Me despedí de todos
y volví a dirigir mis pies a casa. Por el camino me encontré con uno de los
parroquianos. Estaba bajando una rampa que hay junto a una escalera. Me miró y,
sonriente, me explicó que era la primera vez que bajaba por ahí, que estaba
acostumbrado a hacerlo por las escaleras. Le aconsejé que usase más la rampa,
porque igual se la habían cobrado en los impuestos. Se rio y seguimos haciendo
bromas sobre eso, que era lo único que compartíamos. “Deberías volver ahora
mismo y subir y bajarla cuatro veces, que se enteren.” Se descojonó.
Pensaba que sólo
compartíamos la historia del acerado, pero acabamos compartiendo camino. Estaba
demasiado cansado para seguir siendo simpático, así que aproveché que se paró a
saludar a una persona para acelerar y dejarlo detrás.
Finalmente, llamé a
mi amiga y me abrió. La relevé en la cama y cuando me desperté tenía unos
cuantos mensajes. La chica de la limpieza acabó un rato antes y mi amiga había
ido a un museo de arte contemporáneo.
Yo había dormido
tres horas, pero mi cuerpo no podía mucho más.
Bajé las escaleras y
reflexioné brevemente, pero rápido pasé a otras cosa. Aproveché que eran las
dos menos algo para ir a por el paquete. Al salir vi que la grúa estaba cerca
de llevarse mi coche por una razón que escapa a los motivos de este texto, y
aproveché, de nuevo, que mi cuerpo no podía dormir más, para salvar mi
furgoneta.
(Continuará)
