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jueves, 13 de noviembre de 2025

Carrillada ibérica (1/2)

  En octubre de 2015 metí maletas en una cinta transportadora y fueron escupidas en un aeropuerto en Reino Unido donde, tras casi una hora de autobús comenzaría una aventura que duraría casi diez años y recorrería unos cuantos lugares en mi búsqueda de una vida agradable.

 

  Atrás dejé la costumbre de ir a comer los domingos con mi familia que, a veces, pretendía saltarme durante mi adolescencia. Atrás dejé ver a mis tíos, mis primos, mis padres, mi hermana y mi abuela bajo el mismo techo de manera recurrente.

 

  En lo que duró mi aventura, el tiempo no se congeló en la ciudad donde los domingos se reunían y, poco a poco, se le fueron cayendo pedazos a las fotos en las que salíamos todos sonriendo.

  Para cuando empecé a pensar en volver, los domingos ya eran sólo domingos en esta parte del mundo, y cualquier atisbo de reunión especial quedaba sólo para los adictos a la nostalgia.

  Un día pensé que, al ritmo al que estaba viendo a mi abuela, me quedarían, como mucho, unos pocos días más de vida con ella a mi lado y no estuve dispuesto a rascarle otra cara más a mis fotos sin que estuviesen guardado a fuego en mi piel sus abrazos, su risa, su eterna memoria o su comida.

  Sí, su comida, que tiene la magia de la protagonista de una novela de Laura Esquivel. Sus espinacas son capaces de revivirme, sus guisos me devuelven la sonrisa en los días en los que más frunzo el ceño y su forma de disponer la mesa como si fuese un banquete, aunque seamos tres siempre me ha traído esa sensación de estar en casa y que nadie sobre, ni el taxista, pero esa es otra historia.


(Continuará)