Salto de un charco y caigo en el océano. O más o menos. Parece más bien
un escupitajo redimensionado. Como ver a través de un vaso de agua.
Porque parece que me encajan cuatro por cada golpe que le doy al tiempo,
empiezo a ver la toalla con ojos de deseo. Retozar con ella en el suelo parece
una buena opción. También lo es esperar a la siguiente campana a ver de qué
manera me sorprenden. Lo mismo ahora peleo contra dieciséis. No, no lo creo.
Eso no sería sorprendente. Sería aplicar la serie; 1, 2, 4, 8, 16… ¿qué más da?
Lo mismo le dan un lanzallamas. Eso sí traería algunos vítores.
Porque tiene que haber alguien viendo esto con unas palomitas en la
mano. Si no lo hay, ¿qué sentido tiene? Tanta batalla entre gladiadores para
que no haya espectadores es quitarle el factor entretenimiento a la guerra, y
entonces es sólo guerra, y en la guerra sólo hay gente que grita buscando
auxilio antes de recibirlo de las manos de Tánatos.
Y aquí sigo, con la cara impasible, como asumiendo que es lo que toca.
Eso sí me ha sorprendido. Mis músculos faciales aún no se han inmutado. Quizás
un poco de desidia tras un matiz de asco.
¿Conoces la sensación? He oído muchas veces la frase “sin luz al final
del túnel”. Creo que es algo así. Y entonces ¿qué se hace? ¿Se sigue
conduciendo sin saber si el camino es de no retorno? Tampoco a mí me queda
claro. Los más valentones dirán que la clave es seguir y los acongojados
buscarán dónde dar la vuelta a ver si llegan de un acelerón a cuando eran bebés
de teta. Yo creo que estoy entre los que se arrascan la picadura a ver si la
roncha le cubre las vergüenzas y alguna que otra pregunta de estas. ¿Y esos
siguen o se dan la vuelta?
Miguel Ángel.
05/09/2024, Sevilla
