Tras aquel liguero, a años luz de
aquí, parecía esconderse la esencia de la vida.
Aquella mañana, Chío y yo
compartimos la playa. Se disfrazó de sirena un rato y se dejó las escamas en la
mochila, por lo que sus piernas brillaron.
No sé cuánto vale una sirena en
el mercado negro, pero seguramente ella valga bastante más. Recordé algo que
leí hace 5 años sobre el orgullo y el ego. Decía algo así como que en la vida
tienes que elegir si luchar usando uno u otro; el ego es como un globo que se
infla fácilmente pero que se pincha con cualquier acercamiento de la afilada
realidad, el orgullo, por su parte, es como una espada forjada con paciencia y
mimo. Puestos a elegir, conviene siempre tirar de orgullo. Creo que ella tiene
motivos suficientes para tener un buen arsenal de acero toledano, pero lo tiene
guardado tras una pared, es cuestión de darle a la palanca que permite darle la
vuelta y, de paso, verse a una misma como es.
A ella le doy las gracias porque
su presencia me ayudó a dejar de tomar fortasec, por resumirlo bastante.
Esa misma tarde Iván me fue a
hacer de pivote, pero se escurrió la pelota. Agradezco de corazón que no
saliesen las cosas como las teníamos planeadas porque eso nos permitió llegar
hasta Tomás, que tenía reservado para nosotros un espectáculo visual a lomos de
la cima de una montaña. En esa montaña una camarera rubia se rio de mi
interpretación de un mimo. Me hubiese casado con ella, pero no tuve flores que
regalarle, así que tuvimos que ir a por sushi para reponerme del disgusto.
Me guió Tomás rugiendo por las
calles con la fuerza de un león mientras Maite nos esperaba fumando un cigarrillo.
“Pasad, que cerramos cocina en 30
minutos.”
El local fue para nosotros y
tuvimos que pedir deprisa. Tanto que jamás dejaremos que Tomás vuelva a
calcular una cantidad recomendable de comida. Aún me pesa Japón en el estómago
y aún puedo ver la sonrisa pícara de Maite asomada a la comanda, preguntando si
no era mucho. Un rato después estaríamos recargando al precio diez platos. Lo
que Maite no sabe es que aquella cena valía cien veces más porque no era tanto
lo que había en los platos como lo que había en las sillas, así que salimos
ganando.
Mientras reposábamos la broma en
un poyete se acercó Sonia y su acento inundó nuestro corazón de buen rollito.
Estuvimos allí hasta que el sueño me venció, pero aún así no pude parar de dar
abrazos y todos me parecieron insuficientes. No pude evitar pedir una última
foto que me recordase que tengo varias familias y todas ellas hermosas.
Tras aquel liguero, a años luz de
aquí, escondido en un tribal, se podía leer: “Entre mil caminos, escoge siempre
la felicidad”. ¿Y quién soy yo para quitarle la razón a las piernas de una
mujer?
Miguel Ángel. 16/06/2023, Barcelona
