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jueves, 13 de febrero de 2025

Demostración absoluta de la relación entre bolis y mecheros (1/2)

  Era la noche del 31 de octubre y J. llevaba un disfraz de pera.

  Junto a unas bolsas de plástico mojadas por el hielo derretido llenas de refrescos y alcohol en la alameda, alguien necesitó lumbre para encender un incienso con el que rezarle a no sé qué. J. no dudó, tendiendo su mechero.

 

       ¿Illo, te importa que te lo devuelva cuando acabe mi ceremonia?

       No te preocupes, si me hace falta te lo pido yo a ti.

       Pues acuérdate y recuérdamelo porque no te quiero picar el mechero.

       No tengas miedo a picármelo, es la vida natural del mechero.

       ¿Cómo?

       Pues eso, los mecheros a veces llegan a ti de la forma más inverosímil posible. Los más raros y con la publicidad más loca, y te encariñas con ellos y un día en un bar van a otra persona y esa persona lo acaba perdiendo donde sea y los coge otro…es la vida natural del mechero. — la monja rio incrédula y enternecida — Por eso creo que es mejor dejarlos ir, porque sólo así puede llegar tu siguiente mechero. Sólo si dejas espacio en tus manos, habrá un lugar para él, en tus manos y en tu corazón, dejando libre a tu amigo.

       Tío, eso es taco de profundo.

       Es que no se me ocurría de qué otra forma podía pedirte que me pasases la botella porque te presentaste antes pero no me acordaba de tu nombre, perdona, tío, lo estaba pasando fatal…

 

  Después de reír atragantándose en su ceremonia, pasó la botella y dijo: R.

 

  J. lo recordó la madrugada del 9 de enero trabajando en la recepción de un hotel. Su herramienta de trabajo más poderosa, un boli de cuatro colores, desapareció a mitad de su turno. Creyó verlo junto a la de mantenimiento y, señalándolo y sonriendo dijo “¡Así que fue usted la ladrona!” Sin embargo, la presunta culpable afirmó haber tenido esa espada desde, al menos, un mes, pudiendo demostrarlo ante un tribunal popular.

  J. lo había aceptado antes incluso de que amenazase con el juicio que nadie había reclamado, y recordó lo que, apoyado junto a la fachada, hablaba con tanta ligereza sobre dejar ir. Normalmente habría ido a comprarse otro al despertar después de finalizar su turno, pero en esta ocasión le martilleaba el hecho de sólo tener una jornada más por delante en ese contrato.


(Continuará)