Se me aturulla un pensamiento en
la garganta y por mucho que lo quiera vomitar siento como si una bandada de
pájaros hubiese querido asentarse en el interior de mi cuello. De cada una de
las cuchilladas noto como usan mis cuerdas vocales para crear sus nidos y mi
voz se pierde, como se pierden las horquillas, las gomillas y la vergüenza, en
el eco de un eterno silencio que resuena como el chillido de un niño. Agudo.
Gutural. Dehiscente.
El torrente de estímulo sigue
hasta que sale todo el agua y queda sólo un pueblo inundado, una viuda llorando
y el recuerdo de una vida feliz antes de que abriesen las compuertas. En este
mundo me sobra la sinceridad impostada, también echo de más tener
conversaciones de ascensor, hablar por matar al silencio como si fuese un
enemigo o que me abran caminos que no van a ninguna parte, sólo por el hecho de
andar, sabiéndolo desde el comienzo.
Como decía, de repente, el
silencio. El silencio atronador, el silencio ensordecedor, el silencio
corpóreo. De repente, hablamos con pasos porque las palabras se volvieron
asfixiantes. Ninguno perdió la sonrisa por no revelarle al otro que uno la
había cagado y el otro se estaba ahogando, por no parar la fiesta y porque
hablar de lo que se siente a veces es más de lo que se espera de hablar.
Hace años decidí, no sé si sabia
o estúpidamente, que mis sentimientos no eran un tema interesante. Los fui
aparcando en papeles en blanco para que pudiesen salir cuando alguien los
quisiese reanimar y no cuando me revientan el pecho con un ariete, dispuestos a
salir en forma de raíces y acaparar todo el cuerpito que los acompaña con
hojas, savia, pétalos, estambres y pistilos.
Rocío no sale los viernes. Al
menos, algunos viernes. A veces, es mejor quedarse en casa que salir a
pasárselo bien en una cuneta. Con dos disparos.
Miguel Ángel.
10/10/2023, Sevilla
