¡Enhorabuena!
Me animé a mí mismo mientras
abría el bloc de notas para contarte esta loca historia:
Aún recuerdo el primer día que
decidí volver a introducirme en ese mar.
Buceaba a pulmón, entre una lista
de cadáveres fosilizados por el tiempo, en la libreta de contactos, buscando
ese whatsapp dorado que me permitiese ir a la fábrica de Willy Wonka, donde
hacen el olvido. Dulce y algodonado olvido con forma de caderas.
A un paso de ahogarme toqué el
fondo, donde había una inscripción. Se levantó un poco de polvo y costaba ver. Entrecerraba
los ojos deseando saber qué ponía en aquella pared allí, abajo del todo. El
tiempo se me hizo eterno.
Preparado, en cuclillas, de un
salto certero volví a la superficie y cogí airecito, de bocanada en bocanada,
como un colibrí, deseando salir volando de allí como uno y no tener que volver
a la costa de la cordura, con lo llena que está de turistas curiosos
últimamente.
No surtió efecto y, como en medio
del mar de la locura el estómago te hierve, es mejor nadar resignado al borde
que sutura lo místico y lo cotidiano. A crol fui, tecla a tecla, escapando de
la última boya reconocible desde la costa.
A medio camino pude mirar atrás y
ver lo negro que es el fondo desde arriba y lo cristalino que se ve cuando te
pones las gafas correctas. Las gafas que todo buzo del fracaso obtiene al
graduarse.
Extenuado, taquipneico y
agradecido por un soporte no líquido, en aquella playa me quedé, con los
turistas aún dormidos, ignorantes de mi presencia allí y sólo conscientes de
mis contadas entradas en mar abierto. ¿Cómo les iba a contar yo que tenía un
mapa tatuado en el brazo con todas y cada una de las fosas que había podido
sobrenadar en los últimos años? ¿Cómo iba a poderles explicar el sabor del agua
en los pulmones sin hablarles de cada paso que se da, consciente y orientado,
hacia el fondo de lo lógico, donde una asíntota cruza de lado a lado la
realidad? Va a divertirse, y vuelve, y nos cuenta historias de tortugas gigantes,
de conversaciones irreales o de pasajes de tira cómica que allí representan
todos los habitantes de sus ciudades marinas, pensarían.
Y aún recuerdo el primer día que
decidí volver a introducirme en ese mar. Recuerdo como paralelo al horizonte, con
los pies aún secos junto a la marca de espuma que dejan las olas de la
perdición, me dije:
“¿Tú quieres escribir? ¿Tú
quieres calentar papel? Sabes que aquí bucean tus musas. Del dolor te nacerán
flores, de las flores espinas, de las espinas tinta y de la tinta un río que
descongestione tus meninges y tu vientre.”
Y di un paso. Y me mojé. Y no
supe si reír de alegría o llorar de pena.
Pd.: Allí abajo, por si de verdad
lo queréis saber, realmente había algo escrito. Allí abajo, a través de las
últimas burbujas que pude soltar antes de ahogarme, pude leer “Migue estuvo
aquí”.
Miguel Ángel.
11/06/2023, Barcelona
