Un rato antes envío un whatsapp a mi
coordinadora. No estoy para trabajar. Me responde a la media hora. “AVISA.” “Lo
estoy haciendo ahora.” “Llama al supervisor de guardia.” “Dame su número, por
favor.” Debería entrar en menos de diez minutos. Llamo al supervisor. Una voz
grave me da los buenos días. “Le llamo porque trabajo en tal sitio y no voy a
poder ir.” “Pero hijo, ¡para esto se llama antes!” “Me han dado el número hace
diez segundos. Lo siento mucho.” “No pasa nada, que te mejores. Has dicho que
trabajas en tal sitio, ¿verdad?” “Verdad.”
Unas horas antes, en buena compañía, sostenía
una croqueta con la mano. Ella se reía. “Si empiezas a comer ahora, en hora y
media deberías necesitar el baño.” No si puedo hacerlo antes, pensé. La
croqueta me vio ir tres veces a despedirme de ella y otros amigos en lo que me
la comía. Estaba buena. Una pena.
No soy un buen enfermo.
Mi doctora se apiada de mí. La última vez me
trató peor. Supongo que revisar a alguien sano le inspira menos ternura que ver
a alguien torcido, rozado por la molestia. “Muy bien, muy bien. También vas a
tomar suero.” “Estoy tomando bastante agua e infusiones.” “Lo tienes en la
tarjeta. No te obligo a tomártelo, pero es lo ideal.” “De acuerdo.”
En la farmacia una mujer se aburre de esperar
y paga veinte céntimos para medirse y pesarse. 1,69, 102 kilos. Después va a un
estante con perfumes y pregunta por algunos que no están ya. Evidentemente,
pasa demasiado tiempo en la farmacia. Al menos, el suficiente para conocer la
vida y obra de los perfumes que en esa estantería hacen guardia.
La farmacéutica es una mujer entre cuarenta y
cincuenta con un pelo rojizo artificial y un peinado chulo. Me atrae. Habla de
sus hijos con otra clienta. Soy un despojo, no estoy para romper familias ahora
mismo. Creo que jamás lo estuve. Disculpen las familias que haya podido romper.
Ahora que lo digo, recuerdo una vez…pero eso es otra historia.
Miguel Ángel. 11/09/25, Sevilla
