En octubre de 2015 metí maletas en una cinta
transportadora y fueron escupidas en un aeropuerto en Reino Unido donde, tras
casi una hora de autobús comenzaría una aventura que duraría casi diez años y
recorrería unos cuantos lugares en mi búsqueda de una vida agradable.
Atrás dejé la costumbre de ir a comer los
domingos con mi familia que, a veces, pretendía saltarme durante mi
adolescencia. Atrás dejé ver a mis tíos, mis primos, mis padres, mi hermana y
mi abuela bajo el mismo techo de manera recurrente.
En lo que duró mi aventura, el tiempo
no se congeló en la ciudad donde los domingos se reunían y, poco a poco, se le
fueron cayendo pedazos a las fotos en las que salíamos todos sonriendo.
Para cuando empecé a pensar en volver, los
domingos ya eran sólo domingos en esta parte del mundo, y cualquier atisbo de
reunión especial quedaba sólo para los adictos a la nostalgia.
Un día pensé que, al ritmo al que estaba
viendo a mi abuela, me quedarían, como mucho, unos pocos días más de vida con
ella a mi lado y no estuve dispuesto a rascarle otra cara más a mis fotos sin
que estuviesen guardado a fuego en mi piel sus abrazos, su risa, su eterna
memoria o su comida.
Sí, su comida, que tiene la magia de la
protagonista de una novela de Laura Esquivel. Sus espinacas son capaces de
revivirme, sus guisos me devuelven la sonrisa en los días en los que más frunzo
el ceño y su forma de disponer la mesa como si fuese un banquete, aunque seamos
tres siempre me ha traído esa sensación de estar en casa y que nadie sobre, ni
el taxista, pero esa es otra historia.
(Continuará)
