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jueves, 21 de mayo de 2026

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  Llegamos a un antro a las afueras. Nos dejan pasar sin demasiados remilgos. No se podrán hacer fotos ni vídeos de la fiesta. En cuanto entramos, sacamos todo el material de contrabando y comenzamos a tomar dosis.

  No habría más de treinta personas en una sala muy oscura, pero la música se dejaba bailar, y a eso me puse. En cuanto acabó el set, la DJ se acercó a mí a darme las gracias y me dio una divertida máscara con cara de cerdo.

 

  Muchas horas después en esa carretera hasta el infierno me monto en un vehículo. Llevo gafas de sol y tengo dos brillantinas en la frente. Me pregunta si soy yo mientras intento ocultar la máscara. Tras esta presentación inicial, comienza a conducir por las calles más estrechas que he visto en mi vida y le pido perdón por no haberlo solicitado en otra zona para evitar ese camino. Me da las gracias por considerarlo y afirma “sí, ayuda.”

  En cuanto entramos en carretera convencional, empieza a mirarme más cuando habla y a explicarme cómo funciona el modelo de trabajo que he contratado; yo estoy alquilando un coche, no que me lleven, y el coche tiene un conductor que lo lleva a donde se necesita.

  Anteriormente, según su versión, no era así. Yo no he investigado mucho sobre el tema.

 

  Me pregunta si soy músico y le digo que soy enfermero y que estudio matemáticas. Se deshace en elogios por las cualidades humanas que tienen los de mi colectivo y se comienza a emocionar.

  El señor, hace veintiséis años, emigró de su Argentina natal a España, donde dando vueltas por varios sitios, se enamoró de una andaluza con la que tuvo dos hijos y con la que ahora está separado. Ha hecho ya una vida aquí. Me habla de cómo el personal de enfermería trató a su padre cuando tuvo un episodio terminal y del contacto, en letras mayúsculas, que trae mi trabajo. Me habla de sus vecinos que le prestan un coche cuando se queda sin uno. Está contento.

 

  Y le pregunto si echa de menos Argentina.

  Y su respuesta es poesía, es elegancia, es sutil y es mágica.

  “Uno no se imagina lo que es recordar. Es un olor, es una calle, es una mujer…”

  Continuó hablando de su vida aquí, de sus hijos, de los olores, las calles y la mujer.

 

  A mí me apetece más que me claven un destornillador en el cráneo y que le den patadas que hablar o escuchar a nadie, pero a medida que el señor se crece, veo en él a mi parte cuentacuentos. Llegamos a mi casa y le pregunto “¿Usted escribe?” “No, señor”, responde con una sonrisa tímida. Le acerco la mano, me la agarra y la agitamos mientras yo pronuncio “¡Pues debería!” Se le ilumina el rostro y me da las gracias.

  Después no pude abrir la puerta a la primera y todo fue muy ridículo.

 

Miguel Ángel. 10/05/2026, Sevilla