(Tercera parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2023/10/mama-creo-que-el-tecnico-del-aire.html)
Unas semanas después, agosto
irrumpió en nuestras vidas con aires de más de cuarenta grados.
No se equivoquen, amo y echaba de
menos las altas temperaturas. Me muevo bien en la hipotensión y salir a la
calle sólo de madrugada, cuando la buena gente puebla las calles justo antes de
pisar las trenas.
Sin embargo, una amiga vino a
casa a comer trufas mágicas, y aunque esa es otra historia, ella era incapaz de
disfrutar, como yo, de las bondades de una buena ebullición a nivel celular.
Fue entonces cuando pidió, jadeante, no por las razones más poéticas, que
encendiese el aire acondicionado.
Unos quince minutos después, aún
seguíamos ardiendo y el pasillo que había al otro lado de una puerta cerrada
parecía más frío que nuestro pequeño iglú donde pretendíamos fundar Nueva
Siberia.
Llegamos a la conclusión de que
el aire acondicionado no funcionaba demasiado bien y cambiamos los aires por
ventiladores mientras esperábamos el martillazo de algún dios.
Unos días más tarde pude hablar
con mi madre sobre el tema. Ella me dijo que el aire acondicionado funcionaba
perfectamente. Le pedí que lo probase mientras le hacía bromas. Efectivamente,
el aire no funcionó, pero tardó unas cuatro visitas mías a por agua en
aceptarlo. Entonces, con la mano metida en una máquina que, supongo, le lee el
futuro mientras le seca las uñas, me comentó, desinteresada, “tendré que llamar
a este hombre para que se pase, ya en Septiembre” le pregunté cuánto le había
cobrado. Fueron cincuenta euros.
Maldito macrogloso, yo confiaba
en ti.
Miguel Ángel.
22/08/2023, Sevilla
