(Primera parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/01/destino.html)
Bien entrada la noche, con su
luna, sus estrellas y su frío, que sucedía al otro lado del hormigón y las
ventanas, unas pocas personas hablábamos de la alegría y de las miserias que
tiene la vida.
Nos organizamos para descansar
intermitentemente y hacer así más llevadero el turno, sin embargo, yo creía no
poder disfrutar de microparadas en contraste con un verdadero sueño reparador y
usé mi rato en hablar.
Creía recordar, de antaño,
despertarme confuso en mitad de alguna noche, sin demasiadas fuerzas para
atender a alguna emergencia y, supongo, eso está ahí, aferrado a mi
inconsciente, gritándome que una muerte evitable o una secuela irreparable
están esperando a mi cerebro por encender para susurrarme una carcajada poderosa
al oído. Y a mí me gusta reírme, no que se rían de mí. Si acaso, conmigo.
Buenas risas hemos echado la muerte y yo. Algún día os contaré una bonita
historia sobre esto, el cáncer y un apósito.
Al tiempo, mi rato acabó y tocó a
la siguiente persona, y a la siguiente, y a la siguiente. No obstante, en honor
a la verdad, nadie durmió. Ojipláticas, mis compañeras se fueron fusionando
conmigo, vocalmente, en un vórtice de filosofía, historia, arte, matemáticas,
física y un variado de temas de esos que gestiona la entropía típica de una
primera conversación donde se han soltado los lazos que nos atan a la parte
menos vulnerable de nuestros intereses. “¿Cómo vamos a dormir con las cosas que
cuenta este niño?” se atrevió a decirle una a la más cansada, que ligeramente
se quejó, echada, sin poder dormir tampoco.
En realidad, no saber cuál es
nuestro destino es lo más parecido a que no exista porque, que se tenga que
cumplir no quiere decir que no tengamos una responsabilidad en cada cosa que
decimos o hacemos.
Consideré que quizás mi destino
era ser el que da el sermón de la montaña. Esperé que no porque siempre preferí
ser el que se lía un pitillo al fondo junto al narizotas de Napia City.
Miguel Ángel. 30/12/2023,
Sevilla
