A veces, uno sueña con poder decirle a la tierra todo lo que siente sin
miedo a ningún click metálico; dejar de esconderse entre teclas para usar las
cuerdas vocales mientras estas se enredan alrededor de la garganta con todas
sus espinas.
Me han querido enseñar a escuchar a mi cuerpo. Escuchar sus susurros
para que no se conviertan en gritos, usaron como eslogan, y parecía fácil. El
problema está ahí, creo, en que una vez llegas a desarrollar la capacidad para
sentir profundamente y los agujeros negros que se forman, átomo a átomo, a la
altura del cardias no tienen ningún misterio para ti, ignorarlos se vuelve un
deporte de alto riesgo. Así que uno informa cuando tiene que informar, para que
los telegramas lleguen a las estaciones de salvamento a tiempo.
Y cuando uno se lanza así, sin paracaídas, a simplemente informar, a
veces se lleva un guantazo por razones parecidas a las que llevan a unos padres
a decirle a una niña que frotarse en público no está bien, que esas cosas es
mejor hacerlas a oscuras, y a ser posible a tientas, que ni el braille lo
describa.
Entonces comprendo al perro chico que siente temor ante su siguiente
paso cuando un ser de casi dos metros le grita en un idioma que no entiende y
pone caras que no comprende, pero que sabe que preludian alguna consecuencia perniciosa.
Me siento atemorizado y nervioso, moviendo el rabo, agrandando mis pupilas
esperando clemencia que no llega.
Así se aprenden los buenos trucos: A dar la patita, a sentarse o a no
contar lo que las tripas esconden.
Pero ya es tarde, porque has escuchado a la sirena y ya no se puede
desoír. Ahora crece en tu interior una bola de cera que se alimenta de no sé
muy bien qué y que empieza a apretar el mediastino. Y has conseguido prever el
grito para escuchar la sinfonía, en silencio, cabizbajo, irremediablemente
amenazado.
No hay pasos correctos. No hay información útil. El manual está en
hebreo. Huye.
Miguel Ángel. 28/01/25
