Comienza
a sonar “Banana Pancakes”, de Jack Johnson. Esta es, quizás, la canción que
menos esperaría ahora. Cada paso me recuerda el tacto de la ropa, que parece
una lija que me frota la piel. Veo a una mujer en patinete y siento envidia por
un segundo, pero se me pasa al empatizar con su sensación de viento en el pecho
y, de repente, me cuesta respirar. Decido concentrarme en eso, en respirar,
pero voy perdiendo fuerza y la bolsa que voy cambiando de mi brazo derecho a mi
brazo izquierdo en un baile interminable choca con el suelo, confirmando la
debilidad. Respiro hondo y recuerdo los consejos que aprendí de AlAnon cuando
acompañaba a alcohólicos.
Me
alegra no verme como una víctima, sino más bien como un verdugo con
remordimientos. No me afecta el álgebra de la necesidad y eso es agradable.
Ahora
suena “The Ghost Inside”, de Broken Bells. Mis pasos son cada vez más débiles y
aprovecho el balanceo de mi brazo libre para desplazarme como un péndulo. Sólo
he parado en los semáforos que me he encontrado para redescubrir un sudor frío
en la espalda. No me atrevería a, como normalmente, cruzar en rojo porque sé
que mis reflejos están muy reducidos y, aunque seguramente pueda correr, no
quiero comprobarlo. La mochila de la espalda parece mi conciencia y pesa como
un muerto. Me gustaría cambiársela a las mujeres que esperan conmigo por sus
esterillas de yoga. Echo de menos el yoga, pero tengo dolores en todo mi cuerpo
y, sobre todo, en la espalda. Quizás me venga hasta bien, pero tengo miedo del
dolor que siento sólo con el roce de la ropa.
Comienza
a sonar “Spoiler – Original Mix”, de Hyper. Puedo ver ya el campo de fútbol que
hay junto a mi casa, así que estoy muy cerca de los antiinflamatorios que van a
hacer que este trance sea más llevadero. Quiero repasar el Historia General de
las Drogas y ver si me equivoqué con las dosis o quizás con los hábitos. Ahora
mismo me conformo con llegar a casa.
(Continuará)
