La historia sigue
ahí y yo estoy aburrido. Pulso un botón para iniciar una partida nueva en un
juego. Como son partidas de diez minutos, uno se puede relajar.
Tengo una idea en la
cabeza desde hace más de medio año y he escrito gran parte. Llevo casi en la
recta final un par de meses, aunque me gustaría hacerle un par de arreglos. A
veces, pienso que no soy capaz de hacerlo. Otras, que estoy muy cansado para
algo que requiere el mimo más extremo. Planeo vivir y luego toca descansar, y
nunca cabe el ratito para contar lo que me aúlla de manera suave al oído.
Hoy he tenido un
buen día y he llegado a tope a esta noche. Ni siquiera tengo hambre porque hoy
me he comido al mundo. Acabo de perder y me da igual. Oriento el ratón a la
siguiente partida. Son las diez y veinte de la noche cuando pienso, de nuevo,
en la historia. En el centro de la pantalla me avisan de que me están buscando
contrincante.
Algo dentro de mí me
mira mal y siento un cosquilleo en la barriga cuando pienso en mí esta noche
muy cansado y sin haber escrito nada. Renuncio a batirme, ahí te quedas, y abro
una página con el teclado reposando en mi regazo sin ponerle título. Mis amigos
se ríen cuando me ven usarlo. Suena como si fuese de una consulta médica y las
teclas están configuradas distintas a como aparecen, así que sólo lo puedes
usar de memoria. Es mi teclado y le quiero.
La historia sigue
ahí y no avanza, pero yo he descubierto lo que siento por mi teclado. Y eso, en
estos tiempos, es bastante.
Miguel Ángel. 16/05/26, Sevilla
