(Primera parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2023/08/no-vuelvas-volver.html)
La poca sangre que le queda a mi cerebro se distribuye por mi cara para darme esos colores vivos que te permiten sonreír. Mi sonrisa nace en ese armario de calcio donde, a veces, juegan nuestras lenguas mientras nuestros ojos se cuelan en una oscuridad tan cálida que pensaría que estoy ardiendo si no fuese porque el humo que llega a mis sentidos no es otro que el aire que respiras, me llegas tú.
Estás allí, esperando tu ramo. Yo
estoy aquí, esperando a mi sistema nervioso. Esperando poder correr, andar,
gatear...lo que sea hasta ti. Estás aquí y lo único que puedo hacer
mientras mi sonrisa, cual telón, deja ver mis dientes impolutos, por un cepillo
cruel y mi mano nerviosa, es chocar nuestras narices y arrugarlas. Nuestros
ojos bajan hasta el corazón del otro y, por fin, soy capaz de sentir el calor
de tus labios sobre los míos, la finura de la piel del pecado sobre la piel de
la estupidez.
"Éste es tu regalo" Dice
mi estúpida boca, y tú no eres capaz de entenderlo, así que decides lanzarte a
robarme otro beso, pero me separo con una sonrisa inocente y te lo digo al oído
porque éste es tu regalo físico y aún te espera mi definición. Lo coges
sin entender muy bien qué significa algo tan corriente, pero ahí estoy yo para
darle un sentido más teórico. Con un abrazo que une nuestras almas y nuestros
cuerpos me acerco de nuevo a tu oído y puedo vocalizar lo que el nerviosismo me
permite, que es algo así como: "Bueno...aquí estoy […]”
Tus ojos son fuegos artificiales
y, supongo, mi sonrisa más estúpida. Te quedas unos segundos mirando a mis ojos
buscando en mis enormes pupilas una posible respuesta con sentido, pero lo
único que se nos ocurre a ambos es volvernos a besar. Te separas, me miras a los
ojos y me dices “No vuelvas a volver”. El tiempo se ralentiza y yo lo noto. Tú
empiezas a congelarte, el paisaje a desmoronarse en el horizonte y comienzas a desfragmentarte. Millones de píxeles quedan de lo que antes fue el
día que definí cosas. Mientras lo que queda de mí, mis zapatos y mi ramo caen
en picado en un vórtice totalmente negro e inanimado. No puedo evitar quitar mi
sonrisa y extrañarme, mirar el ramo y verlo destruido mientras caemos, mi mundo
tiembla cuando…
"Migue, ¿estabas dormido? ¡Menudo
imbécil!" Escucho risas.
En mi mente entonces sólo suena
una canción de fondo y un sonoro “no vuelvas a volver” que se traduce en mi
organismo a un suspiro.
Miguel Ángel. 24/05/2011, Sevilla
