Con el casco puesto, montado en la moto,
solté el patacabra. Llevo siempre un pequeño auricular muy bajito en un oído
porque la música y yo somos complementarios. Este particular afán mío por
entretenerme los recorridos con sintonía trae parejo un hándicap a la hora de
entender.
Quiero hacer un paréntesis aquí que me parece
importante para las personas que se preocupan por mí. Escucho de todo, de
hecho, antes de arrancar siempre chasqueo los dedos para comprobar que lo puedo
oír. El problema está en entender frases que, entre la música, el motor, el
casco…se complica. Pero oigo bien, de verdad, abuela.
En ese momento, una señora se puso delante de
mí, con un carrito de compra a su espalda, tirado por su brazo derecho. Miró
por la apertura del casco con una sonrisa y dijo “tú” alargando la u. Entonces
la miré, intentando parar la música para entender el futuro de una probable
frase mientras respondía “yo” alargando la o. Entonces sonrió un poco más y
dijo “no” con una hache al final, mientras se giraba y continuaba su camino.
Pasé a su lado y le deseé un bonito día,
porque nunca está de más, pero a mí me quedaban unos quince minutos de
recorrido en los que tuve, obligatoriamente, que reflexionar sobre esta señora.
Me trasladé a hace unos diecisiete años. Yo
tendría entre doce y trece años. Estaba en clase de lengua y literatura y
nuestra profesora, una hippie recién llegada, si llegaba, a la treintena, nos
trajo a otro hippie, poeta, a hablarnos de su trabajo. Vestía oficiales harapos
andinos muy coloreados, pero no recuerdo su cara, aunque sí que tenía el pelo
corto y desaliñado y una barba en las mismas condiciones.
(Continuará)
