Me dijo que le hacía
falta una dosis y me propuse como remedio. Me miró guasona y me dijo “tú no,
cariño. Tú eres droga dura.”
Semejante acto de
responsabilidad con una misma me supuso un duro revés. Por un lado, mi ego
flotaba libre en la exosfera. Por otro, lo viví como una condecoración de
compensación; no estimular más esos cornetes por un título nobiliario me supo a
poco. Yo quería alojarme en el blanco de sus ojos cuando la luz no alcanza sus
pupilas aún con los párpados abiertos de par en par. Yo quería que mi aire se
colase en sus pulmones y acelerarle la taquipnea. Yo quería tantas cosas y ella
fue tan responsable que tuve que recordarla yo solo. Como un heroinómano en un
portal.
Quizás sí soy droga
dura. Hasta para mí.
Miguel Ángel. 30/01/26,
Sevilla
