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jueves, 18 de junio de 2026

Las saladas lágrimas de Alfonso (1/2)

  Hace muchos años, una noche recorría una calleja inglesa en su compañía. Era el último paseo que daríamos hasta el día de hoy. Llegamos a una encrucijada y le miré. Abrí la boca para comenzar a hablar pero me dijo que me callase antes de que pudiese empezar. Apretó los labios, como intentando que no se le escapase un trozo del alma y lloró reteniendo las lágrimas y la respiración. Negó con la cabeza, se dio la vuelta y se fue, llorando.

  En ese momento sonreí y lloré un poco mientras le veía alejarse bajo la pobre luz de unas farolas, sin girarse, con paso decidido y, claramente, doloroso. Lloraba de la emoción de sentirme querido hasta el punto de que mi despedida le hiciese romperse.

 

  Unos años después, volvimos a vernos, en la planta baja de un hospital. Su expresión fue la que se pone cuando ves a un fantasma y no tienes nada preparado; ninguna pregunta existencial como “¿hay vida después de la muerte?” “¿Cuál es la religión verdadera?” o “¿Has visto a mis seres queridos?” Me dijo que estaba libre y que si quería tomar un café. A mí me dio pereza, pero le dije que sí, aunque estaba saliente de noche.

  El café fue anodino. Nos comentamos algo sobre cómo nos iba, pero no recuerdo nada de su parte y, supongo, tampoco recuerda nada de la mía. Nos dimos los teléfonos, pero no sé si nos hemos vuelto a hablar. Creo que descubrí, al agregarle, que nunca había perdido su contacto.


(Continuará)