“Quiero verte.”
Recibo en un mensaje
justo antes de entrar. Esbozo una sonrisa y busco mi silla, silenciando el
teléfono.
Al segundo
movimiento utiliza un fianchetto en b2. La partida sigue, como siguen las cosas
que no tienen mucho sentido. Medio juego. Cambiamos piezas. Tengo más tiempo y
mejor posición. Desplaza su reina a g4 y expulso a su caballo con la tímida c6
en la jugada 34. Reina g7, jaque mate. ¿Cómo no vi el alfil? ¿Cómo no lo vi
venir?
Repaso la partida mientras ando hacia su casa.
Cuando queda poco, paro un segundo e intento no pensar más en el juego. No
suele ser un tema ampliamente aceptado hablar de piezas y casillas y llevamos
algo de tiempo sin vernos; los trabajos, los compromisos, las prioridades...
Pico el porterillo y me pregunta si sube un ganador o un perdedor. Le respondo
que la jueza es ella hoy. Se ríe y abre.
Me recibe preciosa y
fotogénica. Me acerco a darle un beso que esquiva con una sonrisa y me empuja
hacia dentro. Paso y me siento en el sofá. Veo su culo moverse a la cocina. Me
trae un vaso de vino.
“Estás muy guapa.”
“¿Has venido a decir obviedades?” “Pensaba que era para lo que querías que
viniese.” “Con respecto a eso…”
Que está conociendo
a alguien. Que quería decírmelo. Siente que he sido un paso necesario para
llegar a encontrarse y encontrarle. Me lo agradece. Me da un beso. “No te voy a
olvidar nunca, pero creo que tengo que parar de verte…me revuelves algo. No sé
explicarlo. Contigo es diferente. Pero tienes la puta tontería esa de no ser de
nadie. Y cuando estoy contigo se me encienden fuegos con los que no quiero
lidiar. Me ha encantado conocerte. Te quiero mucho.”
Salgo de la casa con
una copa de vino en el estómago y el calor de sus labios reposado en los míos y
pienso en el mensaje: “¿Cómo no lo vi venir?”
Miguel Ángel.
03/05/2026, Sevilla
