Mi
talón derecho comienza a manifestar una sensación de dolor extraña. Es como si
una jauría de gusanos se hubiese alojado ahí y se lo fuese comiendo, pero no
cejo en mi empeño de llegar y hago caso omiso. Veo a mi hermana, que está yendo
a casa. No me apetece encontrarme con ella así que bordeo un parterre y una
planta me pide atención al engancharse una espina con mi chaqueta, abierta.
Estoy
a menos de cien metros de la puerta de mi casa cuando me adelanta una señora
con dos palos de senderismo. A lo que he llegado, pienso. Comienza a sonar “LA
Turnaround”, de Nick Waterhouse. Es una canción que recuerda a llegar a la meta
y, casualmente, suena cuando llego a la puerta. Un vecino me abre la puerta y,
jocoso, me comenta “ahí adelante he visto una chica que creo que conoces”, me
quito un casco y sonrío diciendo “¿ah, sí? Buenos días”. Aunque no he
manifestado síntomas emocionales, siento que estoy débil de espíritu y la
velocidad de respuesta que normalmente tengo está algo mermada.
Abro
la puerta de casa y un par de perros se alegran de verme. Uno salta y salta y
huele todo mi cuerpo y la bolsa y la mochila. Atravieso la casa hasta mi
cuarto, donde mi madre ha decidido poner nuevos picaportes que se quedan
abiertos cuando los giras en mi ausencia. Creo que ha sido una mala compra,
pero es su casa y son sus decisiones.
Por
último, comienza a sonar “Heart Stop”, de Wax Tailor. Llego a la silla. Siento
la incomodidad del sudor de mi espalda. Abro el portátil, escribo “Moon Key”,
porque Monkey me parecía demasiado evidente, y comienzo a escribir.
Miguel Ángel. 29/02/2024, Sevilla
