A lo largo de mi vida adulta he buscado
claves que me hiciesen más feliz. Claves que hiciesen mi experiencia más
dichosa. Rara vez he encontrado códigos secretos que, de cumplirse, mejoren la
existencia de manera automática, por no decir que nunca. Sin embargo, y sin que
sirva como prescripción, encontré alegría en amar como si mi pecho fuese
infinito. Nunca se lo he dicho a ella; mi abuela es mi fuente de inspiración.
Quiero cocinarle a todo el mundo con el amor con el que cocina mi abuela y
quiero que todo el mundo se sienta a mi lado tan a gusto como yo con ella.
Quiero ser la llama a la que te acercas en invierno y el abrazo que te cobija
en los malos tiempos. Quiero tener siempre una frase ingeniosa en la boca que
cierra las discusiones con una carcajada que de la vuelta a todo y quiero,
sobre todo, ser humilde en mis propósitos.
Por eso, cuando ella me pide un café por el
móvil mientras está ocupada, yo no respondo. Y cuando ella me manda una imagen
simbolizando que está triste porque yo no he respondido mientras caliento su
taza sonrío pensando en la emoción que le va a hacer verme entrar por la
puerta. Pero nada en mi imaginación es comparable a la imagen de sus ojos
llenos de alegría y de cariño cuando da el primer sorbo y me dice te quiero con
los ojos casi en blanco. Ahí yo siento una ternura que me recuerda a los
domingos con mi abuela comiendo carrillada. Ahí siento que cumplo.
Y me lanza un beso, y desaparezco por la
puerta como los actores mediocres de la escena. Y vengo aquí a escribirlo antes
de que lo olvide. Antes de que se queme ese recuerdo en los miles de otros
recuerdos que me bombardean hasta que olvido la esencia; hasta que olvido que
vivo por algunos de esos recuerdos que escapan a ser fijados porque estoy
demasiado pendiente a sobrevivir a los que vienen.
Miguel Ángel. 27/11/2024, Sevilla
