Llegamos a un antro
a las afueras. Nos dejan pasar sin demasiados remilgos. No se podrán hacer
fotos ni vídeos de la fiesta. En cuanto entramos, sacamos todo el material de
contrabando y comenzamos a tomar dosis.
No habría más de
treinta personas en una sala muy oscura, pero la música se dejaba bailar, y a
eso me puse. En cuanto acabó el set, la DJ se acercó a mí a darme las gracias y
me dio una divertida máscara con cara de cerdo.
Muchas horas después
en esa carretera hasta el infierno me monto en un vehículo. Llevo gafas de sol
y tengo dos brillantinas en la frente. Me pregunta si soy yo mientras intento
ocultar la máscara. Tras esta presentación inicial, comienza a conducir por las
calles más estrechas que he visto en mi vida y le pido perdón por no haberlo
solicitado en otra zona para evitar ese camino. Me da las gracias por
considerarlo y afirma “sí, ayuda.”
En cuanto entramos
en carretera convencional, empieza a mirarme más cuando habla y a explicarme
cómo funciona el modelo de trabajo que he contratado; yo estoy alquilando un
coche, no que me lleven, y el coche tiene un conductor que lo lleva a donde se
necesita.
Anteriormente, según
su versión, no era así. Yo no he investigado mucho sobre el tema.
Me pregunta si soy
músico y le digo que soy enfermero y que estudio matemáticas. Se deshace en
elogios por las cualidades humanas que tienen los de mi colectivo y se comienza
a emocionar.
El señor, hace
veintiséis años, emigró de su Argentina natal a España, donde dando vueltas por
varios sitios, se enamoró de una andaluza con la que tuvo dos hijos y con la
que ahora está separado. Ha hecho ya una vida aquí. Me habla de cómo el
personal de enfermería trató a su padre cuando tuvo un episodio terminal y del
contacto, en letras mayúsculas, que trae mi trabajo. Me habla de sus vecinos
que le prestan un coche cuando se queda sin uno. Está contento.
Y le pregunto si
echa de menos Argentina.
Y su respuesta es
poesía, es elegancia, es sutil y es mágica.
“Uno no se imagina
lo que es recordar. Es un olor, es una calle, es una mujer…”
Continuó hablando de
su vida aquí, de sus hijos, de los olores, las calles y la mujer.
A mí me apetece más
que me claven un destornillador en el cráneo y que le den patadas que hablar o
escuchar a nadie, pero a medida que el señor se crece, veo en él a mi parte
cuentacuentos. Llegamos a mi casa y le pregunto “¿Usted escribe?” “No, señor”,
responde con una sonrisa tímida. Le acerco la mano, me la agarra y la agitamos
mientras yo pronuncio “¡Pues debería!” Se le ilumina el rostro y me da las
gracias.
Después no pude
abrir la puerta a la primera y todo fue muy ridículo.
Miguel Ángel.
10/05/2026, Sevilla
