la música. Qué pena no saber escribir pentagramas por mí mismo para dedicarle recuerdos reprimidos a la gente. Qué pena no saber escribirle algo bonito a las melodías. Qué pena más grande.

 

Miguel Ángel. 20/12/24, Sevilla