Vengo de comprar una caja y plumas. Creo que la situación lo amerita y
me pongo a pensar. Pienso en mi muerte y en cómo es inexorable y eso me relaja;
al menos no tengo que esforzarme por vivir eternamente y no liarla. Imaginen no
llegar vivo a tu quinientos cumpleaños y que los vecinos critiquen lo mal que
has gestionado la vida infinita y, posiblemente, la tarta de limón.
A esto que llego a un paso de cebra y veo un accidente. Una hilera de
coches espera a un semáforo que dejó de tener autoridad por un policía que va
dando paso. A lo lejos, los que sólo ven el semáforo presionan sus cláxones,
ignorando por completo el dolor que acontece unos metros más allá de sus lunas
delanteras.
Me da por pensar en la mente del policía. Lo imagino planteándose que es
capaz de gestionar el tráfico en un accidente y lo jodida que tiene la vida. Su
pareja, sus hijos, su hipoteca, los familiares con los que ya no habla…le
encantaría dirigir todo con la profesionalidad con la que dirige unos cuantos
armatostes de metal.
Y vuelvo a la muerte. Vuelvo con los pitos intermitentes e incómodos. Mi
muerte está a 5 o 6 pitos de distancia.
Entiéndanme, veo la vida como un regalo o, al menos, como una sucesión
finita de regalos, pero de una duración desconocida. Y tiene que ser que me
estoy meando o algo, porque abro cada sorpresa con la prisa de quien mira de
reojo el cuarto de baño. ¿Y qué clase de existencia es esa? Pitando para llegar
antes al dolor que me espera.
Y ¿por qué es esto? ¿Es la organización de un policía que nos hace ir a
esta velocidad? ¿Es que nos hemos levantado todos tarde a vivir y vamos con la
sensación de cumplirse la pesadilla en la que no suena la alarma? ¿Es porque mi
atención está en las metas y no en los pasos que llevan a ellas, como si no
fuesen estos de crucial importancia para cuando se alcanza? ¿O es que nos
estamos meando todos?
Miguel Ángel. 22/10/24,
Sevilla
