Hace muchos años,
una noche recorría una calleja inglesa en su compañía. Era el último paseo que
daríamos hasta el día de hoy. Llegamos a una encrucijada y le miré. Abrí la
boca para comenzar a hablar pero me dijo que me callase antes de que pudiese
empezar. Apretó los labios, como intentando que no se le escapase un trozo del
alma y lloró reteniendo las lágrimas y la respiración. Negó con la cabeza, se
dio la vuelta y se fue, llorando.
En ese momento
sonreí y lloré un poco mientras le veía alejarse bajo la pobre luz de unas
farolas, sin girarse, con paso decidido y, claramente, doloroso. Lloraba de la
emoción de sentirme querido hasta el punto de que mi despedida le hiciese
romperse.
Unos años después,
volvimos a vernos, en la planta baja de un hospital. Su expresión fue la que se
pone cuando ves a un fantasma y no tienes nada preparado; ninguna pregunta
existencial como “¿hay vida después de la muerte?” “¿Cuál es la religión
verdadera?” o “¿Has visto a mis seres queridos?” Me dijo que estaba libre y que
si quería tomar un café. A mí me dio pereza, pero le dije que sí, aunque estaba
saliente de noche.
El café fue anodino.
Nos comentamos algo sobre cómo nos iba, pero no recuerdo nada de su parte y,
supongo, tampoco recuerda nada de la mía. Nos dimos los teléfonos, pero no sé
si nos hemos vuelto a hablar. Creo que descubrí, al agregarle, que nunca había
perdido su contacto.
(Continuará)
