Entradas populares

jueves, 29 de febrero de 2024

Anaconda (3/3)

(Segunda parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/02/anaconda-23.html)

Usando esta ristra de colectores de información puede llegar a la conclusión definitiva. Va a comer pronto. Lo sabe porque me apago. Y así se relaja y se deja ir. El magma crece. El volcán explota. Desde dentro, los jugos la corroen esperando el alimento. Babea sin compasión. Sus ojos se tornan. Parece que se apaga de júbilo. Explotan estrellas y se inician mundos en su mácula. La respiración jadeante y entrecortada. Los colmillos sin veneno se preparan para un festín alcanzando el exangüe de quien no espera ya.

 

Los humanos también tenemos órgano vomeronasal pero, al parecer, no está conectado con nuestro cerebro. Se creía que era vestigial, pero estudios recientes parecen indicar que no se atrofia y que es funcional, simplemente no lo usamos. Esto daría una nueva profundidad a la frase “mi mente de lagarto” cuando nos referimos a comportamientos viscerales.

 

Es entonces, en el último latido cuando me doy cuenta. Hoy, la anaconda, soy yo. Y estoy enrollado sobre mí mismo. Hoy he descubierto que mi peor depredador puedo ser yo y que, pese a no tener veneno, puedo apretar hasta descoyuntar, asfixiar y consumir. Como mi cuerpo no tiene tantas vértebras, el pago es mi propia cordura. Pero a mi órgano de Jacobson le tiene que resultar agradable saber que, a fuerza de sacar a relucir mis escamas de animal, hoy se da un banquete de ira contenida. Ya sólo me queda arrastrarme por el suelo.

 

Suelto la presión. Respiro. Para la erupción. Cojo una cazadora y salgo.

Miguel Ángel. 17/01/2024, Sevilla



jueves, 22 de febrero de 2024

Anaconda (2/3)

(Primera parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/02/anaconda-13.html)

Hay quien piensa que lo que lleva a las personas a comportarse como monstruos son sucesos potentes y devastadores, como un terremoto, un genocidio o la mayor de las crisis. Ahora, desde esta perspectiva comienzo a creer que los “cruces de cables” están más relacionados con pequeñas frustraciones que se van amontonando. Alguien no te da bien el cambio, un atasco y su fauna, un vecino con el que no convives sin fricción y un brick de leche que caduca se me antojan motivos suficientes para declarar el cuarto Reich ahora mismo. No por mí, sino por lo que veo, aunque a veces me veo en el espejo.

 

La serpiente lo siente, se acerca la calma. Se acerca el fin. Tiene sensores de muchos tipos, pero no siente el mundo como nosotros. Por ejemplo, carece de oídos, pero el contacto de su cuerpo con la tierra le permite analizar las vibraciones que le llegan, sus ojos no están especializados, pero es capaz de notar el movimiento. También tiene sensores infrarrojos, pero no ve como Predator a Arnold Schwarzenegger (voy a salirme del relato durante un segundo para avisar a los lectores: he escrito este nombre bien, a la primera y sin mirar. Lo he comprobado. Creo que esto merecía un paréntesis), sino que es capaz de saber si algo está más o menos caliente dirigiendo su atención a ese objeto. Por último entre lo que quiero enumerar, su lengua se lanza al aire, con toda su bifidez, para pasar las partículas del aire a su órgano de Jacobson (también conocido como órgano vomeronasal), en la parte delantera de su paladar, con esto puede analizar los compuestos que recoge y sacar conclusiones sobre lo que la rodea.

Usando esta ristra de colectores de información puede llegar a la conclusión definitiva. Va a comer pronto.

 

(Tercera parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/02/anaconda-33.html)

Miguel Ángel. 15/01/24, Sevilla



jueves, 15 de febrero de 2024

16 de febrero

Pensaba que ya lo tenía solucionado desde el mismo momento en que pronuncié las palabras “ya está hecho”, en sentido figurativo, pero me está costando bastante más.

Pensé que perdonar alberga en sí el perdón. Cuando lo decimos, cuando lo pensamos. Cuando lo digo, cuando lo pienso. Cuando lo dije, cuando lo pensé.

 

Cuando me quise dar cuenta, había olvidado. Me preguntaban y yo sólo veía borrones y sonreía porque todo estaba fuera. Purgado del sistema, la miasma no puede contaminar. Y pobre iluso pensando que el veneno iba a salir del cuerpo sólo porque se aceptase tanto la sustancia como al proveedor. Ahí estaba y ahí está. Tóxico, sucio, contaminante, patente.

 

Creo que me queda mucho trabajo y creo que me vendrá bien realizarlo. Creo que lo estoy haciendo. Espero, sinceramente, estar recorriendo el camino del perdón. El camino donde las cosas y su dolor son, pero son perdonados, y las sonrisas son, pero son recordadas.

No existe perdón con olvido porque no se puede perdonar lo que no se recuerda. Tampoco se puede sobreponer uno a quien es por olvidarlo.

 

Yo te quiero, ¿sabes? No quise, ni siquiera quisiere, en desiderativo. Yo te quiero, en eterno presente. No me gusta decirlo al aire porque llega a las orejas incorrectas y sé que no estás ahí, ni siquiera tras los ojos que leen esto. Esto parece más para mí y lo mismo me estoy diciendo que me quiero yo, pero tiene más que ver con lo que te quiero a ti. Acepto tus partes que son mías y las abrazo. Intento, desde mi propia vida, solucionar los errores que tú identificaste en ti y los que yo creí ver. Intento ser mejor. Intento ganarme tu orgullo. Día a día.

De acuerdo con mi cosmovisión, ni puedes leer esto ni nos vamos a volver a ver. Por similares razones, jamás sabrás cómo quema esta lanza de hielo que es tu ausencia inesperada. Jamás podré hacerte saber todo lo que quiero que sepas, sin ir más lejos, que te quiero. Que sé que eres humano, que intentaste lo mejor y que mi trabajo es que eso mismo no caiga en saco roto. Esas, y no más palabras, creo que son las que importan; que te quiero, que te echo de menos, que duele, que dolerá, y que cuando cuento tus chistes puedo escuchar tu válvula de titanio durante un segundo o ver tu sonrisa mellada y me siento un nigromante.

Hoy te lloro, creo que de alegría. Gracias por todo. Espero estar a la altura.

 

 

Siempre. Miguel Ángel, en cualquier parte



jueves, 8 de febrero de 2024

Anaconda (1/3)

Me empieza a costar respirar. Es la técnica de boas y pitones para neutralizar a sus víctimas. Carecen de veneno y la única forma que comprenden para seguir viviendo es asfixiar a su presa hasta que se vuelve un trozo domesticado listo para la digestión. Y ahí estoy yo, encerrado entre un amasijo de escamas.

Debido a su técnica de caza, las serpientes de tipo constrictivo tienen numerosísimas vértebras. Algunas, más de cuatrocientas. Y entre algún número indeterminado y superior a cien se encuentran mis articulaciones.

Resulta que siempre tienen los párpados cerrados, pero la piel que recubre los ojos es transparente y por eso vemos sus maravillosas pupilas, que no en todas las serpientes son rasgadas. En este caso, tristemente, no alcanzo a verle los ojos, estarán al otro lado de la vuelta.

 

Me muero de ganas por decirle lo mucho que la admiro. Lo sugerente que me parece su piel, su naturaleza y su existencia me parecen demasiado exóticas como para no ser tenidas en cuenta y, sin embargo, parece que mi lengua es de lava y lanza magma abrasador y sofocante. Mis pulmones luchan contra mi caja torácica en un campeonato por el espacio, que poco a poco es más limitado. Y los anillos se siguen enroscando y los únicos ruidos son de furia e ira y, no sé aún cómo, pero tengo que salir de aquí y parece que algo me empuja a luchar en lugar de huir.

 

Cada cultura nombra a las anacondas de una manera distinta, aunque su nombre científico, eunectes, proviene del griego, que significa “buen nadador”. También parece cierto que las serpientes viven en muchos y distintos hábitats. Podrían esconderse en cualquier lugar.

 

(Segunda parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/02/anaconda-23.html)

Miguel Ángel. 15/01/24, Sevilla




jueves, 1 de febrero de 2024

Welcome to freedom

Salí de una puerta y desactivé el modo avión.

Nadie me obligó a entrar en esta jaula y no por ello los barrotes lo son menos. Disfruté la sensación de la puerta que se abre después de tanto tiempo y salí corriendo a estirar las piernas y mear en los árboles y reír sin poner la alarma al día siguiente.

No dudé en ceder parte de mi alegría a terceros y querer compartirla. No temblé a la hora de mandar whatsapps cariñosos y promesas de citas por aquí y allá. Poco a poco fueron respondiendo. La más urgente ya estaba cerrada y el resto, poco a poco, iban cayendo en un pozo de “puede que más adelante” y “jajáes”.

De repente me vi en la moto dirección a casa. En algún momento había acabado de hacer yoga. En un segundo estaba saliendo de la ducha. Cuando me quise dar cuenta estaba echando de menos un libro delante, tres bolis a mis lados y un cuaderno que se interpusiese entre el texto y mi persona.

 

Quedé con mis primos y hablamos de todo un poco. Se fueron desvaneciendo de la mesa según sus necesidades y quedé con mi tocayo, hablando hasta que se le apagaron las pestañas. Le vencía el sueño y tuvo que marchar. Yo marché también, en sentido opuesto.

 

Me meo, me meo, me meo, me meo. Era todo en lo que podía pensar. De repente, entre la multitud, vi una cara. Me quedé mirándolo. Me pasó por el lado. No cejé. Seguí mirándole mientras andaba hacia atrás. Se me quedó mirando. No sabía, él, qué hacer. Finalmente, cambió su cara y dijo “coño, no te había reconocido”. “Ahora vivo en Vizcaya, estoy aquí de vacaciones […] Llevo dos años allí […] ¿Has estado fuera ocho años? […] Creo que me quedaré allí […] Me alegro mucho de verte”, más o menos, a grandes rasgos. Ahora me meaba más, pero me importaba menos. Me pareció irónico lo de unos van, otros vienen y me pregunté cuándo estaría diciendo cosas como “yo es que ahora vivo en […]”.

 

Llegué a casa y creí recordar a Punset diciendo eso de “La felicidad está en la antesala de la felicidad”. Deseé tener algo que estudiar y una fecha límite. Me conformé, como me suelo conformar, jugando al azar con un cuchillo en el aire.

 

Miguel Ángel. 04/09/2023, Sevilla