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jueves, 5 de septiembre de 2024

Martes noche

    Ya ha pasado demasiado tiempo para mi gusto. Creo que va un año desde que decidí hablar sobre esto. Hubiese preferido regalarles un kilo de papas, pero la suerte me dio dedos para escribir y no la habilidad para vender nada.

    Quería decir todos sus nombres y gritarles gracias de maneras únicas y especiales, y siempre huía esa idea de mi cabeza cuando aparecía la posibilidad de olvidar a sólo uno. Comenzaba a enumerar nombres y virtudes, defectos y anécdotas. Me sorprendía sonriendo como un tonto recordando una frase, el mover de un pelo, una mirada en mitad de cualquier noche en mitad de cualquier pasillo o un pegote de vaselina en el techo. Me sentía un eterno enamorado de una relación poliamorosa.

    Cada línea me alejaba más del comienzo del folio y me acercaba más a un pozo de agradecimiento y miedo, que es un sitio muy raro.

              

    Decidí, hace unas semanas, olvidarme de sus nombres y de sus caras. Recordarlos como un torbellino que me atravesaba para siempre y con la fuerza del tren que cambia el destino y para el que no tienes billete. La fuerza del ferrocarril que ignora que me colé donde fuera y que acabé en el vagón cafetería brindando con la espuma de tantas lágrimas batidas y vertidas por pena y por gloria.

    Muchos martes, jueves, sábados y algunos domingos, yo iba a rezar a una parroquia por las noches. Allí conocí a otros muchos feligreses que, como yo, de rodillas hacían como que rezaban a Escolapio o algún otro y, con el resto del cuerpo, curaban. A otros y a propios.

    Como a los forajidos, las noches nos cubrían. A la mayoría los he visto morirse de risa y de pena y, por ello, si tuviese que armar una flota pirata yo sabría con quién compartir el ron y los tesoros. Esta entrada es mi humilde y feliz recuerdo de aquellas madrugadas.


    Como en casi todas las historias, el comienzo de estas andanzas es la mera excusa para el nudo, pues poco o nada consciente era yo de lo trascendente que iban a ser estas personas en mi vida, y ni el pelo corto de alguna, con su cara roja, ni el primer café que tomé con algún otro para que se relajase después de una mala noche, parecían tener la importancia que tuvieron los dos años que allí compartí con ellos y con muchos otros.


    Aunque eran decenas de personas con las que me encontré, en aquellos altares, tengo un especial y dulce recuerdo de una secta que allí se formó.


    Casi todo de lo poco que no ignoro sobre el sexo lo aprendí bajo aquellas lunas de la mano de uno que, con su perenne bata, nos hizo de chamán. De punto a punta nos contaba sus historias libertinas lejos de cualquier pudor y, aunque muchos pudiesen pensar que sería ridículo, vivo en el orgullo de notar en su mirada la complacencia de estar mirando a un novato discípulo, porque donde muchos veían a un excéntrico personaje, yo veía al ejemplo de persona que vive feliz, en el margen, que es donde yo quiero fundar una cabaña, en el extrarradio de la normalidad, barriendo las hojas que el tiempo dejó para hacer mi propio camino. Éste tenía el suyo y no sentía vergüenza. Yo espero hacer lo propio.

 

    Las había mamás, los había papás, los había fiesteros y las había caseras. Había jinetes, había cuasijubiladas, había holgazanes y estajanovistas. Si trabajar es la losa con la que nos cargó Sísifo, su presencia son las alas de Ícaro con las que uno se acerca al sol hasta que arde de la alegría.

 

    A ellos, que jamás lo hicieron por ella, tienen toda mi gratitud, porque si recuerdo dos años con cariño fue porque, lejos de la propia, me sentí en una familia que, si bien no me metía pucheros en la boca, me acercaba a algún córner a comer empanadas, donde chocábamos lámparas con la cabeza, como cuando algún otro se descocó contra una atracción infantil o aquella otra fue la víctima perfecta de alguna abeja en alta mar, donde otra más entonó a Sabina por placer o por despecho.

    Porque con casi todos ellos visité el mar, las montañas y ruinas embrujadas. Porque me saben a mucho cada segundo que paso sin volverles a ver y a poco el tiempo que he pasado con ellos. Porque les deseo lo mejor. Porque fueron lo mejor de una parte de mi vida. Porque podría eternizar una lista de razones.

    Por eso y por mucho más, les tengo que dar las gracias en forma de entrada. Por eso y por mucho más me gustaría que pudiesen volver aquí cuando quisieran a recordar que son especiales, no porque lo diga yo, sino porque han transformado tanto, para tanto bien, sin saberlo, que es imposible no ser consciente de lo mágicos que fueron todos.

 

Miguel Ángel. 19/08/2024, Sevilla