Yo quiero decir que me gusta
estar así, pero no quiero. Si no quiero, ¿para qué lo hago? Pues porque se me
antoja única la posibilidad de encontrarme con mi némesis. Conmigo mismo.
Único, particular, en los
márgenes. Así me veía yo. Ahora veo que la anilla que me conecta al cuaderno
que es la vida pasa por el margen de debajo, y allí se ve una cintura vestida
con falda larga.
Y yo quería ser yo contra el
mundo. Yo quería ser Nietzsche rechazado o Baudelaire con su judía, bizca y
calva.
Sin embargo, allí, tumbados en el
sofá, en ropa interior, intentábamos que ningún átomo cupiese entre su cuerpo y
mi vientre. Los muelles que lanzan la sangre desde el centro de mi pecho
estaban oxidándose sólo de verse en el futuro aún pegados y disfrutando la
sonrisa que se me dibujaba en el córner del ojo, a la altura de su boca.
¿A qué escritor no le parecería
interesante la propuesta consistente en saltar, sin mirar, a una piscina llena
de jeringas conectadas a agujas que chupan la tinta del alma inquieta y estúpida
de poeta que no sabe rimar? Yo qué sé, seguramente me vine arriba pensando que
sabía darle giros de guion a mis entradas, que tenía dominada la técnica, que
era un dios para los actores que correteaban entre mis líneas, y vino el
destino a explicarme los trucos que no me sabía en forma de viernes en el blog.
«Hay un invencible
gusto por la prostitución en el corazón del hombre, del cual procede su miedo a
la soledad. Quiere ser “dos”. Pero el genio quiere ser “uno” …Es este temor a
la soledad, la necesidad de perderse a uno mismo en la carne externa, lo que el
hombre noblemente llama “la necesidad de amar”.»
Charles Baudelaire
Miguel Ángel.
01/10/2023, Sevilla
